viernes, 26 de junio de 2020

Libros juveniles recomendados para este verano. 2020

Este año vamos por lo que no falla. Libros juveniles de siempre, sin sorpresas. Los libros que han triunfado desde hace tiempo. que no fallan. Al lado, un breve cometario que intenta condensarlo todo, algo imposible.


De libros clásicos 

1.- Vigo es Vivaldi. J. R. Ayllón. Ed. Bruño. Para aprender a querer.

2.- Llora Jerusalén. S. Herraiz. Ed. Bruño. Para ponerse en la piel del otro.

3. Blanca como la nieve, roja como la sangre. Alessandro D´Avenia. Ed. Grijalbo. Aprender a vivir.

4. Mi planta de naranja-lima. J. M. de Vasconcelos. Libros Asteroide. La vida misma

5. El furor de los normandos. M. Luis Sancho. Ed. Palabra. Aventuras bien contadas

6. Un bosque para ti sola. J. C. Romano. Ed. Palabra. Para salir adelante

7. El misterio Velázquez. E. Cansino. Ed. Bruño. Para saber y apreciar el arte.

8. Odisea. Homero. C. Lamb. Adaptación Ed. Gadir. Hay de todo desde hace mucho tiempo.

9. La lección de August. R. J. Palacio. Ed. Nube de tinta. Aceptación y cariño.

10. Kafka y la muñeca viajera. Jordi Sierra i Fabra. Ed. Siruela. Para pensar.

11. La ruta de las estrellas. I. Merino. Ed. Anaya. Un poco de historia aventurera.

12. El superzorro. R. Dahl. Ed. Alfaguara. Buen humor.

13. Dioses, tumbas y sabios, C.W. Ceram. Ed. Aprendizaje selectivo.

14. Cómo escribir realmente mal. Anne Fine. Ed. S.M. Adaptación al cambio.

15. Apareció en mi ventana. Alfredo Gómez Cerdá. Buena comunicación.

Están todos reseñados en este blog.

Que disfrutéis.

martes, 16 de junio de 2020

Comidas con recuerdo XII Las croquetas congeladas y el bacalao a la vizcaína


Si alguien se pregunta si es posible que una zapatilla verde pase a ser naranja para siempre, le puedo contestar sin ninguna duda que eso es posible.

Uno de los peores servicios que te podía tocar era el de cocina. Aquel día por la noche el cabo furrier leyó mi nombre y el de otros de la batería. Por la mañana debíamos acercarnos a la cocina, muy temprano, antes que nadie nos levantaríamos para preparar el desayuno, al servicio de los peores veteranos. Nos colocamos nuestro chándal del ejército y allí entramos todavía cuando era de noche. Comenzamos a comentar entre nosotros los aparatos culinarios, unas cacerolas donde cabíamos por completo, tipo poblado caníbal. Allí movíamos con cucharones también enormes la leche que se iba calentando con ese cacao instantáneo de olor tan característico. La mañana acabó limpiando esas cacerolas, las bandejas, lavando de todo durante unas tres horas. Comenzaba el trabajo de la comida.

Nos ordenaron a unos cuantos descargar un camión que llegaba por la puerta de atrás. Comenzamos a descargar una y otra bandeja de croquetas congeladas. Mi espalda no podía más. Las metíamos en un macro frigorífico y allí fue donde una de las cajas cayó al suelo. Unos palees de madera protegían el suelo y entre sus tablas fueron rodando las croquetas hasta que caían por entre sus ranuras. Quizá el motivo del sobresuelo era la suciedad del de abajo y el ahorro de limpiarlo. Mi compañero, el de la gran hazaña de esparcir no sé cuantas croquetas, me miró con aire interrogativo. Ante la difícil misión de elegir entre un arresto y la futura salud de los demás habitantes de aquel microcosmos, salió ganando la mayor posibilidad de que sucediera lo primero a al menor de que sucediera lo segundo. Nuestros largos dedos fueron atrapando el cuerpo del delito entre las finas ranuras, a toda velocidad. Recogimos las que estaban visibles y la bandeja medio vacía fue a parar debajo de otras tres, ocultando las pruebas. Habíamos salido de ésta, pero aún nos quedaban más pruebas.

Poco después me encontraba repartiendo el bacalao a la vizcaína. Un cazo, dos cazos...no paraban de pasar con sus bandejas. El madrugón comenzaba a afectarme, aún no habíamos comido, nuestro turno era el de después de todos. Un cazo de bacalao falló su destino y cayó en una de mis zapatillas verdes del ejército, de ese verde ejército. Ante mis ojos, cada vez que conseguía mirar hacia esa zapatilla, su color iba variando hacia un naranja que ni siquiera era el color de la salsa del bacalao. Se estaba produciendo un prodigio nuca visto, el color verde del ejército, mezclado con la salsa del bacalao producía un naranja digno de la mezcla de un gran pintor, digno de su paleta. Si a alguien le interesa el dato, nunca fue posible, ni con el mejor detergente, que ese color abandonara mi zapatilla; así, el resto de la mili tuve una zapatilla naranja y otra verde.

Por fin comimos y desgraciado el momento en el que lo hicimos. Cuando creíamos que comenzaba un breve pero fructífero periodo de descanso tras la comida, nos llamaron para la peor de las labores. Debíamos tirar los cubos de basura, grandes y enormes, llenos de bacalao y demás restos de la tropa. Los debíamos cargarlos en los cubos, ni siquiera, gracias a Dios, debíamos descargarlos. Nos organizamos en parejas de trabajo y cada uno agarraba de un asa. Pesaban casi más que el olor que emanaban. Mi compañero de fatigas comenzó a ponerse de un color blanco aguado, en contraste con el negro del cubo. Comenzó al instante a desaguar más bacalao, esta vez por la boca. Yo aguanté algún atisbo de seguir los pasos de mi acompañante. Tuve suerte, sin pareja dejé de cargar, incluso conseguí, casi sin ser visto, alejarme lo suficiente de la escena para no seguir exhalando aquellos vapores mortales.

Aquello acabó cerca de las 12 de la noche, un brigada tuvo compasión de nosotros y nos mandó a dormir, creo que no me quité ni las zapatillas de doble color para meterme en la cama.

martes, 10 de marzo de 2020

Comidas con recuerdo XI


PLATO COMBINADO NÚMERO 7


Durante la mili en Melilla, olvidarse de las comidas caseras de las que disfrutábamos nos llevaba a cenar casi todos los días un bocadillo de la cantina o de las calles de la ciudad. Paseábamos los fines de semana todo el día fuera de nuestro lugar habitual. Buscábamos pequeños paraísos distintos, como si nos dedicáramos al turismo. Allí tomábamos una cerveza en el bar del puerto, en una terraza bajo un sol impreciso en aquella época del año. Visitábamos las viejas murallas y veíamos los viejos cañones que manipularan otras personas hacía ya bastante tiempo. Acudíamos al Parador Nacional a por un café y un servicio limpio con todas las comodidades y accesorios que usábamos de uno en uno. El helado en el pequeño parque de palmeras donde se celebraban las fiestas de Septiembre con sus vinos dulces amontillados.



Nada sin embargo como el plato combinado número 7. siempre el mismo los sábados al mediodía tras el zafarrancho de limpieza de veinte minutos limpiando y dos horas disimulando que se hacía lo ya acabado. El plato consistía en dos huevos fritos con su yema amarilla sin clarear, patatas fritas y salchichas, todo con tomate frito sin limitaciones. Primero los huevos que reventaban alegremente ante el pan que los presionaba, después las salchichas, para acabar con el hambre y por último las patatas alargadas. Todos seguíamos el mismo ritual, como acostumbrados a imitarnos. Charlábamos y desde la parte alta del bar en al que estábamos veíamos a los demás devoradores de platos combinados que intentaban olvidar. Nunca más los volví a probar.

martes, 3 de marzo de 2020

Comidas con recuerdo X

POLLO A LA MORUNA

Las medicinas del ejército lo curan todo, además, en décimas de segundo.

Llevábamos allí, fuera de casa, poco tiempo. Apenas un par de meses. Todavía algunos esperaban contra toda esperanza que sus alegaciones de retorno fueran escuchadas. Las más comunes eran por exceso de peso o por falta de altura. Aquellos vivían sus días paseando por las mañanas hacia el dispensario, donde eran pesados y medidos, y las tardes intentando engordar o recogerse los bajos de los pantalones gigantes de la manera más digna posible. Hasta siete vueltas conseguía uno hacia arriba para rematar el apaño con un imperdible en cada pata. Pretendía no pisar sus propios pantalones al andar. He de reconocer que todos teníamos envidia de ellos, no trabajaban en el cuartel y aún conservaban cierta ilusión por acabar su mili antes de tiempo.

Uno de aquellos con exceso de peso resultaba de trato simpático, rubio y con la cabeza achatada, poco proporcionada con el resto del cuerpo, llegaba al límite de lo permitido, solía sentarse en el comedor y devorar todo lo que pillaba. Yo, lleno de misericordia, le pasaba mis salsas para que terminara con ellas untando todo el pan posible. Antes de terminar de limpiar todos nuestros platos añadía su ya célebre frase. “No sé, pero no lo consigo”.

Una noche, como tantas otras, después de cenar, allí estábamos frente a la batería, en formación, esperando ser contados y repasados por el cabo cuartel. Después nos leía la minuta y los servicios. Allí apareció por primera vez y sin que ninguno de nosotros se percatara el plato que nunca olvidaré: pollo a la moruna, muy típico para recordarnos el lugar donde nos hallábamos.

            Nunca lo había probado y sólo lo volví a hacer en otra ocasión, pasados los años, y por hacer gusto a un gran amigo amante de las lenguas árabes. No estaba malo, la grasa rebosaba por aquellos muslos y caía en grandes gotas sobre el plato, hasta salpicaba el traje militar que absorbía toda la suciedad en cuestión de segundos. Mi amigo el rubio se bebía uno y otro recipiente culinario sin prisas. Pensábamos que de esta no pasaba, sobrepasaría el peso fijado y sería el día siguiente cuando le dijéramos adiós para siempre. La tarde terminó pasando con la instrucción en los cañones, uno de los peores momentos dado el peso de estos y la necesidad de sujetar sus barras enormes antes de que te cayeran en la cabeza en su despliegue, lanzadas por uno de los viejos del de lugar.

Sólo a la mañana siguiente el pollo comenzó a surtir efecto, el estómago no podía más, la formación se fue deshaciendo buscando el baño del fondo de la batería. Corríamos de forma atropellada y por unos momentos no se respetaban ni las más estrictas normas acerca del uso preeminente por parte de los “abuelos”, es decir por los que llevaban más tiempo en el ejército. El sargento intentó poner orden aunque pronto se vio desbordado por los hechos, bastantes nos encontrábamos intoxicados sin remedio. La enfermería se llenó, allí encontré, tumbado en una camilla a mi amigo el rubio, su cara lo decía todo, “maldito pollo a la moruna”. Pronto una ambulancia se lo llevó al hospital. Los demás nos conformamos con unas pastillas que debíamos tomar cada seis horas. La primera la tomé en la litera. Antes sin embargo, de que hiciera efecto, tuve que ir a evacuar lo que ya no quedaba. Ni las circunstancias más adversas cambian las reglas. El cuarto de baño de la batería estaba cerrado, tal era la norma, mientras la instrucción matinal. Tuve que salir a pesar de los consejos de los demás convalecientes. Nadie podía andar por el cuartel a su aire. Conseguí llegar escondido hasta la parte alta de los barracones. Me agaché de dolor y por la necesidad de no ser descubierto más de una vez. Corrí ya sin esperanza de acabar limpiamente mi excursión a través de los antiguos cañones ya inutilizados, el mejor chatarrero hubiera deseado estar allí. Me agaché por última vez y sentí un alivio que bien hubiera valido cualquier arresto. Abandoné el lugar del crimen con más miedo, una vez remediado mi problema. Poco tardé sin embargo en llegar a mi litera y abandonarme en un sueño reparador. A las seis horas, como un reloj, desperté para tomar la segunda pastilla. Así sucesivamente hasta que llegué a la cuarta y decidí leer la composición de aquel elemento soporífero antes de perder la conciencia de nuevo. Sí, aquello consistía en varios elementos que provocaban un sueño ineludible, qué mejor forma para evitar ir al servicio que la falta de entendimiento.

Pasados unos días los convalecientes, reintegrados de nuevo a la vida militar, esperábamos con ansiedad alguna noticia de nuestro amigo el rubio. Estaba con suero en el hospital y tuvo que pasar casi un mes hasta que le vimos el pelo. Allí bajó de la ambulancia un nuevo personaje, estilizado, tan alto como antes. Su peso había bajado increíblemente. Así, no sólo tuvo que terminar el servicio militar completo, sino que además acabó en el cuerpo de zapadores, aquellos que desfilaban elegantemente por delante del resto, moviendo su cetme, haciéndolo bailar sobre sus cabezas. Eran los elegidos por su altura y elegancia. Seguro que su madre estaba muy orgulloso de él. No hay nada como el pollo a la moruna para recuperar la figura.

martes, 18 de febrero de 2020

Comidas con recuerdo IX

LATA DE CALLOS VERSUS LATA DE MELOCOTÓN EN ALMÍBAR



Aquellos días lejos de casa la comida se hacía dura, de otro tipo. Así había nuevas experiencias gustativas de las que ya hablaré o alimentos típicos, sólo cuando tocaba lata o plato combinado número siete los sábados durante el paseo por las calles de Melilla. Las latas eran de gran calidad, verdes por fuera, como casi todo lo que tocábamos y con letras negras casi inapreciables que señalaban la futura degustación. Estos manjares se reservaban para las maniobras y sin duda era el segundo mejor momento del día. El primero sin duda sucedía cuando entrábamos en el saco de la tienda de campaña.



Aquel día de noche cerrada las luces lejanas de los carros no alumbraban ni su propio camino. Nos alejamos a pocos metros para cenar nuestras latas, dos teníamos. El infiernillo para calentar la comida era ciertamente original. Una placa pequeña con cuatro cortes por los que se doblaba. Quedaba así una especie de mínima mesa donde apenas cabía la parte baja de la lata. Debajo del aparato se introducía una pastilla blanca que ardía sin consumirse para calentar la comida. Era fundamental abrir la lata un poco para que no estallara. Si difícil es explicar el proceso, más difícil es llevarlo a cabo a oscuras. Navaja multiusos verde, lata verde con dos pequeñas aberturas laterales, encendido de la pastilla, creo que no las consiguieron verdes a juego con todo, infiernillo montado y a esperar. Todo aderezado con el tiempo escaso, sólo quince minutos para comer. Bien, la lata de callos estaba calentada. Aún me quedaban diez minutos. Acabé de abrir la lata con el maravilloso abrelatas. Metí el tenedor a oscuras y me relamí antes de introducir la preciada carne en mi boca. Un gran trozo de melocotón en almíbar caliente, casi ardiendo reventó en mi boca. Descubrí que me quedaban dos opciones, o comerme el melocotón en almíbar caliente o los callos congelados. Opté por lo primero. Los callos ya me los comería y así los guardé para disfrutarlos en mi casa. Aún hoy me pregunto por qué las latas de melocotón en almíbar verdes son más pequeñas que las latas de callos verdes tan acostumbrados como estamos a que las primeras suelen ser gigantes.

lunes, 10 de febrero de 2020

COMIDAS CON RECUERDO VIII

LA COCA-COLA

Un lujo, eso es lo primero que me viene a la cabeza recordando algunos cumpleaños de amigos infantiles. Eran escasos, claro. Antes no cumplíamos años con tanta frecuencia como ahora, mejor dicho, no se celebraban anualmente. Mucho ánimo económico era necesario por parte de los padres, tanto de los celebrantes como de los invitados, aunque el regalo era algo del todo prescindible. Hasta con cinco grapadoras menudas me junté una vez que mis padres se decidieron a celebrar mi cumpleaños y el de mi hermano a la vez. Ellos tenían suerte pues apenas un año y cinco días nos separaba el tiempo.

Los refrescos eran el plato fuerte. Aquellos gases burbujeantes rozaban nuestros gaznates algún domingo con una Fanta para dos o el día de un cumpleaños. Recuerdo los vasos de plástico de los cumpleaños de mis primos. Tenían, también de plástico y formando parte de la estructura vasal, una pajita mordida por el paso de los niños que conduraba el líquido azucarado de la Coca-Cola. Lo mejor llegaba después, cuando el primero de los expertos en celebraciones iniciaba el rito inexcusable de untar las patatas fritas en el vaso. Las burbujas quedaban adheridas para nuestra mejor observación. Tras el ritual comenzábamos a tirarnos todo aquello que éramos incapaces ya de digerir. Era el anuncio del final de ese cumpleaños y el de los próximos cuatro del pobre celebrante.

lunes, 3 de febrero de 2020

COMIDAS CON RECUERDO VII

LA TORTILLA DE PATATAS



Pocas veces puedo hacer una tortilla de patatas...y me salen bastante bien. El tiempo avanza más deprisa ahora y este nos falta para las dos cosas más esenciales, picar muy pequeñitas las patatas y batir los huevos hasta la extenuación. Mi primera tortilla fue por obligación.

Los antecedentes son muy sencillos, allí estaba yo pasando una época donde el reloj iba despacio, muy despacio, en una ciudad de África montaba goniómetros, cañones, hacía instrucción por la noche...Gracias a una de mis salidas nocturnas oí una de las frases más célebres de la humanidad. “Por la noche se ve menos que por el día”. Creo que nadie escuchaba pues aquel señor pudo seguir hablando sin ningún problema sobre las luces de los coches y cómo había que mirar hacia otro lado para no vislumbrarse. Detrás de una pared de entrenamiento para lanzar granadas fumaba yo un cigarro sin ser visto, por la noche se ve menos que por el día. En fin, comencé a coleccionar maniobras una tras otra e ir de turismo de vez en cuando a Almería. Allí me encontraba cuando pedí permiso para dormir bajo un coche mientras los legionarios daban patadas en la oscuridad. Aquello no sentó bien y al día siguiente me encontraba yo solo tomando una colina cuesta arriba cuesta abajo con al cartuchera, normalmente vacía, llena de piedras. Subía y lanzaba una piedra-granada. Sólo me salvó de aquel momento glorioso y similar a las películas de acción bélica la tortilla de patatas. Sí, yo sabía hacer una tortilla de patatas, al menos se las había visto hacer a mi madre. Bajé la colina, creo que había conseguido tomarla y acabar con el enemigo yo solo, y pedí los elementos indispensables. Alguien me sugirió que hacía falta la sal y abogué por una vida sana para deshacer mi terrible omisión. Tres ayudantes me fueron asignados, una tienda de campaña amplia con cocina de gas, una sartén, aceite, patatas, huevos y....sal, por lo visto a pesar de sus abultados abdómenes todos tenían la tensión en su sitio. Esperaron a la puerta de la tienda sentados y jugando a las cartas, recordando las mejores tortillas de patata que habían comido en su larga vida. ¿Pues qué hacemos tú? Sonaba una y otra vez en mi cabeza mientras intentaba visualizar a mi madre, que estaba a no sé cuantos kilómetros de allí, en la cocina de mi casa pelando patatas en primer lugar. Seguro que luego se deshacían, no importaba cómo las cortaran a continuación. Yo echaba aceite a discreción en la sartén, sólo había dos formas de hacer las cosas en la mili, así, a discreción, o en formación. Personalmente prefería al primera por ser más fácil. Les mandé batir los huevos antes de que me preguntaran aunque no sabía qué era eso. El mandado sí lo sabía, menos mal. Movía la mano a una velocidad increíble, tenía mucho nervio el de Écija. Aquello iba tomando cuerpo cuando alguien pensó que no era necesario freír las patatas pues si no estaría muy duro el resultado final. Que no las muevas, sí a buenas horas. Los picos de las patatas estaban casi quemados, quizá no fue buena idea hacerlas alargadas. Quitamos el aceite, vimos que sobraba al echar algo del huevo batido que se hizo tortilla francesa flotando entre las patatas. Que cuánto queda, el vino los iba alegrando y necesitaban alternarlo con comida. Aplastábamos aquello con ánimo de que fuera un poco más comestible y laxo, al menos blando que no doliera al tragarlo. La presentamos con un trapo en el brazo, allí mandé a otro, que yo no me atrevía. Risas y apuestas a ver quién era capaz de probar el manjar. El hambre hacía milagros, no pasó nada y quizá los divertimos un rato. Podían asegurar que aquella fue la peor tortilla que probaron en su vida, por eso todos cogieron un trozo.