Los tres niños
esperaban el desenlace fatal al pie de la cama de su madre. Ya desde pequeños
la habían conocido enferma, sin fuerzas. El doctor se acababa de ir y las
esperanzas que tenía eran pocas. Al día siguiente volvería con alguna buena
idea sobre el destino de los niños. Intentaría convencer de nuevo a su mujer
para que se quedaran con ellos. El doctor ya estaba a punto de jubilarse debido
a su edad y probablemente, en un futuro, tendrían compañía y alguien que los
cuidara.
La casa estaba
desordenada, como abandonada, su madre no podía encargarse de todo. El aire de
pobreza chocaba contra los cristales rotos de las ventanas. Papeles de
periódico intentaban aislar la casa del frío. Las dos velas calentaban a la vez
que iluminaban lo que podían aquel cuarto con un camastro deshecho y empapado
de sudor maternal. La fiebre entrecortaba palabras a veces ininteligibles,
otras más claras.
- Si tuviera......la luna…sólo me falta eso.
No puedo dejarles solos vieja hada.
Sus tres hijos se miraron entre sí. El mayor
tenía ocho años, la pequeña casi cinco. Ella fue la primera en reaccionar.
-
Si la conseguimos, mamá vivirá. - No seas tonta, está delirando.
Juan, el
hermano mediano estaba muy pegado al suelo y se llevaba un poco mal con su
hermana pequeña. A veces pensaba que el tiempo que le había dedicado su madre a
ella no había sido para él. Pedro, el mayor, rompió el silencio llorando.
-
Aquí no hacemos nada, podemos intentarlo. Yo no he olvidado los viejos cuentos
que nos contaba mamá. Vamos Lucía. - Estáis los dos locos.
Los tres
recogieron sus abrigos remendados y salieron a la calle. Miraron al cielo, pero
no vieron la luna. Las nubes negras de febrero lo impedían.
- Muy bien, ya
podemos volver a casa. Ni siquiera sabemos si hoy hay luna. - Hagamos una cosa,
si hay luna llena continuamos, en caso contrario nos quedamos.
Pedro
entró corriendo en la casa, dio un beso a su madre.
-
Te vamos a traer la luna, mamá.
Salió
al instante con el calendario que estaba en la cocina, el de los gatos. Juan
tuvo que callarse al ver el redondel blanco dibujado en el mismo día en el que
su madre había pedido la luna. Comenzaron a andar despacio buscando un claro
saber cómo iban a conseguir la luna.
La
noche era fría, húmeda, la luz escasa. Sus pequeños cuerpos cansados y hambrientos
soportaban la temperatura como podían, sólo Juan se quejaba continuamente, no
entendía el viaje que habían emprendido. Lucía se agarraba a la mano de su
hermano mayor. Juan avanzaba el último como llevado por un impulso mayor que su
propia voluntad. De vez en cuando levantaba la cabeza buscando la luna.
-
Pedro, allí hay más luz. - Tienes razón Juan, vayamos hacia allí. - ¿Y luego
qué haremos? Me imagino que has traído la escalera. - Ya veremos lo que
haremos. Algo se nos ocurrirá. Lo importante primero es verla.
Se
encontraron con un pequeño lago de agua cristalina. Metieron los pies en él sin
darse cuenta en su afán por ver la luna en el cielo. Era grande, redonda, más
blanca que nunca, sin una sola mancha. Lucía elevó su mano hacia ella. Con su
dedo gordo y su dedo índice en forma de tenaza, cerrando uno de sus ojos, se
imaginaba que la había cogido. Movió su mano lentamente hacia abajo. La luna
permanecía en su lugar. Juan se burló de su hermana sin reparos.
-
Mira a ver si está en tu bolsillo. - Cállate y piensa en algo.
Lucía
bajó sus ojos llenos de lágrimas. Descubrió en el lago el reflejo de la luna.
-
Ahí está Pedro. A nuestro alcance. En el lago.
Ambos
hermanos miraron la luna temblorosa, como con miedo a ser cogida mientras se
bañaba y jugaba con el agua fría. Juan salió corriendo. Lucía y Pedro seguían
mirando la segunda luna más asequible. Poco tardaron en despertarse ante un ruido
metálico. Su hermano mediano se había liado con una cuerda que estaba atada a un
cubo.
-
La atraparemos con el cubo. Lo vi cuando pasamos al lado de un pozo.
Juan
estaba emocionado. Por primera vez sintió cercana la esperanza. Entró lentamente
en el lago, intentando mover lo menos posible su agua cristalina. No quería asustar
a la luna. Las ondas que salían de sus tobillos la hacían temblar, parecía que
se diluiría en cualquier momento, como hundiéndose en el agua. Juan se detuvo.
Tenía miedo de fallar, de estropearlo todo. Le gustaría que fuese su hermano
mayor el que estuviera en su lugar. Él siempre lo hacía todo mejor. Cogió
aliento y no miró hacia atrás. Sentía los ojos de sus hermanos clavados en él.
Comenzó a avanzar de nuevo. La luna hizo otro intento de sumergirse. Lucía y
Pedro no querían verlo, se dieron la vuelta.
Oyeron un
chapoteo de agua, como de una pelea. Al poco tiempo sintieron el agua en sus
espaldas. Allí estaba detrás Juan, totalmente empapado. Había cubierto con su abrigo
también mojado el cubo. No quería que se le escapara su don más preciado. Nadie
preguntó si lo había conseguido. Ni siquiera Juan lo sabía. Se volvieron a casa
sin mirar hacia atrás.
Tardaron
menos en regresar. Debían apresurarse. Juan, a pesar de cargar con el cubo, iba
casi corriendo. Lo sujetaba con ambos brazos contra su pecho. Estaba aterido de
frío, pero no le importaba.
Su
madre aún respiraba, aunque con mucha fatiga. La incorporaron sobre el almohadón
doblado los tres a la vez. Las manos temblorosas de Juan se dirigieron al cubo.
El aire movía las cortinas de las ventanas y hacía que la lámpara del techo también
lo hiciera. Las sombras de la habitación se esparcían de un lado a otro rítmicamente.
Lucía cubrió los hombros de Juan con una manta. Estaba tiritando.
El abrigo
empapado de Juan cayó al suelo de forma pesada cuando éste lo retiró lentamente.
Los tres asomaron su cara por encima del cubo. No había nada. Quedaron paralizados.
Quizá estaba en el fondo del cubo. Esperaron. Las cortinas de la ventana se elevaron
aún más con una ráfaga fuerte de viento. Quedaron suspendidas en el aire. El cielo
estaba por fin despejado. Un rayo de luna atravesó la habitación para bañarse
en el agua del cubo. Su reflejo se mostró en la cara de la madre ya pálida como
la luna. Abrió los ojos para contemplar lo que tanto deseaba.
El médico había
llegado al mañana siguiente y no comprendía nada. A los pocos días las cosas
fueron de nuevo como siempre. Cuando había luna llena salían los cuatro a la
calle y pasaban horas contemplándola.