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viernes, 4 de septiembre de 2026

 


La cita de la Red

         Estaba nervioso como un huevo crudo. El lazo de mi pajarita se resbalaba una y otra vez. Por fin una iluminación me relajó. En aquella primera cita de mi novia virtual de la red social, siempre saldría ganando en vivo y en directo. Ella me conocía por una foto un tanto borrosa que me saqué en el fotomatón de la esquina. No pretendía atraerla por mi físico, solo por mi forma de ser.

         Comencé a repasar el último año de intercambios. Pronto nos apartamos del resto de amigos comunes de los dos. La relación creció como la levadura de un pastel. Fue tomando forma. Nuestra vida, nuestras preocupaciones, surgían a lo vivo en cada uno nuestros mensajes. Temas jamás tratados con nadie en una desnudez a veces de tono rojizo. Las letras fluían formando frases que solo conseguíamos entender nosotros, codificadas por nuestro grado de confianza. Nunca había sido partidario, ni amante, de las nuevas tecnologías y fue más el aburrimiento y la soledad que el interés lo que me llevó a tener una “más que amiga” unida a mí por un cable.

        Llegué al restaurante tarde por culpa de la pajarita. Allí me esperaba. Ni por un solo segundo había dudado de que la foto se correspondería con la realidad. Llevaba una rosa en la solapa de su chaqueta. Fue lo más original que se nos ocurrió, como si mi imaginación hubiera dormido durante todo este tiempo. Estaba más favorecida. Superaba la ficción de su imagen estática. Nos miramos.

        Las palabras que nos dijimos fueron cuatro, no más.

        Hablamos más con el camarero que entre nosotros. Qué difícil resultaba, imposible. La conversación no fluía sin nuestra pantalla delante.

        -          Adiós, Marta, ya hablamos.    

        -          Adiós, Juan. Te escribiré.

        Estaba deseando regresar ante mi ordenador. Estaba encendido todo el día. No había mensajes. Nada. Mandé el mío. Repetí cientos de veces un gran “te quiero Marta” en letras mayúsculas de tamaño 54. Nada más golpear con mi dedo índice el botón izquierdo del ratón, apareció un mensaje de Marta. “Te amo con toda mi alma, Juan”.

        Nos casamos una semana después.

        Ahora tenemos en nuestra casa dos ordenadores. Con ellos nos comunicamos, nos mandamos nuestras mejores palabras.

        No somos capaces de hablar cara a cara.

viernes, 29 de mayo de 2026

                      

DUDA

     Su cabeza era como una bomba de relojería. Sus vericuetos mentales podían asustar al mejor de los expeólogos que minimizado escudriñara una salida entre sus neuronas. Donde alguien decía “digo” él entendía “Diego”. En el trabajo veía fantasmas por doquier. Compañeros en busca de ascensos que él merecía más. “Trepas” que buscaban desfavorecerle ante su jefe.

 Fue a más en marzo, el mes que cumplía años. Le tocaba el número fatídico, cuarenta. Su mujer no dejaba de hacer llamadas telefónicas. De mandar mensajes con el ordenador y de cuchichear con sus amigos comunes. Julián no podía más. Aquella noche sonó el teléfono por tercera vez. Él no había querido cogerlo. Estaba ordenando unos papeles del banco. Dejó que su mujer lo hiciera. Pronto desapareció por el pasillo. Sin duda, era una llamada secreta, confidencial, una conversación escondida que él no podía escuchar. Tiró todas las facturas, recibos y avisos bancarios. Mientras se ponía en pie, maldijo a la persona que estuviera al otro lado de la línea hablando con Adela. Se dirigió en busca de un refugio donde sentirse mal, humillado, engañado, mártir, en definitiva. Pronto estaba en la terraza de la cocina.

 Aquel maldito patio interior que se divisaba como paisaje, no le gustaba nada, el sol no daba en aquellos ladrillos desde el día que los pusieron. Era como un tubo clavado en un trozo de cielo con cuatro estrellas. Adela les había puesto nombre. A ella sí le gustaba mirar hacia arriba. Algunas veces pasaba por allí la luna, iba como rodando por el tejado y se quedaba suspendida hasta que alcanzaba el lado opuesto. Ese día estaba allí, entre las nubes... No soportó mucho mirándola. Recordó el nombre de las cuatro estrellas. Su cerebro tramaba e imaginaba mil argucias y mentiras de Adela. Ya no le quería.

 A su espalda, la luz de la cocina se encendió. Su mujer hablaba aún con su interlocutor.

 -                Sí, él no sabe nada....afortunadamente...ya sabes cómo es, si se entera...es capaz de cualquier cosa...prefiero no imaginarlo. Mañana sin falta, sí, a las ocho. Estoy deseando que llegue este gran momento, Andrés.

     Hubo una pausa. Julián tragó saliva sólida y anudada. Le hizo hasta daño en la garganta. No había dudas.

 Al día siguiente abandonaría su casa. Allí esperó pacientemente hasta que su mujer se retiró de la cocina. A escondidas, aquel hombre desesperado buscó la cama. Sin mediar palabra, se las ingenió para no cruzarse con Adela. Todo le resultaba increíble, ni una mente como la suya podría haber imaginado su mejor amigo Andrés, estuviera detrás de todo aquel penoso engaño.

 Después del trabajo, llegó tarde adrede, su mujer no estaba en casa. Mejor. Con una sola maleta le bastó. No necesitaba más. Un pijama, unas camisas, mudas y su maquinilla de afeitar. Atravesó el patio de la urbanización cabizbajo, su mente continuaba con un lamento monocorde. Se cruzó con el portero y no lo saludó. Llevaba unas sillas bajo los dos brazos y se dirigía hacia la sala común que había al lado de la portería. De allí salía una música con tono melancólico. Era su canción preferida. Levantó la cabeza. Por la ventana asomaba la cabeza de Adela. Reía como casi siempre. Ella lo vio y salió a su encuentro.

 -                Feliz cumpleaños, querido. Bienvenido a tu fiesta sorpresa. Todos tus amigos te esperan. ¿Y esa maleta?

martes, 12 de mayo de 2026

 


LA LUNA, PUEDE SER

Los tres niños esperaban el desenlace fatal al pie de la cama de su madre. Ya desde pequeños la habían conocido enferma, sin fuerzas. El doctor se acababa de ir y las esperanzas que tenía eran pocas. Al día siguiente volvería con alguna buena idea sobre el destino de los niños. Intentaría convencer de nuevo a su mujer para que se quedaran con ellos. El doctor ya estaba a punto de jubilarse debido a su edad y probablemente, en un futuro, tendrían compañía y alguien que los cuidara.

La casa estaba desordenada, como abandonada, su madre no podía encargarse de todo. El aire de pobreza chocaba contra los cristales rotos de las ventanas. Papeles de periódico intentaban aislar la casa del frío. Las dos velas calentaban a la vez que iluminaban lo que podían aquel cuarto con un camastro deshecho y empapado de sudor maternal. La fiebre entrecortaba palabras a veces ininteligibles, otras más claras.

 - Si tuviera......la luna…sólo me falta eso. No puedo dejarles solos vieja hada.

 Sus tres hijos se miraron entre sí. El mayor tenía ocho años, la pequeña casi cinco. Ella fue la primera en reaccionar.

                - Si la conseguimos, mamá vivirá. - No seas tonta, está delirando.

Juan, el hermano mediano estaba muy pegado al suelo y se llevaba un poco mal con su hermana pequeña. A veces pensaba que el tiempo que le había dedicado su madre a ella no había sido para él. Pedro, el mayor, rompió el silencio llorando.

                - Aquí no hacemos nada, podemos intentarlo. Yo no he olvidado los viejos cuentos que nos contaba mamá. Vamos Lucía. - Estáis los dos locos.

Los tres recogieron sus abrigos remendados y salieron a la calle. Miraron al cielo, pero no vieron la luna. Las nubes negras de febrero lo impedían.

 

- Muy bien, ya podemos volver a casa. Ni siquiera sabemos si hoy hay luna. - Hagamos una cosa, si hay luna llena continuamos, en caso contrario nos quedamos.

                Pedro entró corriendo en la casa, dio un beso a su madre.

                - Te vamos a traer la luna, mamá.

                Salió al instante con el calendario que estaba en la cocina, el de los gatos. Juan tuvo que callarse al ver el redondel blanco dibujado en el mismo día en el que su madre había pedido la luna. Comenzaron a andar despacio buscando un claro saber cómo iban a conseguir la luna.

                La noche era fría, húmeda, la luz escasa. Sus pequeños cuerpos cansados y hambrientos soportaban la temperatura como podían, sólo Juan se quejaba continuamente, no entendía el viaje que habían emprendido. Lucía se agarraba a la mano de su hermano mayor. Juan avanzaba el último como llevado por un impulso mayor que su propia voluntad. De vez en cuando levantaba la cabeza buscando la luna.

                - Pedro, allí hay más luz. - Tienes razón Juan, vayamos hacia allí. - ¿Y luego qué haremos? Me imagino que has traído la escalera. - Ya veremos lo que haremos. Algo se nos ocurrirá. Lo importante primero es verla.

                Se encontraron con un pequeño lago de agua cristalina. Metieron los pies en él sin darse cuenta en su afán por ver la luna en el cielo. Era grande, redonda, más blanca que nunca, sin una sola mancha. Lucía elevó su mano hacia ella. Con su dedo gordo y su dedo índice en forma de tenaza, cerrando uno de sus ojos, se imaginaba que la había cogido. Movió su mano lentamente hacia abajo. La luna permanecía en su lugar. Juan se burló de su hermana sin reparos.

                - Mira a ver si está en tu bolsillo. - Cállate y piensa en algo.

                Lucía bajó sus ojos llenos de lágrimas. Descubrió en el lago el reflejo de la luna.

                - Ahí está Pedro. A nuestro alcance. En el lago.

                Ambos hermanos miraron la luna temblorosa, como con miedo a ser cogida mientras se bañaba y jugaba con el agua fría. Juan salió corriendo. Lucía y Pedro seguían mirando la segunda luna más asequible. Poco tardaron en despertarse ante un ruido metálico. Su hermano mediano se había liado con una cuerda que estaba atada a un cubo.

                - La atraparemos con el cubo. Lo vi cuando pasamos al lado de un pozo.

                Juan estaba emocionado. Por primera vez sintió cercana la esperanza. Entró lentamente en el lago, intentando mover lo menos posible su agua cristalina. No quería asustar a la luna. Las ondas que salían de sus tobillos la hacían temblar, parecía que se diluiría en cualquier momento, como hundiéndose en el agua. Juan se detuvo. Tenía miedo de fallar, de estropearlo todo. Le gustaría que fuese su hermano mayor el que estuviera en su lugar. Él siempre lo hacía todo mejor. Cogió aliento y no miró hacia atrás. Sentía los ojos de sus hermanos clavados en él. Comenzó a avanzar de nuevo. La luna hizo otro intento de sumergirse. Lucía y Pedro no querían verlo, se dieron la vuelta.

Oyeron un chapoteo de agua, como de una pelea. Al poco tiempo sintieron el agua en sus espaldas. Allí estaba detrás Juan, totalmente empapado. Había cubierto con su abrigo también mojado el cubo. No quería que se le escapara su don más preciado. Nadie preguntó si lo había conseguido. Ni siquiera Juan lo sabía. Se volvieron a casa sin mirar hacia atrás.

                Tardaron menos en regresar. Debían apresurarse. Juan, a pesar de cargar con el cubo, iba casi corriendo. Lo sujetaba con ambos brazos contra su pecho. Estaba aterido de frío, pero no le importaba.

                Su madre aún respiraba, aunque con mucha fatiga. La incorporaron sobre el almohadón doblado los tres a la vez. Las manos temblorosas de Juan se dirigieron al cubo. El aire movía las cortinas de las ventanas y hacía que la lámpara del techo también lo hiciera. Las sombras de la habitación se esparcían de un lado a otro rítmicamente. Lucía cubrió los hombros de Juan con una manta. Estaba tiritando.

El abrigo empapado de Juan cayó al suelo de forma pesada cuando éste lo retiró lentamente. Los tres asomaron su cara por encima del cubo. No había nada. Quedaron paralizados. Quizá estaba en el fondo del cubo. Esperaron. Las cortinas de la ventana se elevaron aún más con una ráfaga fuerte de viento. Quedaron suspendidas en el aire. El cielo estaba por fin despejado. Un rayo de luna atravesó la habitación para bañarse en el agua del cubo. Su reflejo se mostró en la cara de la madre ya pálida como la luna. Abrió los ojos para contemplar lo que tanto deseaba.

El médico había llegado al mañana siguiente y no comprendía nada. A los pocos días las cosas fueron de nuevo como siempre. Cuando había luna llena salían los cuatro a la calle y pasaban horas contemplándola.

jueves, 12 de febrero de 2026


AMANECER EN LA SELVA

 El sol busca la tierra con sus rayos lineales en vuelo rasante. La luna se despide y deja abandonadas las sombras crepusculares que van recuperando todas sus tonalidades de colores. Surgen los primeros pájaros madrugadores en vuelos desesperazantes a beberse el rocío de la mañana, el más fresco. Lavan sus plumas en el arroyo ya menguante que anuncia el próximo verano y la fugacidad de la primavera. Parecen disfrutar de la tregua de la llovizna. Encuentran nuevos rincones aún sin explorar. Se saludan con chillidos estridentes. Se contestan las distintas especies en la lengua de la selva. Algunos deciden desayunar su fruta fresca. Nuevos saludos, se miran, se pican entre ellos, sin rencor, es sólo por la comida. Algunos esperan su turno con respeto.

 

Comienza de nuevo la fina lámina de lluvia y buscan corriendo refugio seguro encima del techo. Llegan los primeros visitantes y exclaman de gozo: “llueve de verdad”. El tucán ahueca sus plumas y realiza un vuelo de árbol a árbol, allí donde los monos se agachan tras las hojas. El silencio reina de nuevo, sólo roto por los chiquillos que los van descubriendo. Flashes de fotos y mira un tú aquel cocodrilo. Ésta es la selva. Ésta es la selva de Faunia.

miércoles, 17 de diciembre de 2025

 


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miércoles, 3 de diciembre de 2025

Algunos microrrelatos JCR

 



El móvil apagado

    Tras dos días, Marta decidió encender su móvil de nuevo. Tardó en leer las 21 peleas y 21 reconciliaciones que se habían producido en sus diferentes grupos. No se había perdido nada, todo seguía igual. Empate.

El otro abuelo

    Cuando miraron la fecha de caducidad, se alegraron. Había caducado hacía diez años y seguía bien. Más arrugado y algo amarillo, pero bien. Después, se preocuparon. Al abuelo sustituto biónico debería quedarle ya poco para morir.

Qué mala es la envidia

Al planeta Envidia llegó un hada. Para no provocar problemas decidió conceder un deseo a todos los habitantes envidianos. Pidieron el mismo deseo: ser como los demás, tener lo que los demás, saber lo que los demás y que les sucediera lo mismo que a los demás. Todo funcionaba como un reloj hasta que murió el primer envidiano.

 El planeta quedó desierto.

 


miércoles, 29 de octubre de 2025

 


EL MUERTO PROFESIONAL

     Su carrera profesional no daba ese salto que siempre había soñado. Por más pruebas que realizaba, nunca llegaba hasta le final. Siempre había otro al que cogían para el papel. Estaba desesperado, pero como decían en las películas motivacionales que tanto le gustaban, “querer es poder”.” Si cierras los ojos y aprietas muy, muy fuerte, cuando los abras, lo habrás conseguido”. “Todo lo que desees, lo conseguirás, si lo deseas con mucha fuerza”. Aquello le movía a seguir intentándolo con todas sus fuerzas. Estaba solo en la vida, pues el afán por su carrera le había llevado a aislarse de todo el mundo, para que nada ni nadie lo entretuviera en sus ansias de triunfo.

 Por fin llegó el momento deseado y se le abrió una puerta. No muy grande, pero el dio acceso a los estudios de rodaje. Allí, por fin, vio en directo las cámaras, los focos, a los actores tan conocidos por él, al director de producción, al director, a los electricistas, a los maquiladores. Estos últimos se encargaron de prepararle. Le tumbaron en una camilla, con una toalla como vestimenta. Fueron dos largas horas en las que aguantó estoicamente mientras le pintaban de blanco color muerte. Después varias heridas rojas en el cuerpo, así como golpes azules, morados, violetas. Después en la cara le pusieron un líquido rojo mezclado con otro gris que escapaba desde su cuero cabelludo.

 - Ya está. Ahora, cuando empiecen a rodar, debes dejar de respirar. Serán un par de minutos mientras los protagonistas te observan.

 Estaba muy nervioso, pero no les defraudaría. Aguantó la respiración. Todo iba bien hasta que le empezó a picar la nariz.

 - Corten. Se ha movido el cadáver. Maldita sea.

 Le picaba la nariz como nunca y movió un poco la mejilla en busca de alivio. No pasó desapercibido para el script. Debía velar porque todo fuera bien.

 - Estos aficionados. Otra vez a repetir.

 La protagonista lo dijo con verdadero desprecio. El cadáver se vio afectado, pero no protestó. Se rascó la nariz y dio permiso para que comenzaran de nuevo a rodar.

 Esta vez aguantó el minuto cuarenta segundos sin moverse, incluso cuando le tocaron con un bisturí para abrirle una herida de la cabeza, perfectamente dibujada y cortoneada con un plástico que imitaba perfectamente a la piel.

 - Muy bien. Vale la toma -gritó el director.

 Todos los actores de la escena se alejaron de él. El encargado del pago le dio un cheque.

 - Ahí tienes, ya puedes ir a lavarte.

 Tuvo que coger el autobús con todo aquel maquillaje encima y fue muy desagradable, sobre todo para los demás compañeros de viaje, pero iba feliz. Su primer papel. A partir de ahí comenzaría su carrera meteórica. Se convirtió en experto muerto. Ensayaba horas y horas quieto, aguantando la respiración todo lo que podía. Fue a cursos de submarinismo. Se hizo un experto como estatua viviente de color del bronce. Ni siquiera se movía cuando le daban monedas. Consiguió permanecer horas y horas sin rascarse. Batió el récord nacional de apnea. Lo dejó en siete minutos y medio.

 - Llamad al cadáver. Ya está lista la morgue.

 Lo sacaron de la cámara frigorífica y, ayudados con la sábana que tenía debajo, lo levantaron entre dos para colocarlo en la camilla. Esta vez la escena iba a durar. Le habían avisado. Unos siete minutos sin cortes. Llegaron los actores. Discutían, como marcaba el guion.  Tres minutos. El médico forense esperaba que dejaron de hacerlo para dar una larga explicación de las causas de la muerte. La cara del cuerpo estaba irreconocible bajo una gran manta de maquillaje, más que nunca. Cuatro minutos. Hacía un calor ya ligeramente insoportable cuando encendieron el foco sobre él. La temperatura ascendió. Una gota de sudor corrió por la sien. No se notaba. Cinco minutos. Esta vez no había cogido bien el aire dentro de la cámara frigorífica y comenzaba a fallarle. Seis minutos. No podía más. Su reloj mental le avisaba de que quedaba poco. Le tocaron con un bisturí. Siete minutos. Cerró los ojos con más fuerza, sin que se notase. Deseó con todas sus energías que aquello acabara. Ocho minutos.

 - Corten. Esto se ha alargado mucho. Repetiremos. Colocad al figurante en la cámara de nuevo.

 Lo levantaron, ya nadie lo apreció. Aquel muerto estaba muy muerto. En la segunda toma hizo el papel más realista de su vida ya acabada.

 - Felicidades, pareces un muerto de verdad -le dijo el director.

lunes, 22 de septiembre de 2025

 


Os dejo otro de mis relatos

1.      EL HOMBRE QUE ROBABA LO QUE NADIE PODÍA IMAGINAR 

“A los tímidos y a los vacilantes todas las cosas les resultan imposibles, porque así les parecen”. 

                                                                        Walter Scott.

 

A Antonio García se le había muerto la mujer, la primera y única que tuvo y tendría, porque su naturaleza apocada no se lo iba a permitir. De hecho, fue su señora, Mari Carmen, la que le conquistó y no hubiera habido otra posibilidad. Aquello resultó milagroso para él por lo que supuso para el resto de su vida. Ella lo había cuidado como si su madre hubiera resucitado, como a un niño mayor, que más o menos venía a ser eso. Cuando alguien se relacionaba con él, lo descubría a los pocos minutos.

 

Pero Mari Carmen había muerto y nadie podría ya acercarse a Antonio García, de profesión enterrador. Sus clientes no hablaban y los familiares de estos lloraban sin reparar en nadie, y menos en él, un hombre apocado que echaba la tierra sobre los ataúdes más variados.

 

Y ahora debía cuidarse solo, llevar a cabo las tareas domésticas de su casa, que ni siquiera ganaba para contratar a alguien y si así hubiera sido, dónde habría encontrado a esa persona o cómo hubiera llegado a un acuerdo sin saber ni lo que quería. Como mucho, hablaba cuatro palabras seguidas cuando su mujer le sonsacaba la conversación que no tenía.

 

En el centro comercial los carritos le parecían fórmulas 1 que corrían por el circuito a toda velocidad y a punto de atropellarlo. Igual que si decidiera cruzar la M-30 por allí, al lado de su casa. Y él no veía un puente que lo salvara. Quizás solo quedaba una única esperanza, una vez se lo dijo su mujer: “que sigas la corriente, Antonio, que la sigas, que no eres hombre suficiente para ir a la contra”. Y persiguió a un carrito, el de un hombre de aproximadamente su edad. Veía cómo cogía lo que él precisaba, más o menos. Porque un hombre solitario apenas tiene imaginación para tener necesidades distintas a otro en las mismas circunstancias.

 

Por último, el hombre perseguido se introdujo en el pasillo de los higiénicos. Abandonó su compra un momento para evitar atropellar a la gente con su vehículo. Y Antonio pensó que ya no le hacían falta más cosas, porque se agarró al carro, como si fuese suyo, y lo llevó corriendo hasta la caja más cercana.

 

Pagó en efectivo mientras el individuo saqueado miraba por todas partes en busca de su compra. Estaba confuso, a nadie le podía entrar en la cabeza un robo tan peculiar.

 

- Se habrá descuidado señor –le dijo un trabajador del gran almacén con aire de este hombre está bastante loco, a nadie se le ocurre pensar en el escamoteo de un carro no pagado.


martes, 22 de abril de 2025




Os dejo un relato mío, esta vez en formato de audio. Gracias a José María Galindo por poner su voz, todo un experto


¿Qué sentimineto añadirías a la programación de un robot humanoide si fuera posible? El obkjetivo es que sea un buen trabajador.


Se puede, se hace


lunes, 17 de febrero de 2025

      

                                        EL MUERTO PROFESIONAL

“Si puedes soñarlo, puedes lograrlo."  Walt Disney

“Los cobardes mueren muchas veces antes de su verdadera muerte, los valientes gustan de la muerte una única vez.”  William Shakespeare.

     Su carrera profesional no daba ese salto que siempre había soñado. Por más pruebas que realizaba, nunca llegaba hasta el final. Siempre había otro al que cogían para el papel. Estaba desesperado, pero como decían en las películas motivacionales que tanto le gustaban, “querer es poder”. “Si cierras los ojos y aprietas muy, muy fuerte, cuando los abras, lo habrás conseguido”. “Todo lo que desees, lo conseguirás, si lo deseas con mucha fuerza”. Aquello le movía a seguir intentándolo con todas sus fuerzas. Estaba solo en la vida, pues el afán por su carrera le había llevado a aislarse de todo el mundo, para que nada ni nadie lo entretuviera en sus ansias de triunfo.

     Por fin llegó el momento deseado y se le abrió una puerta. No muy grande, pero le dio acceso a entrar en los estudios de rodaje. Allí vio en funcionamiento las cámaras, los focos, a los actores tan conocidos por él, al director de producción, al director, a los electricistas, a los maquilladores. Estos últimos se encargaron de prepararle. Le tumbaron en una camilla, con una toalla como vestimenta. Fueron dos largas horas en las que aguantó estoicamente mientras le pintaban de blanco color muerte. Después, varias heridas rojas en el cuerpo, así como golpes azules, morados, violetas. En la cara le pusieron un líquido rojo mezclado con otro gris que escapaba desde su cuero cabelludo. Le tumbaron en una fría camilla.

     - Ya está. Ahora, cuando empiecen a rodar, debes dejar de respirar. Serán un par de minutos mientras los protagonistas te observan.

     Estaba muy nervioso, pero no les defraudaría. Aguantó la respiración. Todo iba bien hasta que le empezó a picar la nariz.

     - Corten. Se ha movido el cadáver. Maldita sea.

     Le picaba la nariz como nunca y movió un poco la mejilla en busca de alivio. No pasó desapercibido para el script. Debía velar porque todo fuera bien.

     - Estos aficionados. Otra vez a repetir.

     La protagonista lo dijo con verdadero desprecio. El cadáver se vio afectado, pero no protestó. Se rascó la nariz y dio permiso para que comenzaran de nuevo a rodar.

     Esta vez aguantó el minuto cuarenta segundos sin moverse, incluso cuando le tocaron con un bisturí para abrirle una herida de la cabeza, perfectamente dibujada y cortoneada con un plástico que imitaba perfectamente la piel.

     - Muy bien. Vale la toma -gritó el director.

     Todos los actores de la escena se alejaron de él. El encargado del pago le dio un cheque.

     - Ahí tienes, ya puedes ir a lavarte.

     Tuvo que coger el autobús con todo aquel maquillaje encima, pues apenas consiguió quitárselo. Fue muy desagradable, sobre todo para los demás compañeros de viaje, pero iba feliz. Su primer papel. A partir de ahí comenzaría su carrera meteórica. Se convirtió en un muerto experto. Ensayaba horas y horas, inmóvil, aguantando la respiración todo lo que podía. Fue a cursos de submarinismo. Se hizo un experto como estatua viviente de color del bronce en el parque próximo a su casa. Ni siquiera se movía cuando le daban monedas. Consiguió permanecer días enteros sin rascarse. Batió el récord nacional de apnea. Lo dejó en siete minutos y medio.

     - Llamad al cadáver. Ya está lista la morgue.

     Lo sacaron de la cámara frigorífica y, ayudados con la sábana que tenía debajo, lo levantaron entre dos para colocarlo en la camilla. Esta vez la escena iba a durar. Le habían avisado. Unos siete minutos sin cortes. Llegaron los actores. Empezaron a discutir, como marcaba el guion.  Tres minutos. El médico forense esperaba que dejaran de hacerlo para dar una larga explicación de las causas de la muerte. La cara del cuerpo estaba irreconocible bajo una gran manta de maquillaje, más que nunca. Cuatro minutos. Hacía un calor ya ligeramente insoportable cuando encendieron el foco sobre él. La temperatura ascendió. Una gota de sudor corrió por la sien. No se notaba. Cinco minutos. Esta vez no había cogido bien el aire necesario para la apnea dentro de la cámara frigorífica y comenzaba a faltarle. Seis minutos. No podía más. Su reloj mental le avisaba de que quedaba poco. Le tocaron con un bisturí. Siete minutos. Cerró los ojos con más fuerza, sin que se notase. Deseó con todas sus energías que aquello acabara. Ocho minutos.

 - Corten. Esto se ha alargado mucho. Repetiremos. Colocad al figurante de nuevo en la cámara.

     Lo levantaron y nadie lo apreció. Aquel muerto estaba muy muerto. En la segunda toma hizo el papel más realista de su vida ya acabada.

     - Felicidades, haces muy bien de muerto -le dijo el director.

lunes, 20 de enero de 2025

Los pitidos de la mañana


 


¡Dios mío! ¡Qué solos se quedan los muertos!

Gustavo Adolfo Bécquer

 

El policía ya retirado solía levantarse tarde, pues se pasaba las horas de la madrugada escuchando la radio del Cuerpo de forma clandestina. Era incapaz de olvidar aquellos sonidos y los números convertidos en códigos que resumían un asesinato, un robo o un atraco. Tantos años de trabajo nocturno dejaban huella.

 Pero aquella mañana el ruido de la calle lo despertaría sin remedio. Los pitidos de los coches se metían por entre las mínimas rendijas de la habitación. Se dio la vuelta con la intención de continuar con su sueño. Nuevos pitidos. Enrolló el almohadón sobre su cabeza para esconder las dos orejas. El claxon del autobús atravesó la gomaespuma sin problemas. Gruñó e insultó a todo aquel que madrugaba y se exasperaba a esas horas de la mañana. Siempre había sido un lugar tranquilo donde la circulación no se detenía más de lo que el semáforo de abajo ordenaba.

 Por fin se levantó con los ojos endurecidos por el sueño. Se había enfadado. Incluso hizo un amago de coger la vieja escopeta de caza. Mala idea. A esas horas y sin dormir no razonaba con lucidez.

 Subió la persiana con brusquedad, lo cual provocó que bajara casi hasta la mitad otra vez. Un nuevo pitido se clavó en su mente, acompañado de un “hijodeputa” tan rápido que sonó como una sola palabra. Luego un “cabróóón” con triple acentuación. Este provenía de otra boca. Ahora una mujer increpaba con algo más de educación. “¿Nos hemos dormido, imbécil?”

 La escena que el policía jubilado contempló desde su primer piso se podía resumir en pocas palabras. De los dos carriles, uno estaba ocupado, justo el que servía para girar cuando aparecía el color ámbar. Un viejo Renault 12 amarillo, casi blanco por el paso del tiempo, se había detenido. El conductor estaba medio inclinado hacia la radio y no le interesaba nada de lo exterior. Parecía buscar las emisoras muy despacio.

         -          ¡Desgraciado! ¡Sal de ahí!

             Otro coche giraba en el último momento para cambiar al carril central y sobrepasar al culpable del atasco. El copiloto lo amenazó con el puño en alto mientras surgía del cielo un nuevo grito.

 -          ¡Que alguien llame a la policía!

         Esa voz era reconocible. La vecina de arriba siempre se había llevado mal con él y pretendía molestarlo con aquellas palabras. Entró dentro y se fue a por la ropa. La justa y necesaria para tapar el pijama que no se quitó. Más pitidos le hicieron arrugar el ceño. Había un desquicio en el ambiente que se había colado en su propia casa.

 Bajó las escaleras de dos en dos. Seguía en forma, no había duda, pues tardó poquísimo en alcanzar la calle. Otro claxon con voz aguda e intolerante. Un camión se había quedado atascado e intentaba subirse a la acera mientras esquivaba los pivotes de hierro. Más palabras malsonantes y con una fuerza tremenda. Por suerte, el paso no era para peatones y pocos estaban cerca de allí como para correr peligro.

 El hombre del Renault seguía inmóvil. Menuda sangre fría, pensó el policía. El problema es que ahora debía esperar a que pasara el camión. Más pitidos añadidos.

 -          ¡Desgraciado, mamón, imbécil, hijo de puta, cabrón!

     Todo eso salía de la boca del camionero. Había movido algo el semáforo con el parachoques de delante. Frenó y un silbido escapó por entre las ruedas. El hombre bajó con los puños cerrados. Su furia le encogía los labios y agachaba sus cejas.

 -          ¡Alto ahí! – le gritó con todas sus fuerzas el viejo policía.

         No podía permitir que se cometiera un delito delante de su casa. Corrió hacia él y lo detuvo justo cuando abría la puerta del Renault amarillo. Detrás había ya una fila interminable de pitidos insistentes. Nadie podía moverse ya, ni por un lado, ni por otro. Los pitos de los coches sonaban de forma ininterrumpida.

 -          ¡Soy policía! ¡Apártese!

         Aunque no pudo enseñar una placa, estaba tan acostumbrado a ser lo que había anunciado que el camionero no lo dudó. Este se quitó de en medio para observar con cara de pocos amigos al hombre inclinado sobre la radio. Le insultaría cuando viera su cara. Un bocinazo de autobús sonó a lo lejos. El viejo policía abrió la puerta del Renault amarillo.

 -          ¿Qué sucede? ¿No ve la que ha armado? – le preguntó al conductor que continuaba agachado.

         Un hombre mayor de escaso pelo blanco cayó al suelo al perder el apoyo.

 -          Imbécil, gilipollas, cabrón –añadió el camionero según vio el rostro amarillo del anciano.

-         ¡Dios! ¿No ve que está muerto? Ha fallecido entre insultos –corroboró el viejo policía.

         No hubo ningún silencio ni ningún respeto. Los estruendos de los pitos y bocinas que inundaban ya tres o cuatro calles impedían cualquier recogimiento por el difunto. Aún sonaban insultos entre medias del enorme ruido.

     -          Y digo yo…habrá que quitar el coche para que aparte mi camión. ¿No?

miércoles, 11 de diciembre de 2024


Os dejo un nuevo relato dedicado a los bancarios, que no banqueros.

 
EL BANCO EN TU MÓVIL

“La conectividad es un derecho humano”. Mark Zuckerberg, fundador de Facebook.

 Cuando a Jhon Jeremías Jhonson García le propusieron meterse en la aplicación del banco para móviles, creyó que se trataba de descargársela y hacer una prueba. Siempre había estado dispuesto a todo por mantener su trabajo y aquello no parecía muy complicado. Además, no le llevaría muchas horas de trabajo. Firmó el contrato sin leerlo.

 - Ahora realizaremos la prueba -dijo su jefe mientras doblaba los papeles.

- Como diga, señor director. Nadie me espera en casa.

 Esta frase de subordinación la había espetado tantas veces, que ya le salía como si no fuera él quien la soltaba, sino su yo más humilde y humillado. Salieron los dos, de forma apresurada, para entrar en un salón de actos a rebosar. Nadie quería perderse aquello. Se colocaron en una especie de escenario desmontable para que los vieran bien. El director general se colocó un micrófono inalámbrico en su oreja y comenzó a hablar.

 - Lo primero de todo, dar gracias a la empresa tecnológica Pro-antropos que ha hecho posible esta aplicación de móvil. Se trata de un avance enorme para la atención al cliente de más edad. Estos podrán acceder en cualquier momento y personalizaremos las respuestas para sus dudas. Todo será más humano para ellos. Con esta nueva aplicación -explicaba a todos los altos cargos que allí se habían reunido-, los mayores dejarán de venir a las sucursales. Podremos cerrar todas. Se trata de meter en la aplicación a uno de nuestros empleados, que estará disponible las veinticuatro horas del día. Este será capaz de atender a los posibles problemas de unos mil clientes…esa es nuestra estimación.

         En la pantalla donde se proyectaba la presentación, aparecía la foto de Jhon Jeremías de cuerpo entero. Después, en un pequeño video demostrativo se le realizaba un proceso de deshidratación.

         - Así de sencillo -dictaminó el director general. 

De una puerta blanca salieron dos hombres, también vestidos de blanco, con una especie de bomba de inflar bicicletas, pero que se usaba al revés. Cogieron de los brazos a Jhon Jeremías. Después, le introdujeron varias gomas por todas las aberturas externas de su cuerpo, con mucho pudor, para respetar su intimidad. Una vez unidas aquellas sustractoras a la bomba inversa, comenzaron a sacar todo el aire de su cuerpo. Le succionaron. 

- Esta es la primera fase. Este ejemplar de cajero dejará de necesitar aire para vivir. 

El pobre voluntario no daba crédito a lo que sucedía. Le estaban absorbiendo a toda velocidad. Pensaba que se trataba de usar una aplicación, nada más. No tuvo tiempo de reaccionar cuando se vio muy desmejorado por la succión. 

- Ahora, la deshidratación. Si se hace rápido, a pesar de las altas temperaturas, al hombre no le da tiempo ni a morirse. 

Lo metieron en una cápsula de rayos ultravioletas que lo dejó tan aplastado como una moneda en solo diez segundos. Recogieron del suelo la cinta bidimensional a la que se le había reducido. Parecía un chicle aplastado, pero seco. 

- Ahora se enrolla varias veces y se dobla hasta que alcance el tamaño del icono de una aplicación. Si se hace con cuidado, el rostro quedará ahí, para que todo sea más personal. Después se plancha…-el director ponía palabras al proceso que realizaban los hombres de blanco. 

Todo estaba previsto y el asunto no duró ni 5 minutos. Jhon Jeremías Jhonson García quedó reducido a un pequeño cuadradito de unos pocos píxeles. No pudo decir ni una palabra mientras asistía a su iconización. 

- Y ahora se introduce en el móvil vía cargador- el director general se calló durante unos segundos mientras sujetaba su propio teléfono-…y ahí está. He aquí al hombre dentro. Salude señor Jhonson García.

- Hola. ¿Qué desea señor cliente?

- ¿Tiene alguna duda, nuevo empleado del mes?

. ¿Cómo comeré?

- Tiene al lado una aplicación de supermercado. Compre lo que necesite.

- Vale. Gracias 

Hubo un aplauso general para el Director General. Este sonreía mientras sentenciaba. 

- Otra vez innovando. Las nuevas tecnologías harán más humano nuestro banco y nuestro mundo.