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domingo, 26 de mayo de 2013

La mesa de los cuatro gobernadores

Estoy con un nuevo libro. Es una historia que continua con unos viejos conocidos, Marta, Julio, Adrián y Marcos. Son los protagonistas de La cueva de los Doblones. esta vez, en el mismo marco de Mohedas de la Jara, tendrán que resolver algunos misterios relacionados con La mesa de los cuatro gobernadores. Es una mesa donde, según la leyenda, los gobernadores de Ciudad Real, Toledo, Badajoz y Cáceres podían reunirse y estar sentados cada uno en su territorio. El lugar donde se juntan estas cuatro provincias está en medio del pantano de Cijara. Es una pequeña isla. Como siempre, os dejo el primer capítulo. Es un poquito largo pero espero que os guste.

Viernes 20 de diciembre
1

            A pesar del escaso número de habitantes, en aquel pequeño pueblo de Toledo había varios bares. No serían más de setecientas personas empadronadas, quizás el doble en vacaciones. Lo mejor era que cada tasca se había especializado. Una para los aperitivos, otra ofrecía buen café y mesas para el juego de cartas, otra resultaba mejor por la noche. En una de ellas, solían reunirse los más jóvenes, sobre todo en las vacaciones de Navidad. El resto del tiempo estaba casi abandonada, salvo por unos pocos viejos que no jugaban la partida de cartas al mediodía y preferían beber solos. El sitio recibía el nombre por su dueño: el bar de Abilio.
            Nada más entrar en el local, a mano derecha, había una enorme barra. Todo allí tenía unas dimensiones descomunales aunque solo la atendía un camarero que pocas veces debía estresarse, a pesar de los paseos de un extremo a otro de sus dominios, como un soldado cansado durante la guardia. Después, unas cuantas mesas descolocadas ocupaban la mitad de la gran sala, más bien para no dejarla desierta y deshabitada. En el otro lado, la mesa de ping-pong parecía una mesilla de noche a causa del gran espacio libre que la rodeaba. Ya pegadas a la pared, para esperar el turno del juego, habían puesto unas viejas sillas de madera todas unidas y con el asiento reclinable, pues se usaban en el antiguo cine ya cerrado. Daban un toque de antigüedad.
          
            En este bar se iban a reunir cuatro amigos, al menos en eso habían quedado en los últimos correos intercambiados entre los tres que vivían en Madrid. Al cuarto, llamado Marcos, le avisaría Julio con el viejo sistema de ir a la puerta de su casa y gritar el nombre tres o cuatro veces, pues no tenía internet, ni siquiera intención de convencer a su padre de que era necesario para tener amigos.

Adrián llegó el primero y pasó un mal rato. Se quedó paralizado delante de la barra, como si fuera un conejo deslumbrado por los faros de un coche. De inmediato, con la cabeza agachada, se sentó en un viejo taburete con la espuma asomando entre el escay rajado. Hasta ahora, el joven no solía salir de casa de su abuela pero todo había cambiado el verano anterior. Gracias a su dominio de las nuevas tecnologías y sobre todo al hecho de que las tenía a mano, sus nuevos amigos y él pudieron salir bien parados de una gran aventura, de esas que suceden en las películas. Mientras esperaba, decidió volver su mirada hacia atrás y ver en su cabeza el guión de finales de verano. Se acordó del medallón que encontraron en una tumba abandonada, gracias a un detector de metales, del indio que se quiso hacer con él y del mal momento que vivieron en la cueva de los Doblones. En definitiva, descubrieron un tesoro inca que casi les cuesta la vida. Lo había enterrado allí un indiano.

-          ¿Quieres algo, chaval? –preguntó el camarero con voz ronca.

-          Eh…no –respondió Adrián tras despertar de sus recuerdos-, cuando vengan mis amigos.

Se bajó deprisa del taburete y decidió refugiarse junto a la mesa verde de ping-pong. No había nadie, lo cual le alivió. Sacó su móvil y agachó la cabeza. Durante un tiempo estuvo pasando muy despacio las fotografías. Algunas eran de algún recorte de prensa del verano pasado. Por unos días, habían sido famosos, hasta que comenzó el colegio y cada uno volvió a su rutina habitual.

Se detuvo en una foto del grupo. Él mismo había sido el héroe salvador, pero se sentía mal cuando se veía. Estaba tan gordo… Menos mal que su aspecto físico lo suplía con la inteligencia. Además, la camisa de botones desentonaba hasta el extremo con la ropa que llevaban puesta los demás. Lo peor es que tampoco sabía relacionarse muy bien. Con Marcos y Marta se encontraba más o menos a gusto, mientras que no tragaba a Julio. El asunto era mutuo y eso que se conocían de mucho antes del asunto del medallón.

-          ¿Qué tal, Adrián? – una chica le golpeó con suavidad en el hombro.

Ni se había dado cuenta de que Marta ya había llegado. Se puso de pie y antes de que se incorporara del todo, su amiga le había soltado dos besos en la cara. Ojalá no haya notado el calor de mis mejillas, pensó el joven. Un color rojo hizo que hasta sus labios parecieran blancos.

-          Eh…bien, bien –acertó a decir el joven.

Su vergüenza no le abandonaba nunca, más aún con una chica. Incluso después de haber vivido la aventura del verano. Comenzó a mirar a todas partes. Su deseo: que lleguen enseguida Julio y Marcos. Aquella chica era realmente hermosa. Su figura la formaban unas líneas suaves, sin exageraciones. Ayudaba el tipo de ropa que usaba, siempre un poco más amplio y con colores claros. Así resaltaba su rostro moreno. El pelo lo llevaba muchas veces recogido, una muestra de su cabeza ordenada. Solo se escapaba un mechón, como si fuera la señal de que siempre se lanzaría ante una buena aventura.

Marta se sentó junto a él. Hubo un silencio embarazoso hasta que ella preguntó por los estudios. No había otro tema mejor para Adrián.

-          Como siempre, mucho trabajo –respondió de nuevo con la voz ronca-. Mira estas fotos.

Le dio el móvil a su amiga. Aquello le había salvado al menos para los siguientes minutos. Ella pasó las imágenes despacio. Le encantaba verse y observar hasta el mínimo detalle de los demás: Julio y Marcos. Eran tan diferentes…cada uno con su estilo. Eso le llevaba a disfrutar con ellos. Del primero le gustaba su seguridad y sus ganas de actuar, aunque detestaba que a veces quisiera ser el mejor de una forma evidente. Vestía casi siempre con ropa de marca y a la última. Del segundo se quedaba con su tranquilidad, su raciocinio. Pero que en ocasiones parecía que no tenía sangre. Sus polos eran siempre iguales unos y otros, solo cambiaba el color.

Por eso formaban los cuatro un equipo perfecto, ya que Adrián ponía la tecnología y ella la inteligencia fina, el sexto sentido que hacía falta para rematar los dilemas. También su encanto, por supuesto.

Mientras pensaba todo esto, se colocó el mechón de pelo hacia atrás, acomodándolo en su coleta ya perfecta. Su compañero se quedó con la boca abierta. Tenía una cabellera tan tupida, que le hubiera gustado acariciarla. Le despertó un grito que llegó desde la puerta. Julio los saludaba a voces. No le preocupaba ni lo más mínimo llamar la atención de los demás. Se le notaba contento de verlos, aunque quizás se alegraba más por encontrarse de nuevo con Marta. Tenía también ganas de enseñar a los demás su nuevo regalo de cumpleaños: un móvil aún mejor que el de Adrián.

Marcos entró después. También sonreía pero con más disimulo y en silencio. Venían los dos juntos. Por fin se reunía de nuevo el grupo que resolvió con éxito el misterio de la cueva de los Doblones.

Les encantaría encontrar nuevas aventuras para esas vacaciones, pero lo normal es que no sucediera nada en aquel pueblo perdido de los Montes de Toledo. Eso pensaba sobre todo Adrián. A él no le importaba la tranquilidad y el sosiego. Ya tuvo bastante el verano pasado, aunque sirviera para tener amigos.

-          Mirad las fotos –dijo Marta mientras les pasaba el móvil a Julio y Marcos-. Están chulas.

         Julio cogió el aparato y comenzó a pasarlas de nuevo. Era una forma de romper el hielo tras unos cuantos meses de relación indirecta. Esos meses se habían pasado entre mensajes y correos electrónicos. Ahora, cara a cara, se hacía más difícil.

-          Me las tienes que pasar, Adrián –pidió Julio mientras enseñaba su móvil.

          Había elegido un mal momento para llamar la atención sobre su teléfono. Todos estaban fijos en las fotos, menos Adrián. Ya se las sabía de memoria y observaba a la gente del bar mientras asentía sin prestar atención a lo que le había pedido Julio. La mayoría de los clientes se apelotonaban al lado de una estufa gris repleta de leños, pues hasta allí llegaba el calor. Debían estar sudando.

De vez en cuando se presentaba más gente en el bar. Se abría la puerta y el aire frío de la noche se colaba a toda velocidad. Todos los que llegaban se parecían, sobre todo cuando no se conoce a nadie del pueblo. Sin embargo, hubo dos que llamaron la atención de todos. Tenían un aspecto diferente. Se colocaron separados de la estufa, lo cual les puso casi al lado de los cuatro amigos. Ni siquiera pidieron en la barra, como si pensaran que alguien les iba a servir la bebida.

Había uno más fuerte que hablaba continuamente. Su voz ronca se hacía notar por encima del bullicio, aunque no se entendía nada de lo que decía. Su rostro presentaba señales de la varicela. El pelo rubio y graso indicaba que no era de allí y de ningún otro sitio cercano. Movía las manos al compás que sus palabras, con mucha energía. El otro compañero, más delgado y con cara alargada, asentía de forma automática. Era muy distinto. Tenía la piel morena y las facciones muy marcadas. No tenía  nada de pelo y no era porque se lo hubiera afeitado. Aún así, se le notaba extranjero, pero de un país distinto. Si uno solo bastaba para llamar la atención de los habitantes del pueblo, los dos superaban la imaginación de cualquier mente, incluso la de Marta.

lunes, 15 de octubre de 2012

Tercer capítulo de primeros capítulos y último


          Os dejo el tercer capítulo, aquí podéis leer el segundo y el primero. Creo que un buen día publicaré alguna novela por capítulos en el blog. Porque sí. Sin otro motivo que darme esa alegría. ¿Por qué debemos estar siempre a merced de las editoriales?
 
3 Esto se acabó 

Raspi salió a la calle con un color rojo intenso en sus mejillas. Vio a lo lejos a alguno de sus amigos, pero se hizo el tonto y miró hacia otra parte de inmediato. No tenía un destino seguro y aún quedaban tres horas para la cita. Anduvo por la ciudad hasta que llegó a un parque que tenía al fondo un pequeño lago. Hacía algo más de fresco y se sentó en un banco. Se quedó contemplando a los niños que jugaban sin preocupaciones. Le asaltaron sus recuerdos más felices. Pero había pasado mucho tiempo. La campana de un reloj dio dos toques. Se apresuró a volver al instituto, se había alejado bastante. 

En la puerta se encontró a su madre. También su rostro estaba marcado por el calor y el cansancio. Parecía que en unos meses se le habían escapado unos cuantos años. Raspi pensó que incluso ahora era más baja. Estaba doblada por las circunstancias.


-          ¿Qué pasa?

-          No sé, serán las notas.

-          A ver.

 El joven le acercó el papel arrugado y sudoroso. Ella lo desplegó con las manos temblorosas. Su labio lo dijo todo. Después, le soltó un guantazo, el primero que recibió en su vida.

 -          Esto se acabó.
 
Le cogió del brazo y entró con él en dirección a su aula. Allí esperaba el tutor. Con un gesto les pidió que se sentaran. Luego comenzó a hablar muy despacio. Raspi no se enteró de nada. Apretaba los dientes con fuerza e intentaba borrar de su cara el golpe de su madre.

 

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El recuerdo de aquel tortazo le hizo desfallecer de nuevo. Tenía las piernas cargadas, como aquel día que decidió correr diez kilómetros por una estúpida apuesta. Se quitó un guante y buscó con un gran esfuerzo en su bolsillo. Los dedos no le respondían y parecían una masa uniforme de más nieve. Como si no fueran suyos. Palpó la caja de cerillas. Estaba seguro de que las había cogido. Por un segundo, notó el fuego en su interior. Tenía que recoger ramas, pero en el suelo no veía ni una. Si tuviera allí el hacha de su abuelo. Buscó con la mirada algún árbol más pequeño. Un pino muy endeble le ofrecía sus escasas carnes a pocos metros. Se acercó con fuerzas renovadas. La idea de hacer una fogata le reconfortaba.

 
Le dio una patada al arbolillo y lo primero que cedió fue la nieve helada. Se le pintó la bota de blanco. La sacudió y siguió con sus porrazos. El dolor no le impidió continuar. Por fin, se dobló lo suficiente como para subirse encima. Los dos se pegaron un golpe tremendo, uno encima del otro. Al menos vio que estaba prácticamente seco, aquello servía más para sus propósitos.

miércoles, 3 de octubre de 2012

Segundo capítulo de primeros capítulos


Os dejo el segundo capítulo, pues alguno me lo habéis pedido. El primero lo podéis leer aquí.
2 Las últimas notas

            Raspi seguía tumbado sobre la nieve helada y recordaba el calor de aquel día de verano no había ido ni una sola vez a la piscina. Todo el tiempo lo había pasado delante de un libro, intentando evadirse para evitar el aburrimiento. El resumen era muy sencillo: sudor, malas caras y horas perdidas. Sus amigos desistieron de llamarle tras la primera semana de las vacaciones. Aquella vez el castigo iba en serio. El ordenador no tenía teclado y el móvil estaba sin saldo.

- No puedo mantenerte a la sopa boba –decía una y otra vez su madre-. Es tu última oportunidad, si no estudias, a trabajar.

Desde que su padre se había ido de casa, tras los gritos acostumbrados, el silencio más horrible se adueñó de la casa. Por eso había decidido abandonar. ¿Para qué iba a esforzarse? Durante años, se había dedicado a quitarse de en medio, a no ser un problema añadido. Estudiaba, ayudaba en casa, tenía su habitación para enmarcar. Sin embargo, no sirvió para nada. Su padre ya no estaba y él deseaba seguir sus pasos, pues su madre lloraba continuamente. Se quejaba a cada instante. ¿Pero acaso ellos habían hecho algo para que no sucediera aquello?

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El joven intentó continuar con su caminata. Se abrazó al ancho tronco del abeto y sintió la rugosidad de su corteza en el único trozo de cara que asomaba tras el buzo de lana. El frío le llegaba hasta el corazón y este latía muy despacio.

Se incorporó. Movió todos los músculos de su cuerpo para desentumecerse. Se frotó las orejas. El dolor acabaría por despertarlo. Continuó con su marcha infernal. Ahora empezaba lo peor, la ascensión hasta el paso del Rebollal.

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Aunque aquel cinco de septiembre fue un día horrible, no le hubiera importado sentir aquel calor sofocante. Sobre todo el que quemó su cara cuando se sentó frente a su tutor. Aquel hombre alto, canoso y tranquilo estaba realmente decepcionado, pues las notas que le entregó eran las mismas que en junio. No había recuperado ni una asignatura.

- Tendré que hablar con tus padres.
- Será con mi madre.
- ¿Y eso?
- Mi padre se fue.

El profesor llevaba muchos años en aquel trabajo, aún así arrugó el ceño y de sus ojos se escapó el brillo de la compasión. Se puso en pie para tranquilizarse. A pesar del calor, vestía con unos pantalones azules y una camisa impecablemente planchada de manga larga. Se tocó el pelo espeso y blanco de su cabeza y comenzó a pasear de un lado a otro, con pequeños recorridos.

- Llama a tu madre, haz el favor –dijo con voz suave.
- No tengo saldo en el móvil.
- Pues dime el número.

Concertaron una cita para el mediodía, cuando la madre de Raspi hubiera acabado de trabajar. Cuando colgó, el tutor estaba arrepentido. Muy mala hora con calor y hambre, pero no había más posibilidades.

- Quédate por aquí esperando. Quiero que estés tú también – dijo a Raspi con aquella voz que mandaba sin mandar.

El chico abandonó la clase, aquel lugar donde había pasado la mayor parte de su tiempo en el último año. Aún quedaban algunos posters pegados en las paredes con miles de grapas. En la pizarra había un aviso escrito con una caligrafía perfecta:

“Los alumnos que hayan aprobado todo el curso, deberán ir a secretaría para abonar las tasas de solicitud del título de secundaria”

Aquello no iba con él. Había pasado de unas notas aceptables a cero total en solo cinco meses. Se rascó al cabeza. A pesar de que se había cortado el pelo más que nunca en señal también de protesta, las gotas de sudor corrían por allí como manantiales, hasta llegar a la punta de su nariz.

- Yo me voy –se dijo a sí mismo mientras pasaba a toda velocidad por el largo pasillo del instituto.

martes, 25 de septiembre de 2012

Primeros capítulos

He descubierto con sorpresa, quizás porque la memoria del hombre es limitada, que tengo algunas novelas empezadas y sin acabar. Los motivos son muy diversos y de alguna casi ni me acordaba. Han pasado unos años. Os voy a ir dejando primeros capítulos. me gustaría que algún día estos personajes volvieran a nacer, pero también el tiempo del hombre es limitado. El mío cada vez más.
Os dejo el primer capítulo de una novela sin título, aunque el archivo se llama "el abuelo solitario". Claramente no es definitivo.


1 En busca de ayuda.

Aquel invierno en el valle fue el peor de los últimos cincuenta años, aunque solo una persona podría atestiguarlo. Desde hacía cinco días la nieve había caído en tromba, como si el cielo hubiera decidido descargar todo lo que tenía guardado para los próximos meses en una sola entrega. Y ya había parado, pero el cielo raso de la noche anterior congeló la capa blanca hasta convertirlo todo en un paisaje inanimado, donde ni una sola ráfaga de viento corría entre los pinos helados. Parecía un cuadro inmóvil, una instantánea muerta de un solo color.

Ahora, la luna mandaba sus reflejos y todo resplandecía. Cualquiera pagaría una fortuna por ver aquel espectáculo desde los aires, sin embargo, Raspi no. Era un bulto negro que avanzaba a duras penas, envuelto con siete capas de ropa y una manta. La temperatura había descendido y se sentía como en el interior de un congelador. Los dedos de los pies le dolían y ni siquiera el consuelo de que así fuera, pues eso significaba que aún no se habían congelado, le consolaba. Aquel chico era el único ser que se movía sobre la capa de hielo. Una pierna seguía a la otra en un movimiento rítmico y torpe. El suelo apenas se hundía y chirriaba a cada paso. Solo su voluntad le hacía continuar, pues un sueño acogedor le adormecía mientras le intentaba convencer para que abandonara. Podría descansar unos minutos, solo eso, bajo la sombra de un nogal. Incluso podría hacer un hermoso fuego y dormir unas horas.

El joven se golpeó con los guantes en la cabeza. Lo hizo con fuerza. La sangra le volvió a llegar hasta la punta de los dedos.

-          ¡Tengo que seguir! –gritó con fuerza.

En el colegio había oído, en las escasas ocasiones que escuchaba, una pregunta estúpida del profesor de Ética. Si un árbol cae en un bosque y no hay nadie que lo escuche, ¿produce ruido? Ahora pensó que no, pues hasta él dudaba de haber escuchado su propio alarido.

Se frotó los ojos e intentó acelerar el ritmo. A esa velocidad, no llegaría a la pequeña ciudad que había tras el gran pico ni al alba y debía conseguirlo. Ya llegaba cuatro horas caminando entre el frío y al nieve. Solo había descansado veinte minutos en la aldea. Lo justo para escaparse de allí.

Cayó al suelo. Esta vez se deslizó unos metros por una pendiente hasta tropezar con un enorme abeto. Había pocos, pero enormes. Algunos mechones de nieve helada cayeron de punta muy cerca de él. Quedó tumbado, sin fuerzas. Por unos instantes se rindió. A su mente congelada llegaron los recuerdos de aquellos últimos meses. Por primera vez había vivido, había sentido, se había despertado del letargo de sus dieciséis años anteriores.

La página de un calendario voló por el interior de su cabeza. Una fecha estaba señalada en rojo. Era el cinco de septiembre. Aquel día amaneció más caluroso aún. El sol llevaba ya dos horas calentando el aire de la ciudad. No había tregua para un verano que se alargaba sin esperanza

martes, 3 de julio de 2012

Soy Pedro y no tengo móvil

Hay libros que comienzas en un momento de ¿pasión? y que después continúas por devoción, aunque siempre procuras que salga lo mejor posible. Tendré que repasarlo bastante, pero me gusta. Os dejo el primer capítulo, a ver qué os parece. No os digo más, pues el título aclara bastante.

1 ¿Quién soy?

 -          Voy a tardar bastante en explicarme, te voy avisando.

-          No importa. Empieza por el principio.

-          Vale, pues ahí va.


Así comenzó mi historia: soy Pedro, estudio primero de secundaria y no tengo móvil. Es verdad, aunque te parezca mentira. Pero más increíble es lo que sucedió este año. Te lo contaré despacio, para que te enteres bien y en orden, por supuesto. Ahora soy feliz, antes no tanto. Como sabes, si no tienes Twenty, Facebook o Washap, no eres nadie en este mundo. Pues esa sensación tenía yo. Hoy en día, en el colegio, vales tanto como tu teléfono, las películas de estreno que veas y las aplicaciones que sepas utilizar. Es decir, yo igual a cero.


Tras las largas vacaciones, después de acabar Primaria, podéis imaginar cuál fue el regalo sorpresa de mis amigos de siempre, Sandra, Michu y Calpe. A partir de entonces, solo sabían hablar y hablar de los chat, de los twiters e incluso de la música que se bajaban. Yo me quedaba solo, aparte, y mi única esperanza residía en que algún profesor avispado les quitara el aparatito. Nunca sucedía. Y eso que Calpe lo tiraba al suelo en el vestuario cuando pasaban los demás. Así se lo veían. Función táctil y no sé qué cosas más, yo no entiendo mucho.
 

Él era el más decidido, a para algunas cosas. Alto y fuerte, controlaba la clase como una torre de vigilancia. Creo que le gustaba Sandra. Algo normal, pues su pelo rubio, el rostro proporcionado y sobre todo su inteligencia no pasaban desapercibidos. En cuanto a Michu, su estatura era incluso inferior a la mía. Aún le quedaban algunos veranos para crecer en todos los sentidos. Con esta gente y en este ambiente me movía yo a diario.

Mientras, yo estudiaba, leía libros y a veces me aburría en casa. Sí. Por la tarde, ellos se intercambiaban mensajes para poder comentarlos al día siguiente. ¡Qué divertido! Menos mal que jugábamos en el recreo de la mañana y el mediodía a la “peste”, una especie de “tú la llevas”


Mi padre siempre me había dicho que el móvil atonta, pero no se hacía una idea de hasta qué punto. Sobre todo acaba con la imaginación. Quizás por eso soy un bicho raro. Bueno, se me olvidaba un último ingrediente. Tengo cuatro hermanas pequeñas, lo cual remata la jugada.
 

Después de todo esto, puedes juzgar que no era de los más populares del colegio. Empollón, sin dinero y sin móvil. Todo empezó así.

lunes, 2 de abril de 2012

Primer capítulo de El gran prado de la codorniz

Os dejo el primer capítulo de la última novela que he escrito para lectores de 10 años en adelante. El tema prinicpal es la seguridad frente a la libertad. El riesgo por obtener algo mejor ante la duda de quedarse con lo que se tiene. Os gustará, aunque aún queda pulirla, mndarla a una editorial y que esta se decida a publicarla.

1.- La mejor casa

Aquel lugar era perfecto para las codornices. En invierno, su amo cubría el suelo de paja y el calor brotaba de las briznas, como si fuera la mejor calefacción. Además, al mediodía, por entre las maderas que cubrían la única ventana, entraban los rayos del sol para posarse despacio en la pared de enfrente. Allí, se reunían los pequeños animales y sesteaban en completo silencio. La comida y el agua nunca faltaban. El hombre rellenaba con sumo cuidado dos contenedores verdes tras limpiarlos con la sucia manga de su camisa azul. Pero eso sucedía en el peor momento del día.

Primero, sonaban unos pasos lejanos sobre una escalera metálica de color verde que terminaba en la sala. Un golpe y el posterior chirrido del cerrojo de la puerta gris, ponía en tensión a las aves. Sabían que venía el trigo, pero el golpe de viento que entraba a la vez, hacía que sus plumas revolotearan, también la paja. Entonces, el frío se apoderaba de sus finos huesos y corrían despavoridas de un lugar a otro. Algunas elevaban su medio vuelo e incluso se estampaban contra la pared.
         
          Así le sucedió a Elisa, la más joven de todas. Nunca se había elevado del suelo, pero aquella vez, impulsada por el instinto y el movimiento de sus alas blancas, despegó sin control hasta chocar con las maderas de la ventana. Aquello no pasó desapercibido para su amo. Cerró la puerta tras de sí y, después de colocar la comida y el agua, comenzó a perseguir a la codorniz voladora. El corazón del ave palpitaba hasta en su cabeza. La sangre le hervía en los pulmones.

 -          Tengo que parar- se dijo a sí misma.

 No podía más. Se acurrucó en una esquina, hundió su pico en el cuello y ahuecó las alas. Pensó en el gran prado de las codornices. Le habían hablado de él, era donde iban cuando la muerte les llegaba, pero aún era joven. Ni siquiera había puesto un solo huevo. Temió lo peor.

El hombre la cogió con suavidad. La palma de la mano izquierda apretaba el pecho de Elisa y dejaba las alas por fuera. Después, sacó de su bolsillo una pequeña navaja y comenzó a cortar las plumas más largas.


-          Hay que cortar tus vuelos, pequeñina. No te querrás escapar con el frío que hace fuera.

 Apenas notó dolor, pero enseguida se dio cuenta de que algo le faltaba. No supo ponerle nombre a aquella sensación. Era igual que si volviera a ser pequeña, recién nacida. Miró al resto de sus hermanas, las codornices blancas. Todas asintieron. Aquel rito formaba parte del precio por la comida y la bebida, por la habitación perfecta, por la vida sedentaria y alejada de peligros.


Elisa se dio cuenta de que la presión sobre su cuerpo disminuía. La mano ruda y agrietada la depositaba en el suelo poco a poco. Saltó antes de rozarlo y salió corriendo. La paja seguiría bajo sus patas durante un tiempo, hasta que sufriera una nueva poda de sus alas. Se unió al grupo que permanecía inmóvil en el rincón más lejano y frotó sus plumas con las de sus amigas. Pero aún no se sintió bien. Ni siquiera cuando el hombre se marchó, alejándose con él los ruidos metálicos, y pudo comer del trigo hasta llenar su buche. En el suelo había quedado una hoja de calendario que había caído del bolsillo del amo. Tenía una bella foto de una montaña nevada. Debajo, indicaba el mes que había acabado, noviembre.


Por la noche, todas las codornices blancas se juntaron para dormir. Sus plumajes blancos con minúsculas manchas grises y negras formaban un amasijo uniforme, similar a un enorme ovillo de lana. Entonces, la más vieja de todas comenzaba a contar la misma historia.


-          Cuando no pongamos ya ningún huevo y nuestro cuerpo esté endurecido por los años, el hombre vendrá a por nosotras e iremos al gran prado de la codorniz –hizo una pequeña reverencia al nombrarlo-. Allí, comeremos y volaremos sin temor, pues no hay otro animal distinto a nosotras.

-          ¿Ni siquiera el águila? –preguntó la que estaba junto a Elisa.

-          ¿Qué es eso? –dijo otra muy joven.


La vieja codorniz tosió para inflar su pecho. Después, extendió sus alas recortadas y levantó su cuello. Con el pico abierto todo lo que podía, respondió.


-          Aparece desde lo alto del cielo, con el mismo aspecto que yo, pero mucho más enorme, gigante. Te agarra con sus fuertes patas y te destroza con sus garras.


Los rayos de la luna que entraban por la madera de la ventana proyectaban la sombra de la narradora en la pared. La negra silueta allí marcada no podía ser más aterradora y algunas codornices agacharon su cabeza. No querían mirar.

-          Menos mal que vivimos aquí –intervino Elisa.

Aquella apreciación tranquilizó a sus hermanas. De otra forma, no hubieran podido dormir en toda la noche. Poco a poco, fueron cerrando sus ojos negros mientras el sueño las apresaba. Alguna se movió más que nunca, ajetreada por las peores pesadillas. Elisa soñó que volaba con unas enormes alas desde la ventana hasta la pared de enfrente.

viernes, 28 de octubre de 2011

Un bosque para tí sola

Sí, este es el título de la nueva novela que estoy escribiendo. Se sale de lo que he hecho hasta ahora, pero disfruto igualmente. Quizás se puede catalogar en novela intimista con trama amorosa y superación de graves problemas. No sé, suena bien, pero no me gusta nombrar a las novelas mediante apellidos. Tienen un nombre, como tus amigos o tus hijos, nada más. Os voy a dejar el primer capítulo, como os prometí. Está sin pulir, pero me gustaría conocer vuestra opinión.

Aquella tarde de julio en Madrid, el calor insoportable rebotaba en el asfalto y ascendía por el aire creando imágenes borrosas. Un coche negro tipo deportivo escapaba de dejar pegados en el suelo las gomas de sus neumáticos a una velocidad excesiva, confiado en que a esa hora nadie se atreviera a salir a la calle. Pero se equivocaba.

En una carretera estrecha, camino de un parque solitario, marchaba una niña de unos siete años junto con su padre. Ella lloraba con ansiedad. Necesitaba recuperar cuanto antes la muñeca que había perdido por la mañana. Las lágrimas ahogaban de vez en cuando sus gritos molestos.

-         No llores más, Alejandra. Enseguida la cogemos y volvemos a casa –dijo su acompañante con impaciencia-. Venga, cruza ya.

La pequeña se había retrasado unos metros y seguía a su padre tan rápido como podía. Fue entonces cuando el coche negro giró en la curva que había antes del paso de cebra. Las ruedas chirriaron. Si Alejandra no se hubiera caído, no habría pasado nada. Tenía tiempo de sobra, pero su rodilla derecha se dobló, como si fuera de cartón. A cámara lenta, el coche arrolló a la niña entre el ruido de un frenazo y los gritos desesperados de su padre. Ella no dijo nada. Solo pudo fijarse en el rostro lleno de terror del conductor. Después, se vio envuelta en cristales que volaban por el aire ardiente del mes de julio junto a su cuerpo dolorido. El color negro se adueñó de su mente.

El padre de Alejandra se quedó inmóvil. Por primera vez no sabía qué hacer. Sus manos se habían agarrotado y su mente ennegrecido. Solo veía el coche que huía cada vez más veloz. Pasó casi un minuto para que buscara el móvil. Sin apenas mirar a su hija, tendida en el suelo, pudo marcar las teclas necesarias para hablar con su mujer.

-         ¡Llama a una ambulancia! –le gritaron al otro lado del teléfono tras su explicación entrecortada.

Aquella voz lo despertó y por fin se acercó a su hija. No quería ver la sangre, no quería saber si estaba muerta, no quería nada. Se sentía como un cadáver sin cabeza. Un sentimiento de culpabilidad se agarró a su nuca. Iba a perder la conciencia.

-         ¿La ha tocado? –le dijo alguien vestido de blanco.

-         No. –Contestó desde su mundo.

-         Mejor.

Tras colocar un arnés alrededor del pequeño cuerpo, la subieron a una ambulancia. Alguien le empujó a él dentro de la ambulancia, contra su voluntad. Deseaba salir corriendo, escapar, huir del dolor y de aquellas luces naranjas.

A veces, Alejandra escuchaba entre sueños la sirena. Llevaba un plástico en la nariz y la boca le sabía a sangre. Apenas podía respirar. Pudo ver el rostro de su padre. Le pareció apenas reconocible, como si un montón de años le hubieran caído encima. Lloraba mientras hablaba por el teléfono móvil. Puso la mano sobre su frente. Las luces del interior se diluyeron. Ella perdió el conocimiento de nuevo. Ya no despertaría hasta el día siguiente.

Por un instante, la habitación blanca del hospital le pareció el cielo. Este pensamiento se diluyó al instante cuando sobre su cuerpo se inclinó un hombre con una bata verde. En su cabeza había una especie de gorro del mismo color.

-         ¿Puedes oírme, Alejandra?

La niña intentó mover el cuello para asentir, pues la garganta le avisó enseguida de que no podía hablar. Tampoco su cabeza le respondió. Un armazón de hierro que le cubría casi todo el cuerpo impedía cualquier movimiento. Cerró los ojos de forma pausada para dar a entender que allí estaba, sí, que no estaba en el más allá.

Su madre, Esperanza, se asomó y entró en su escaso campo de visión. No quería llorar, pero las lágrimas asaltaron sus mejillas en unos segundos. Se puso la mano en la cara desencajada por el dolor y se quitó de en medio. Un brazo la agarró por los hombros y la apartó.

Alejandra miraba con asombro la escena. Su padre apareció también y le dio un beso en la frente. ¿Dónde estaba su muñeca? No tenía fuerzas para preguntarlo. La niña decidió hacerse la dormida. No soportaba la escena. También sus ojos se humedecieron igual que sus labios cuando bebía de la fuente del colegio.

-         ¿No hay ninguna esperanza de que vuelva a andar? –preguntó su padre al médico.

-         Creo que no. La vértebra que se ha roto lo hace imposible. Solo un milagro cambiaría la situación- el doctor permaneció un instante en silencio antes de continuar-. Esto es muy duro, pero sepan que ustedes deben mostrarse alegres delante de ella. Si no son capaces, mejor que se salgan de la habitación.

La madre de Alejandra miró a aquel desconocido que de repente aparecía en su vida como alguien importante. Ya nada sería igual, pensó durante un segundo. Decidió irse al pasillo y llorar durante horas. Después, ya no lo haría más. Se hizo esa promesa. Después, sacó de su bolso la última redacción de su hija. La guardaba con mucho cuidado, pues le había encantado. La desdobló y comenzó a leerla en silencio. Prácticamente se la sabía de memoria.

“Mi familia.

Mi nombre es Alejandra, y vivo en una casa estupenda, aunque pequeña. No necesitamos más, pues somos tres. Mi padre, mi madre y yo, que tengo siete años ya. Mi padre es alto, delgado y le gusta jugar conmigo. Tiene el pelo moreno y muchísimo. Lo que pasa es que a veces trabaja en casa con su ordenador. Pone muchos números en fila y como se salte uno se pone muy nervioso y nos manda callar. Mi madre es muy guapa, yo me parezco a ella. Las dos tenemos el pelo rubio y rizado. Nos encanta ponernos delante del espejo, las dos juntas y peinarnos una y otra vez. Ella trabaja, pero menos, así puede llevarme y recogerme del colegio. Me da así tres besos al día. Cuando vamos, cuando volvemos y al irme a acostar. Yo estoy muy contenta de los padres que tengo. Además, casi nunca nos pasan cosas malas. Cuando hay cumpleaños nos reímos mucho y vienen mis abuelos a comer tarta. Se me olvidaba, en mi familia también está mi muñeca de trapo. Duermo con ella y le cuento todo lo que quiero. Ella se llama María.

lunes, 20 de junio de 2011

Primer capítulo de Los guardianes de los sueños






Os dejo el primer capítulo de Los guardianes de los sueños. Me sirve para animarme, pues estoy llegando al final y la cuesta se ha empinado. A veces, la mano corre por el teclado, otras veces, como ahora, el dedo lo golpea tecla a tecla.


Capítulo I

Francis se disponía a entrar en casa armado con el paraguas. Para él, se trataba de una gran espada de hoja finísima. En la otra mano sostenía la mochila, su mejor escudo ante los posibles ataques. Su mente se encontraba en tensión. No le cogerían desprevenido. Si la visión de la otra noche no fue solo un sueño, como a veces deseaba pensar, necesitaba tomar las precauciones necesarias.

Abrió la puerta con la llave, muy despacio. Intentaba hacer el menor ruido posible. Las bisagras oxidadas le delataron.

- ¡Buenas tardes! –gritó su madre desde la cocina. Su voz se diluía ante el estridente sonido de la Termomix.

Otra vez puré, pensó el joven. En quince años no se había acostumbrado ni al olor ni al sabor. Un aroma empalagoso y caliente envolvía el aire de la casa.

- Hola, mamá.

En unos segundos atravesó el pasillo. A lo lejos, oyó a su madre preguntando por las clases. Mejor no hablar, pensó Francis. Sus compañeros le tachaban de infantil. Si supieran ellos lo que sucedió en su habitación la última noche... Pero no pensaba contárselo a nadie. Ni siquiera a Alba, quizá la única que se acercaba a él en los recreos.

De nuevo se encontró ante otra puerta. Abrió deprisa. Por un instante había olvidado las precauciones. Aunque aún llevaba encima el paraguas, este apuntaba hacia el suelo y la mochila ya volaba por los aires hacia su escritorio, gesto que utilizaba para mostrar su cansancio.

Fue en ese momento cuando apareció la avispa. Francis intentó golpearla con su paraguas. Difícil acertarla en pleno vuelo. Abrió la ventana y quiso llevarla hasta allí. Nada. No hubo forma.

Comenzó a atacarle y tuvo que coger de nuevo la mochila. El escudo lo protegió del primer ataque. No así del segundo. Sintió que su mejilla ardía. Imposible. La avispa cada vez adquiría un tamaño mayor. Si seguía creciendo alcanzaría las dimensiones de un gorrión en escasos segundos.

Un movimiento de su improvisada espada barrió la estantería. Los libros arrastraron la hucha de cerámica con forma de vaca y estalló en mil pedazos contra el suelo. Las monedas rodaron por el suelo del parquet de toda la habitación. Algunas se refugiaron bajo la cama nido.

La vista no le engañaba. Se enfrentaba a un dragón del tamaño de una urraca. Su enemigo lanzó una pequeña llamarada para confirmarlo, igual que si fuera un mechero. Los dibujos que Francis tenía sobre su mesa comenzaron a arder. El aviso que había recibido aquella noche se cumplía. Su misión ahora tenía sentido. Dejó de sentirse como un niño. El paraguas buscaba dar un golpe fatídico a aquella terrible bestia. Falló. Se agachó a tiempo para evitar el fuego del dragón. La mochila recibió el impacto y se ennegreció por el fogonazo.

Sus últimas dudas se desvanecieron. En su mano derecha sintió un mayor peso. Una espada de hierro brillaba ante los rayos de sol que entraban por la ventana. Amagó con su escudo, azul como el mar, hacia la derecha.

Ante el movimiento del dragón para evitar el golpe, Francis aprovechó para hacer girar su arma describiendo un semicírculo. El filo aguzado cortó en dos a la fiera. En ese momento, su tamaño alcanzaba al de un conejo. La bestia aún se retorció en el suelo. La cola lo golpeaba una y otra vez. Por fin cesó. Un charco verde consumía el parquet. Dejaba un filo de humo que ascendía lentamente, como los restos de un gran incendio controlado.

La termomix cesó en su ruido estridente. Fue entonces cuando Francis reparó en el desastre de su habitación. Los libros ofrecían sus páginas dañadas hacia el techo de la estancia. Los restos de la hucha se mezclaban con ellos. Las monedas también. El joven intentó amontonarlo todo con su espada. El escudo le servía de recogedor. Intentaba hacerlo guardando el mayor silencio posible.

A pesar de sus cuidados, oyó los pasos de su madre aproximándose por el pasillo. Venía murmurando algunas palabras. Pronto abriría la puerta. El pomo comenzó a girar. No había forma de evitar que descubriera aquella catástrofe. Francis se situó detrás de la puerta para tapar con su cuerpo la mayor parte de la habitación.

- ¿Qué haces, hijo? Espero que hayas empezado ya con los deberes.
- Sí, no te preocupes.

Su madre se puso de puntillas para alcanzar con su vista el escritorio. Vio un libro sobre él, abierto y con un bolígrafo entre sus páginas.

Francis levantó la mano con el ánimo de cubrir más la habitación. El paraguas casi golpea la cabeza de su madre.

- ¿Qué haces con eso en la mano? ¿No sabes dónde está el paragüero?

Francis no podía creérselo, su espada se había transformado de nuevo.

- Déjame pasar, anda, que tengo que sacar la ropa que hay sobre tu cama.

El joven se retiró. Había fracasado. Agachó la cabeza en un último intento de encubrir lo que allí había sucedido.

- Así me gusta que esté tu habitación. Ordenada.

Francis vio con asombro que allí no había sucedido nada, que todo se encontraba en su lugar. La hucha estaba intacta. En el suelo de parquet sólo vio la mochila.

- Mi tiempo me lleva tenerla tan bien, mamá.

Su madre se fue otra vez a la cocina. El chico decidió tumbarse en la cama. Debía ordenar sus ideas. Miles de dudas habían surgido de nuevo en su cabeza.

sábado, 28 de agosto de 2010

Hace tiempo


Hace tiempo que no escribo en el blog, el verano y la usencia de nuevas tecnologías en los viejos sitios que frecuento. Os puedo dejar, hoy que es mi cumpleaños, una novela que he comenzado. Espero que llegue a buen puerto.



1

- Puede ser la solución, es más, no veo otra – Juan daba vueltas por el salón sin ninguna dirección, ni siquiera iba y venía por los mismos pasos, sólo se movía.

Su mujer, Ana, permanecía sentada. Su rostro agachado observaba el roto de un calcetín de su hijo. Recogió del cesto de la costura una especie de huevo de plástico y lo introdujo dentro. Pensaba, sí, daba muchas vueltas en su cabeza. Necesitaba otra salida. No podía soportar el regreso tras tantos años.

- No llegamos ni a pasado mañana. Debemos hasta el pan que compramos cada día. Y no sale nada. Maldita crisis. Esto no se mueve. Vendemos el piso, nos vamos al pueblo. No hay más que decir… -miró la reacción de Ana ante su afirmación categórica, lloraba -. Yo tampoco lo deseo. No sé si aguantaré el trabajo de un pueblo, las ovejas… no recuerdo nada de cuando ayudaba a mi padre.

Ana tiró el calcetín y el huevo al cesto. Se pinchó con la aguja y se chupó el dedo. Aquello frenó la reacción que se avecinaba. Aún así gritó.

- Sabes que lo peor no es eso. ¿Otra vez soportaremos los desprecios, la guerra fría, las malas miradas? Han pasado un millón de años y aún continúan con sus tonterías…-se echó las manos a la cara- Creía que lo habíamos dejado atrás para siempre.

Juan se acercó hasta ella. Por fin tenía algo que hacer, y lo agradeció. Le pasó los brazos por encima de los hombros. Le acarició la frente. Permaneció en silencio durante un tiempo. Conocía a su mujer y sabía que era mejor.

Aquel momento de mutismo puso sin embargo nervioso a Juan Pablo. Escuchaba a sus padres desde la habitación. Para él, la conversación le resultaba de lo más asombroso. Como si se tratara de una película. Hasta entonces, había vivido en una especie de burbuja de protección. Sí, su padre se había quedado en paro, pero también otros de sus amigos le habían contado situaciones similares y el mundo seguía girando, sobre todo el suyo. La ciudad le pertenecía. Cada vez más, se sentía el dueño de su instituto, de su barrio, de las noches de fiestas y movidas.

Se disponía a cerrar la puerta de su habitación cuando escuchó su nombre en labios de su madre. Se quedó parado, aguantó la respiración para no perder una sola palabra.

- ¿Y Juan Pablo? ¿Qué? Tendrá que continuar estudiando, digo yo.
- Por supuesto, aunque no es que lo haga mucho – contestó su padre con cierto desdén, las malas notas no le convencían ni lo más mínimo – Podrá ir al instituto de Talavera. Hay sólo cuarenta minutos. Después del verano empezará. Es el momento oportuno para llevar a cabo el cambio.
- Ya. Pues si antes no hacía mucho, ahora tendrá escusa. No creo que le siente muy bien.

De nuevo hubo un silencio. El joven se puso nervioso. El estómago le pesaba, como si la cena se hubiera solidificado. Sentía en la garganta el sabor de la coca cola, pero de con un regusto amargo. Estuvo a punto de atravesar el pasillo para llegar hasta el cuarto de baño, pero aguantó las arcadas.

- También puede ser un buen momento para solucionar tu problema –las palabras de Juan se deslizaron llenas de temor.
- Sabes que no pasa nada, ese dinero es mío y nada más –el joven no había oído aquel tono de voz tan áspero de su madre nunca.

Juan Pablo cerró la puerta, como si de esa forma no hubiera escuchado nada, como si su mundo siguiera adelante en aquellos escasos metros de habitación. Pero era imposible. Dos nuevas cuestiones se cernían sobre él, igual que dos columnas que se fueran juntando para aplastarlo o por lo menos dejarlo sin respiración. Buscó su pequeño hábitat de siempre. Se dirigió al ordenador, siempre encendido y con el messenger dispuesto. Tenía tres mensajes. El último de su amiga Elisa, la que conoció en una fiesta y que hacía las veces de buena amiga con derecho a más. ¿Quedarían para mañana, sábado?

Aquellas preocupaciones habían dejado de ser suyas. Sintió incluso que la habitación no le pertenecía. Que la cama donde se tumbaba en esos momentos, tampoco. Mucho menos los libros del curso que había finalizado pocos días antes y que debía estudiar aquel verano. Pronto, muy pronto, todo le sería ajeno. Se sintió como debe encontrarse un sin techo, o como Adán y Eva expulsados de su paraíso. Un pensamiento estúpido le recorrió su cabeza. Si no hubieran comido aquella manzana. Pero quién se creía todo eso, sólo el profes de religión.

Volvió al ordenador. Lanzó la nueva noticia a todos sus contactos.

“Me voy de aquí, chic@s, emigro para siempre a un maldito pueblo que sólo he visto dos veces. Ya veis, la crisis de las narices”.

Fue una bomba, los pitidos continuos anunciaban las miles de respuestas, sin embargo él sólo leyó al de Elisa. “¿Pero quedamos mañana o no? Puede ser nuestro último encuentro. Habrá que despedirse como se merece”.

Ella tampoco le pertenecía, seguro. También le resultaba de lo más ajeno. Quizás había descubierto la gran superficialidad de sus amistades. Rechazó el pensamiento. No se iba a amargar más. Su mejor amigo sólo le preguntaba por el partido de pádel del lunes. “Espero que estés, que nos jugamos nuestro prestigio. Contéstame rápido, que si eso, se lo digo a Pedro y voy con él de pareja. Suerte en tu pueblo, si no nos vemos”.

Juan Pablo durmió aquella noche bastante mal. El calor entraba por la ventana abierta. Oyó los camiones de la basura a las tres de la mañana y aún no había conciliado el sueño. A su cabeza llegaban las escasas imágenes del pueblo de destino, Mohedas de la Jara, Toledo. Esos eran sus mínimos datos. Una y otra vez veía la vieja casa de sus abuelos, las vigas de madera y la chimenea. Le llamaron la atención a pesar de sus cinco años. Habían pasado más de diez.