viernes, 29 de mayo de 2026

                      

DUDA

     Su cabeza era como una bomba de relojería. Sus vericuetos mentales podían asustar al mejor de los expeólogos que minimizado escudriñara una salida entre sus neuronas. Donde alguien decía “digo” él entendía “Diego”. En el trabajo veía fantasmas por doquier. Compañeros en busca de ascensos que él merecía más. “Trepas” que buscaban desfavorecerle ante su jefe.

 Fue a más en marzo, el mes que cumplía años. Le tocaba el número fatídico, cuarenta. Su mujer no dejaba de hacer llamadas telefónicas. De mandar mensajes con el ordenador y de cuchichear con sus amigos comunes. Julián no podía más. Aquella noche sonó el teléfono por tercera vez. Él no había querido cogerlo. Estaba ordenando unos papeles del banco. Dejó que su mujer lo hiciera. Pronto desapareció por el pasillo. Sin duda, era una llamada secreta, confidencial, una conversación escondida que él no podía escuchar. Tiró todas las facturas, recibos y avisos bancarios. Mientras se ponía en pie, maldijo a la persona que estuviera al otro lado de la línea hablando con Adela. Se dirigió en busca de un refugio donde sentirse mal, humillado, engañado, mártir, en definitiva. Pronto estaba en la terraza de la cocina.

 Aquel maldito patio interior que se divisaba como paisaje, no le gustaba nada, el sol no daba en aquellos ladrillos desde el día que los pusieron. Era como un tubo clavado en un trozo de cielo con cuatro estrellas. Adela les había puesto nombre. A ella sí le gustaba mirar hacia arriba. Algunas veces pasaba por allí la luna, iba como rodando por el tejado y se quedaba suspendida hasta que alcanzaba el lado opuesto. Ese día estaba allí, entre las nubes... No soportó mucho mirándola. Recordó el nombre de las cuatro estrellas. Su cerebro tramaba e imaginaba mil argucias y mentiras de Adela. Ya no le quería.

 A su espalda, la luz de la cocina se encendió. Su mujer hablaba aún con su interlocutor.

 -                Sí, él no sabe nada....afortunadamente...ya sabes cómo es, si se entera...es capaz de cualquier cosa...prefiero no imaginarlo. Mañana sin falta, sí, a las ocho. Estoy deseando que llegue este gran momento, Andrés.

     Hubo una pausa. Julián tragó saliva sólida y anudada. Le hizo hasta daño en la garganta. No había dudas.

 Al día siguiente abandonaría su casa. Allí esperó pacientemente hasta que su mujer se retiró de la cocina. A escondidas, aquel hombre desesperado buscó la cama. Sin mediar palabra, se las ingenió para no cruzarse con Adela. Todo le resultaba increíble, ni una mente como la suya podría haber imaginado su mejor amigo Andrés, estuviera detrás de todo aquel penoso engaño.

 Después del trabajo, llegó tarde adrede, su mujer no estaba en casa. Mejor. Con una sola maleta le bastó. No necesitaba más. Un pijama, unas camisas, mudas y su maquinilla de afeitar. Atravesó el patio de la urbanización cabizbajo, su mente continuaba con un lamento monocorde. Se cruzó con el portero y no lo saludó. Llevaba unas sillas bajo los dos brazos y se dirigía hacia la sala común que había al lado de la portería. De allí salía una música con tono melancólico. Era su canción preferida. Levantó la cabeza. Por la ventana asomaba la cabeza de Adela. Reía como casi siempre. Ella lo vio y salió a su encuentro.

 -                Feliz cumpleaños, querido. Bienvenido a tu fiesta sorpresa. Todos tus amigos te esperan. ¿Y esa maleta?

martes, 12 de mayo de 2026

 


LA LUNA, PUEDE SER

Los tres niños esperaban el desenlace fatal al pie de la cama de su madre. Ya desde pequeños la habían conocido enferma, sin fuerzas. El doctor se acababa de ir y las esperanzas que tenía eran pocas. Al día siguiente volvería con alguna buena idea sobre el destino de los niños. Intentaría convencer de nuevo a su mujer para que se quedaran con ellos. El doctor ya estaba a punto de jubilarse debido a su edad y probablemente, en un futuro, tendrían compañía y alguien que los cuidara.

La casa estaba desordenada, como abandonada, su madre no podía encargarse de todo. El aire de pobreza chocaba contra los cristales rotos de las ventanas. Papeles de periódico intentaban aislar la casa del frío. Las dos velas calentaban a la vez que iluminaban lo que podían aquel cuarto con un camastro deshecho y empapado de sudor maternal. La fiebre entrecortaba palabras a veces ininteligibles, otras más claras.

 - Si tuviera......la luna…sólo me falta eso. No puedo dejarles solos vieja hada.

 Sus tres hijos se miraron entre sí. El mayor tenía ocho años, la pequeña casi cinco. Ella fue la primera en reaccionar.

                - Si la conseguimos, mamá vivirá. - No seas tonta, está delirando.

Juan, el hermano mediano estaba muy pegado al suelo y se llevaba un poco mal con su hermana pequeña. A veces pensaba que el tiempo que le había dedicado su madre a ella no había sido para él. Pedro, el mayor, rompió el silencio llorando.

                - Aquí no hacemos nada, podemos intentarlo. Yo no he olvidado los viejos cuentos que nos contaba mamá. Vamos Lucía. - Estáis los dos locos.

Los tres recogieron sus abrigos remendados y salieron a la calle. Miraron al cielo, pero no vieron la luna. Las nubes negras de febrero lo impedían.

 

- Muy bien, ya podemos volver a casa. Ni siquiera sabemos si hoy hay luna. - Hagamos una cosa, si hay luna llena continuamos, en caso contrario nos quedamos.

                Pedro entró corriendo en la casa, dio un beso a su madre.

                - Te vamos a traer la luna, mamá.

                Salió al instante con el calendario que estaba en la cocina, el de los gatos. Juan tuvo que callarse al ver el redondel blanco dibujado en el mismo día en el que su madre había pedido la luna. Comenzaron a andar despacio buscando un claro saber cómo iban a conseguir la luna.

                La noche era fría, húmeda, la luz escasa. Sus pequeños cuerpos cansados y hambrientos soportaban la temperatura como podían, sólo Juan se quejaba continuamente, no entendía el viaje que habían emprendido. Lucía se agarraba a la mano de su hermano mayor. Juan avanzaba el último como llevado por un impulso mayor que su propia voluntad. De vez en cuando levantaba la cabeza buscando la luna.

                - Pedro, allí hay más luz. - Tienes razón Juan, vayamos hacia allí. - ¿Y luego qué haremos? Me imagino que has traído la escalera. - Ya veremos lo que haremos. Algo se nos ocurrirá. Lo importante primero es verla.

                Se encontraron con un pequeño lago de agua cristalina. Metieron los pies en él sin darse cuenta en su afán por ver la luna en el cielo. Era grande, redonda, más blanca que nunca, sin una sola mancha. Lucía elevó su mano hacia ella. Con su dedo gordo y su dedo índice en forma de tenaza, cerrando uno de sus ojos, se imaginaba que la había cogido. Movió su mano lentamente hacia abajo. La luna permanecía en su lugar. Juan se burló de su hermana sin reparos.

                - Mira a ver si está en tu bolsillo. - Cállate y piensa en algo.

                Lucía bajó sus ojos llenos de lágrimas. Descubrió en el lago el reflejo de la luna.

                - Ahí está Pedro. A nuestro alcance. En el lago.

                Ambos hermanos miraron la luna temblorosa, como con miedo a ser cogida mientras se bañaba y jugaba con el agua fría. Juan salió corriendo. Lucía y Pedro seguían mirando la segunda luna más asequible. Poco tardaron en despertarse ante un ruido metálico. Su hermano mediano se había liado con una cuerda que estaba atada a un cubo.

                - La atraparemos con el cubo. Lo vi cuando pasamos al lado de un pozo.

                Juan estaba emocionado. Por primera vez sintió cercana la esperanza. Entró lentamente en el lago, intentando mover lo menos posible su agua cristalina. No quería asustar a la luna. Las ondas que salían de sus tobillos la hacían temblar, parecía que se diluiría en cualquier momento, como hundiéndose en el agua. Juan se detuvo. Tenía miedo de fallar, de estropearlo todo. Le gustaría que fuese su hermano mayor el que estuviera en su lugar. Él siempre lo hacía todo mejor. Cogió aliento y no miró hacia atrás. Sentía los ojos de sus hermanos clavados en él. Comenzó a avanzar de nuevo. La luna hizo otro intento de sumergirse. Lucía y Pedro no querían verlo, se dieron la vuelta.

Oyeron un chapoteo de agua, como de una pelea. Al poco tiempo sintieron el agua en sus espaldas. Allí estaba detrás Juan, totalmente empapado. Había cubierto con su abrigo también mojado el cubo. No quería que se le escapara su don más preciado. Nadie preguntó si lo había conseguido. Ni siquiera Juan lo sabía. Se volvieron a casa sin mirar hacia atrás.

                Tardaron menos en regresar. Debían apresurarse. Juan, a pesar de cargar con el cubo, iba casi corriendo. Lo sujetaba con ambos brazos contra su pecho. Estaba aterido de frío, pero no le importaba.

                Su madre aún respiraba, aunque con mucha fatiga. La incorporaron sobre el almohadón doblado los tres a la vez. Las manos temblorosas de Juan se dirigieron al cubo. El aire movía las cortinas de las ventanas y hacía que la lámpara del techo también lo hiciera. Las sombras de la habitación se esparcían de un lado a otro rítmicamente. Lucía cubrió los hombros de Juan con una manta. Estaba tiritando.

El abrigo empapado de Juan cayó al suelo de forma pesada cuando éste lo retiró lentamente. Los tres asomaron su cara por encima del cubo. No había nada. Quedaron paralizados. Quizá estaba en el fondo del cubo. Esperaron. Las cortinas de la ventana se elevaron aún más con una ráfaga fuerte de viento. Quedaron suspendidas en el aire. El cielo estaba por fin despejado. Un rayo de luna atravesó la habitación para bañarse en el agua del cubo. Su reflejo se mostró en la cara de la madre ya pálida como la luna. Abrió los ojos para contemplar lo que tanto deseaba.

El médico había llegado al mañana siguiente y no comprendía nada. A los pocos días las cosas fueron de nuevo como siempre. Cuando había luna llena salían los cuatro a la calle y pasaban horas contemplándola.