Estoy con un nuevo libro. Es una historia que continua con unos viejos conocidos, Marta, Julio, Adrián y Marcos. Son los protagonistas de
La cueva de los Doblones. esta vez, en el mismo marco de Mohedas de la Jara, tendrán que resolver algunos misterios relacionados con La mesa de los cuatro gobernadores. Es una mesa donde, según la leyenda, los gobernadores de Ciudad Real, Toledo, Badajoz y Cáceres podían reunirse y estar sentados cada uno en su territorio. El lugar donde se juntan estas cuatro provincias está en medio del pantano de Cijara. Es una pequeña isla. Como siempre, os dejo el primer capítulo. Es un poquito largo pero espero que os guste.
Viernes 20 de diciembre
1
A pesar del escaso número de
habitantes, en aquel pequeño pueblo de Toledo había varios bares. No serían más
de setecientas personas empadronadas, quizás el doble en vacaciones. Lo mejor
era que cada tasca se había especializado. Una para los aperitivos, otra
ofrecía buen café y mesas para el juego de cartas, otra resultaba mejor por la
noche. En una de ellas, solían reunirse los más jóvenes, sobre todo en las
vacaciones de Navidad. El resto del tiempo estaba casi abandonada, salvo por
unos pocos viejos que no jugaban la partida de cartas al mediodía y preferían
beber solos. El sitio recibía el nombre por su dueño: el bar de Abilio.
Nada más entrar en el local, a mano
derecha, había una enorme barra. Todo allí tenía unas dimensiones descomunales
aunque solo la atendía un camarero que pocas veces debía estresarse, a pesar de
los paseos de un extremo a otro de sus dominios, como un soldado cansado
durante la guardia. Después, unas cuantas mesas descolocadas ocupaban la mitad
de la gran sala, más bien para no dejarla desierta y deshabitada. En el otro
lado, la mesa de ping-pong parecía una mesilla de noche a causa del gran
espacio libre que la rodeaba. Ya pegadas a la pared, para esperar el turno del
juego, habían puesto unas viejas sillas de madera todas unidas y con el asiento
reclinable, pues se usaban en el antiguo cine ya cerrado. Daban un toque de
antigüedad.
En
este bar se iban a reunir cuatro amigos, al menos en eso habían quedado en los
últimos correos intercambiados entre los tres que vivían en Madrid. Al cuarto,
llamado Marcos, le avisaría Julio con el viejo sistema de ir a la puerta de su
casa y gritar el nombre tres o cuatro veces, pues no tenía internet, ni
siquiera intención de convencer a su padre de que era necesario para tener
amigos.
Adrián
llegó el primero y pasó un mal rato. Se quedó paralizado delante de la barra,
como si fuera un conejo deslumbrado por los faros de un coche. De inmediato, con
la cabeza agachada, se sentó en un viejo taburete con la espuma asomando entre
el escay rajado. Hasta ahora, el joven no solía salir de casa de su abuela pero
todo había cambiado el verano anterior. Gracias a su dominio de las nuevas
tecnologías y sobre todo al hecho de que las tenía a mano, sus nuevos amigos y él
pudieron salir bien parados de una gran aventura, de esas que suceden en las
películas. Mientras esperaba, decidió volver su mirada hacia atrás y ver en su
cabeza el guión de finales de verano. Se acordó del medallón que encontraron en
una tumba abandonada, gracias a un detector de metales, del indio que se quiso
hacer con él y del mal momento que vivieron en la cueva de los Doblones. En
definitiva, descubrieron un tesoro inca que casi les cuesta la vida. Lo había
enterrado allí un indiano.
-
¿Quieres
algo, chaval? –preguntó el camarero con voz ronca.
-
Eh…no
–respondió Adrián tras despertar de sus recuerdos-, cuando vengan mis amigos.
Se
bajó deprisa del taburete y decidió refugiarse junto a la mesa verde de
ping-pong. No había nadie, lo cual le alivió. Sacó su móvil y agachó la cabeza.
Durante un tiempo estuvo pasando muy despacio las fotografías. Algunas eran de algún
recorte de prensa del verano pasado. Por unos días, habían sido famosos, hasta
que comenzó el colegio y cada uno volvió a su rutina habitual.
Se
detuvo en una foto del grupo. Él mismo había sido el héroe salvador, pero se
sentía mal cuando se veía. Estaba tan gordo… Menos mal que su aspecto físico lo
suplía con la inteligencia. Además, la camisa de botones desentonaba hasta el
extremo con la ropa que llevaban puesta los demás. Lo peor es que tampoco sabía
relacionarse muy bien. Con Marcos y Marta se encontraba más o menos a gusto,
mientras que no tragaba a Julio. El asunto era mutuo y eso que se conocían de
mucho antes del asunto del medallón.
-
¿Qué
tal, Adrián? – una chica le golpeó con suavidad en el
hombro.
Ni
se había dado cuenta de que Marta ya había llegado. Se puso de pie y antes de
que se incorporara del todo, su amiga le había soltado dos besos en la cara.
Ojalá no haya notado el calor de mis mejillas, pensó el joven. Un color rojo
hizo que hasta sus labios parecieran blancos.
-
Eh…bien,
bien –acertó a decir el joven.
Su
vergüenza no le abandonaba nunca, más aún con una chica. Incluso después de
haber vivido la aventura del verano. Comenzó a mirar a todas partes. Su deseo:
que lleguen enseguida Julio y Marcos. Aquella chica era realmente hermosa. Su
figura la formaban unas líneas suaves, sin exageraciones. Ayudaba el tipo de
ropa que usaba, siempre un poco más amplio y con colores claros. Así resaltaba
su rostro moreno. El pelo lo llevaba muchas veces recogido, una muestra de su
cabeza ordenada. Solo se escapaba un mechón, como si fuera la señal de que
siempre se lanzaría ante una buena aventura.
Marta
se sentó junto a él. Hubo un silencio embarazoso hasta que ella preguntó por
los estudios. No había otro tema mejor para Adrián.
-
Como
siempre, mucho trabajo –respondió de nuevo con la voz ronca-. Mira estas fotos.
Le
dio el móvil a su amiga. Aquello le había salvado al menos para los siguientes
minutos. Ella pasó las imágenes despacio. Le encantaba verse y observar hasta
el mínimo detalle de los demás: Julio y Marcos. Eran tan diferentes…cada uno
con su estilo. Eso le llevaba a disfrutar con ellos. Del primero le gustaba su
seguridad y sus ganas de actuar, aunque detestaba que a veces quisiera ser el
mejor de una forma evidente. Vestía casi siempre con ropa de marca y a la
última. Del segundo se quedaba con su tranquilidad, su raciocinio. Pero que en
ocasiones parecía que no tenía sangre. Sus polos eran siempre iguales unos y
otros, solo cambiaba el color.
Por
eso formaban los cuatro un equipo perfecto, ya que Adrián ponía la tecnología y
ella la inteligencia fina, el sexto sentido que hacía falta para rematar los
dilemas. También su encanto, por supuesto.
Mientras
pensaba todo esto, se colocó el mechón de pelo hacia atrás, acomodándolo en su
coleta ya perfecta. Su compañero se quedó con la boca abierta. Tenía una
cabellera tan tupida, que le hubiera gustado acariciarla. Le despertó un grito
que llegó desde la puerta. Julio los saludaba a voces. No le preocupaba ni lo
más mínimo llamar la atención de los demás. Se le notaba contento de verlos,
aunque quizás se alegraba más por encontrarse de nuevo con Marta. Tenía también
ganas de enseñar a los demás su nuevo regalo de cumpleaños: un móvil aún mejor
que el de Adrián.
Marcos
entró después. También sonreía pero con más disimulo y en silencio. Venían los
dos juntos. Por fin se reunía de nuevo el grupo que resolvió con éxito el
misterio de la cueva de los Doblones.
Les
encantaría encontrar nuevas aventuras para esas vacaciones, pero lo normal es
que no sucediera nada en aquel pueblo perdido de los Montes de Toledo. Eso
pensaba sobre todo Adrián. A él no le importaba la tranquilidad y el sosiego.
Ya tuvo bastante el verano pasado, aunque sirviera para tener amigos.
-
Mirad
las fotos –dijo Marta mientras les pasaba el móvil a Julio y Marcos-. Están
chulas.
Julio
cogió el aparato y comenzó a pasarlas de nuevo. Era una forma de romper el
hielo tras unos cuantos meses de relación indirecta. Esos meses se habían
pasado entre mensajes y correos electrónicos. Ahora, cara a cara, se hacía más
difícil.
-
Me
las tienes que pasar, Adrián –pidió Julio mientras enseñaba su móvil.
Había
elegido un mal momento para llamar la atención sobre su teléfono. Todos estaban
fijos en las fotos, menos Adrián. Ya se las sabía de memoria y observaba a la
gente del bar mientras asentía sin prestar atención a lo que le había pedido
Julio. La mayoría de los clientes se apelotonaban al lado de una estufa gris
repleta de leños, pues hasta allí llegaba el calor. Debían estar sudando.
De
vez en cuando se presentaba más gente en el bar. Se abría la puerta y el aire
frío de la noche se colaba a toda velocidad. Todos los que llegaban se
parecían, sobre todo cuando no se conoce a nadie del pueblo. Sin embargo, hubo
dos que llamaron la atención de todos. Tenían un aspecto diferente. Se
colocaron separados de la estufa, lo cual les puso casi al lado de los cuatro
amigos. Ni siquiera pidieron en la barra, como si pensaran que alguien les iba
a servir la bebida.
Había
uno más fuerte que hablaba continuamente. Su voz ronca se hacía notar por
encima del bullicio, aunque no se entendía nada de lo que decía. Su rostro
presentaba señales de la varicela. El pelo rubio y graso indicaba que no era de
allí y de ningún otro sitio cercano. Movía las manos al compás que sus
palabras, con mucha energía. El otro compañero, más delgado y con cara
alargada, asentía de forma automática. Era muy distinto. Tenía la piel morena y
las facciones muy marcadas. No tenía
nada de pelo y no era porque se lo hubiera afeitado. Aún así, se le
notaba extranjero, pero de un país distinto. Si uno solo bastaba para llamar la
atención de los habitantes del pueblo, los dos superaban la imaginación de
cualquier mente, incluso la de Marta.