La cita de la Red
Llegué al restaurante tarde por culpa de la pajarita. Allí me esperaba. Ni por un solo segundo había dudado de que la foto se correspondería con la realidad. Llevaba una rosa en la solapa de su chaqueta. Fue lo más original que se nos ocurrió, como si mi imaginación hubiera dormido durante todo este tiempo. Estaba más favorecida. Superaba la ficción de su imagen estática. Nos miramos.
Las palabras que nos dijimos fueron cuatro, no más.
Hablamos más con el camarero que entre nosotros. Qué difícil resultaba, imposible. La conversación no fluía sin nuestra pantalla delante.
- Adiós, Marta, ya hablamos.
- Adiós, Juan. Te escribiré.
Estaba deseando regresar ante mi ordenador. Estaba encendido todo el día. No había mensajes. Nada. Mandé el mío. Repetí cientos de veces un gran “te quiero Marta” en letras mayúsculas de tamaño 54. Nada más golpear con mi dedo índice el botón izquierdo del ratón, apareció un mensaje de Marta. “Te amo con toda mi alma, Juan”.
Nos casamos una semana después.
Ahora tenemos en nuestra casa dos ordenadores. Con ellos nos comunicamos, nos mandamos nuestras mejores palabras.
No somos capaces de hablar cara a cara.
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