EL MUERTO PROFESIONAL
“Si puedes
soñarlo, puedes lograrlo." Walt Disney
“Los cobardes mueren muchas veces
antes de su verdadera muerte, los valientes gustan de la muerte una única vez.” William Shakespeare.
Su
carrera profesional no daba ese salto que siempre había soñado. Por más pruebas
que realizaba, nunca llegaba hasta el final. Siempre había otro al que cogían para
el papel. Estaba desesperado, pero como decían en las películas motivacionales
que tanto le gustaban, “querer es poder”.
“Si cierras los ojos y aprietas muy, muy
fuerte, cuando los abras, lo habrás conseguido”. “Todo lo que desees, lo conseguirás, si lo deseas con mucha fuerza”.
Aquello le movía a seguir intentándolo con todas sus fuerzas. Estaba solo en la
vida, pues el afán por su carrera le había llevado a aislarse de todo el mundo,
para que nada ni nadie lo entretuviera en sus ansias de triunfo.
Por
fin llegó el momento deseado y se le abrió una puerta. No muy grande, pero le
dio acceso a entrar en los estudios de rodaje. Allí vio en funcionamiento las
cámaras, los focos, a los actores tan conocidos por él, al director de
producción, al director, a los electricistas, a los maquilladores. Estos
últimos se encargaron de prepararle. Le tumbaron en una camilla, con una toalla
como vestimenta. Fueron dos largas horas en las que aguantó estoicamente
mientras le pintaban de blanco color muerte. Después, varias heridas rojas en
el cuerpo, así como golpes azules, morados, violetas. En la cara le pusieron un
líquido rojo mezclado con otro gris que escapaba desde su cuero cabelludo. Le
tumbaron en una fría camilla.
-
Ya está. Ahora, cuando empiecen a rodar, debes dejar de respirar. Serán un par
de minutos mientras los protagonistas te observan.
Estaba
muy nervioso, pero no les defraudaría. Aguantó la respiración. Todo iba bien
hasta que le empezó a picar la nariz.
-
Corten. Se ha movido el cadáver. Maldita sea.
Le
picaba la nariz como nunca y movió un poco la mejilla en busca de alivio. No
pasó desapercibido para el script. Debía velar porque todo fuera bien.
-
Estos aficionados. Otra vez a repetir.
La
protagonista lo dijo con verdadero desprecio. El cadáver se vio afectado, pero
no protestó. Se rascó la nariz y dio permiso para que comenzaran de nuevo a
rodar.
Esta
vez aguantó el minuto cuarenta segundos sin moverse, incluso cuando le tocaron
con un bisturí para abrirle una herida de la cabeza, perfectamente dibujada y
cortoneada con un plástico que imitaba perfectamente la piel.
-
Muy bien. Vale la toma -gritó el director.
Todos
los actores de la escena se alejaron de él. El encargado del pago le dio un
cheque.
-
Ahí tienes, ya puedes ir a lavarte.
Tuvo
que coger el autobús con todo aquel maquillaje encima, pues apenas consiguió
quitárselo. Fue muy desagradable, sobre todo para los demás compañeros de
viaje, pero iba feliz. Su primer papel. A partir de ahí comenzaría su carrera
meteórica. Se convirtió en un muerto experto. Ensayaba horas y horas, inmóvil,
aguantando la respiración todo lo que podía. Fue a cursos de submarinismo. Se
hizo un experto como estatua viviente de color del bronce en el parque próximo
a su casa. Ni siquiera se movía cuando le daban monedas. Consiguió permanecer días
enteros sin rascarse. Batió el récord nacional de apnea. Lo dejó en siete
minutos y medio.
-
Llamad al cadáver. Ya está lista la morgue.
Lo
sacaron de la cámara frigorífica y, ayudados con la sábana que tenía debajo, lo
levantaron entre dos para colocarlo en la camilla. Esta vez la escena iba a
durar. Le habían avisado. Unos siete minutos sin cortes. Llegaron los actores. Empezaron
a discutir, como marcaba el guion. Tres
minutos. El médico forense esperaba que dejaran de hacerlo para dar una larga
explicación de las causas de la muerte. La cara del cuerpo estaba irreconocible
bajo una gran manta de maquillaje, más que nunca. Cuatro minutos. Hacía un
calor ya ligeramente insoportable cuando encendieron el foco sobre él. La
temperatura ascendió. Una gota de sudor corrió por la sien. No se notaba. Cinco
minutos. Esta vez no había cogido bien el aire necesario para la apnea dentro
de la cámara frigorífica y comenzaba a faltarle. Seis minutos. No podía más. Su
reloj mental le avisaba de que quedaba poco. Le tocaron con un bisturí. Siete
minutos. Cerró los ojos con más fuerza, sin que se notase. Deseó con todas sus
energías que aquello acabara. Ocho minutos.
-
Corten. Esto se ha alargado mucho. Repetiremos. Colocad al figurante de nuevo
en la cámara.
Lo
levantaron y nadie lo apreció. Aquel muerto estaba muy muerto. En la segunda
toma hizo el papel más realista de su vida ya acabada.
-
Felicidades, haces muy bien de muerto -le dijo el director.