
Aquella tarde de julio en Madrid, el calor insoportable rebotaba en el asfalto y ascendía por el aire creando imágenes borrosas. Un coche negro tipo deportivo escapaba de dejar pegados en el suelo las gomas de sus neumáticos a una velocidad excesiva, confiado en que a esa hora nadie se atreviera a salir a la calle. Pero se equivocaba.
En una carretera estrecha, camino de un parque solitario, marchaba una niña de unos siete años junto con su padre. Ella lloraba con ansiedad. Necesitaba recuperar cuanto antes la muñeca que había perdido por la mañana. Las lágrimas ahogaban de vez en cuando sus gritos molestos.
- No llores más, Alejandra. Enseguida la cogemos y volvemos a casa –dijo su acompañante con impaciencia-. Venga, cruza ya.
La pequeña se había retrasado unos metros y seguía a su padre tan rápido como podía. Fue entonces cuando el coche negro giró en la curva que había antes del paso de cebra. Las ruedas chirriaron. Si Alejandra no se hubiera caído, no habría pasado nada. Tenía tiempo de sobra, pero su rodilla derecha se dobló, como si fuera de cartón. A cámara lenta, el coche arrolló a la niña entre el ruido de un frenazo y los gritos desesperados de su padre. Ella no dijo nada. Solo pudo fijarse en el rostro lleno de terror del conductor. Después, se vio envuelta en cristales que volaban por el aire ardiente del mes de julio junto a su cuerpo dolorido. El color negro se adueñó de su mente.
El padre de Alejandra se quedó inmóvil. Por primera vez no sabía qué hacer. Sus manos se habían agarrotado y su mente ennegrecido. Solo veía el coche que huía cada vez más veloz. Pasó casi un minuto para que buscara el móvil. Sin apenas mirar a su hija, tendida en el suelo, pudo marcar las teclas necesarias para hablar con su mujer.
- ¡Llama a una ambulancia! –le gritaron al otro lado del teléfono tras su explicación entrecortada.
Aquella voz lo despertó y por fin se acercó a su hija. No quería ver la sangre, no quería saber si estaba muerta, no quería nada. Se sentía como un cadáver sin cabeza. Un sentimiento de culpabilidad se agarró a su nuca. Iba a perder la conciencia.
- ¿La ha tocado? –le dijo alguien vestido de blanco.
- No. –Contestó desde su mundo.
- Mejor.
Tras colocar un arnés alrededor del pequeño cuerpo, la subieron a una ambulancia. Alguien le empujó a él dentro de la ambulancia, contra su voluntad. Deseaba salir corriendo, escapar, huir del dolor y de aquellas luces naranjas.
A veces, Alejandra escuchaba entre sueños la sirena. Llevaba un plástico en la nariz y la boca le sabía a sangre. Apenas podía respirar. Pudo ver el rostro de su padre. Le pareció apenas reconocible, como si un montón de años le hubieran caído encima. Lloraba mientras hablaba por el teléfono móvil. Puso la mano sobre su frente. Las luces del interior se diluyeron. Ella perdió el conocimiento de nuevo. Ya no despertaría hasta el día siguiente.
Por un instante, la habitación blanca del hospital le pareció el cielo. Este pensamiento se diluyó al instante cuando sobre su cuerpo se inclinó un hombre con una bata verde. En su cabeza había una especie de gorro del mismo color.
- ¿Puedes oírme, Alejandra?
La niña intentó mover el cuello para asentir, pues la garganta le avisó enseguida de que no podía hablar. Tampoco su cabeza le respondió. Un armazón de hierro que le cubría casi todo el cuerpo impedía cualquier movimiento. Cerró los ojos de forma pausada para dar a entender que allí estaba, sí, que no estaba en el más allá.
Su madre, Esperanza, se asomó y entró en su escaso campo de visión. No quería llorar, pero las lágrimas asaltaron sus mejillas en unos segundos. Se puso la mano en la cara desencajada por el dolor y se quitó de en medio. Un brazo la agarró por los hombros y la apartó.
Alejandra miraba con asombro la escena. Su padre apareció también y le dio un beso en la frente. ¿Dónde estaba su muñeca? No tenía fuerzas para preguntarlo. La niña decidió hacerse la dormida. No soportaba la escena. También sus ojos se humedecieron igual que sus labios cuando bebía de la fuente del colegio.
- ¿No hay ninguna esperanza de que vuelva a andar? –preguntó su padre al médico.
- Creo que no. La vértebra que se ha roto lo hace imposible. Solo un milagro cambiaría la situación- el doctor permaneció un instante en silencio antes de continuar-. Esto es muy duro, pero sepan que ustedes deben mostrarse alegres delante de ella. Si no son capaces, mejor que se salgan de la habitación.
La madre de Alejandra miró a aquel desconocido que de repente aparecía en su vida como alguien importante. Ya nada sería igual, pensó durante un segundo. Decidió irse al pasillo y llorar durante horas. Después, ya no lo haría más. Se hizo esa promesa. Después, sacó de su bolso la última redacción de su hija. La guardaba con mucho cuidado, pues le había encantado. La desdobló y comenzó a leerla en silencio. Prácticamente se la sabía de memoria.
“Mi familia.
Mi nombre es Alejandra, y vivo en una casa estupenda, aunque pequeña. No necesitamos más, pues somos tres. Mi padre, mi madre y yo, que tengo siete años ya. Mi padre es alto, delgado y le gusta jugar conmigo. Tiene el pelo moreno y muchísimo. Lo que pasa es que a veces trabaja en casa con su ordenador. Pone muchos números en fila y como se salte uno se pone muy nervioso y nos manda callar. Mi madre es muy guapa, yo me parezco a ella. Las dos tenemos el pelo rubio y rizado. Nos encanta ponernos delante del espejo, las dos juntas y peinarnos una y otra vez. Ella trabaja, pero menos, así puede llevarme y recogerme del colegio. Me da así tres besos al día. Cuando vamos, cuando volvemos y al irme a acostar. Yo estoy muy contenta de los padres que tengo. Además, casi nunca nos pasan cosas malas. Cuando hay cumpleaños nos reímos mucho y vienen mis abuelos a comer tarta. Se me olvidaba, en mi familia también está mi muñeca de trapo. Duermo con ella y le cuento todo lo que quiero. Ella se llama María.