viernes, 4 de septiembre de 2026

 


La cita de la Red

         Estaba nervioso como un huevo crudo. El lazo de mi pajarita se resbalaba una y otra vez. Por fin una iluminación me relajó. En aquella primera cita de mi novia virtual de la red social, siempre saldría ganando en vivo y en directo. Ella me conocía por una foto un tanto borrosa que me saqué en el fotomatón de la esquina. No pretendía atraerla por mi físico, solo por mi forma de ser.

         Comencé a repasar el último año de intercambios. Pronto nos apartamos del resto de amigos comunes de los dos. La relación creció como la levadura de un pastel. Fue tomando forma. Nuestra vida, nuestras preocupaciones, surgían a lo vivo en cada uno nuestros mensajes. Temas jamás tratados con nadie en una desnudez a veces de tono rojizo. Las letras fluían formando frases que solo conseguíamos entender nosotros, codificadas por nuestro grado de confianza. Nunca había sido partidario, ni amante, de las nuevas tecnologías y fue más el aburrimiento y la soledad que el interés lo que me llevó a tener una “más que amiga” unida a mí por un cable.

        Llegué al restaurante tarde por culpa de la pajarita. Allí me esperaba. Ni por un solo segundo había dudado de que la foto se correspondería con la realidad. Llevaba una rosa en la solapa de su chaqueta. Fue lo más original que se nos ocurrió, como si mi imaginación hubiera dormido durante todo este tiempo. Estaba más favorecida. Superaba la ficción de su imagen estática. Nos miramos.

        Las palabras que nos dijimos fueron cuatro, no más.

        Hablamos más con el camarero que entre nosotros. Qué difícil resultaba, imposible. La conversación no fluía sin nuestra pantalla delante.

        -          Adiós, Marta, ya hablamos.    

        -          Adiós, Juan. Te escribiré.

        Estaba deseando regresar ante mi ordenador. Estaba encendido todo el día. No había mensajes. Nada. Mandé el mío. Repetí cientos de veces un gran “te quiero Marta” en letras mayúsculas de tamaño 54. Nada más golpear con mi dedo índice el botón izquierdo del ratón, apareció un mensaje de Marta. “Te amo con toda mi alma, Juan”.

        Nos casamos una semana después.

        Ahora tenemos en nuestra casa dos ordenadores. Con ellos nos comunicamos, nos mandamos nuestras mejores palabras.

        No somos capaces de hablar cara a cara.