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viernes, 26 de junio de 2020

Libros juveniles recomendados para este verano. 2020

Este año vamos por lo que no falla. Libros juveniles de siempre, sin sorpresas. Los libros que han triunfado desde hace tiempo. que no fallan. Al lado, un breve cometario que intenta condensarlo todo, algo imposible.


De libros clásicos 

1.- Vigo es Vivaldi. J. R. Ayllón. Ed. Bruño. Para aprender a querer.

2.- Llora Jerusalén. S. Herraiz. Ed. Bruño. Para ponerse en la piel del otro.

3. Blanca como la nieve, roja como la sangre. Alessandro D´Avenia. Ed. Grijalbo. Aprender a vivir.

4. Mi planta de naranja-lima. J. M. de Vasconcelos. Libros Asteroide. La vida misma

5. El furor de los normandos. M. Luis Sancho. Ed. Palabra. Aventuras bien contadas

6. Un bosque para ti sola. J. C. Romano. Ed. Palabra. Para salir adelante

7. El misterio Velázquez. E. Cansino. Ed. Bruño. Para saber y apreciar el arte.

8. Odisea. Homero. C. Lamb. Adaptación Ed. Gadir. Hay de todo desde hace mucho tiempo.

9. La lección de August. R. J. Palacio. Ed. Nube de tinta. Aceptación y cariño.

10. Kafka y la muñeca viajera. Jordi Sierra i Fabra. Ed. Siruela. Para pensar.

11. La ruta de las estrellas. I. Merino. Ed. Anaya. Un poco de historia aventurera.

12. El superzorro. R. Dahl. Ed. Alfaguara. Buen humor.

13. Dioses, tumbas y sabios, C.W. Ceram. Ed. Aprendizaje selectivo.

14. Cómo escribir realmente mal. Anne Fine. Ed. S.M. Adaptación al cambio.

15. Apareció en mi ventana. Alfredo Gómez Cerdá. Buena comunicación.

Están todos reseñados en este blog.

Que disfrutéis.

martes, 16 de junio de 2020

Comidas con recuerdo XII Las croquetas congeladas y el bacalao a la vizcaína


Si alguien se pregunta si es posible que una zapatilla verde pase a ser naranja para siempre, le puedo contestar sin ninguna duda que eso es posible.

Uno de los peores servicios que te podía tocar era el de cocina. Aquel día por la noche el cabo furrier leyó mi nombre y el de otros de la batería. Por la mañana debíamos acercarnos a la cocina, muy temprano, antes que nadie nos levantaríamos para preparar el desayuno, al servicio de los peores veteranos. Nos colocamos nuestro chándal del ejército y allí entramos todavía cuando era de noche. Comenzamos a comentar entre nosotros los aparatos culinarios, unas cacerolas donde cabíamos por completo, tipo poblado caníbal. Allí movíamos con cucharones también enormes la leche que se iba calentando con ese cacao instantáneo de olor tan característico. La mañana acabó limpiando esas cacerolas, las bandejas, lavando de todo durante unas tres horas. Comenzaba el trabajo de la comida.

Nos ordenaron a unos cuantos descargar un camión que llegaba por la puerta de atrás. Comenzamos a descargar una y otra bandeja de croquetas congeladas. Mi espalda no podía más. Las metíamos en un macro frigorífico y allí fue donde una de las cajas cayó al suelo. Unos palees de madera protegían el suelo y entre sus tablas fueron rodando las croquetas hasta que caían por entre sus ranuras. Quizá el motivo del sobresuelo era la suciedad del de abajo y el ahorro de limpiarlo. Mi compañero, el de la gran hazaña de esparcir no sé cuantas croquetas, me miró con aire interrogativo. Ante la difícil misión de elegir entre un arresto y la futura salud de los demás habitantes de aquel microcosmos, salió ganando la mayor posibilidad de que sucediera lo primero a al menor de que sucediera lo segundo. Nuestros largos dedos fueron atrapando el cuerpo del delito entre las finas ranuras, a toda velocidad. Recogimos las que estaban visibles y la bandeja medio vacía fue a parar debajo de otras tres, ocultando las pruebas. Habíamos salido de ésta, pero aún nos quedaban más pruebas.

Poco después me encontraba repartiendo el bacalao a la vizcaína. Un cazo, dos cazos...no paraban de pasar con sus bandejas. El madrugón comenzaba a afectarme, aún no habíamos comido, nuestro turno era el de después de todos. Un cazo de bacalao falló su destino y cayó en una de mis zapatillas verdes del ejército, de ese verde ejército. Ante mis ojos, cada vez que conseguía mirar hacia esa zapatilla, su color iba variando hacia un naranja que ni siquiera era el color de la salsa del bacalao. Se estaba produciendo un prodigio nuca visto, el color verde del ejército, mezclado con la salsa del bacalao producía un naranja digno de la mezcla de un gran pintor, digno de su paleta. Si a alguien le interesa el dato, nunca fue posible, ni con el mejor detergente, que ese color abandonara mi zapatilla; así, el resto de la mili tuve una zapatilla naranja y otra verde.

Por fin comimos y desgraciado el momento en el que lo hicimos. Cuando creíamos que comenzaba un breve pero fructífero periodo de descanso tras la comida, nos llamaron para la peor de las labores. Debíamos tirar los cubos de basura, grandes y enormes, llenos de bacalao y demás restos de la tropa. Los debíamos cargarlos en los cubos, ni siquiera, gracias a Dios, debíamos descargarlos. Nos organizamos en parejas de trabajo y cada uno agarraba de un asa. Pesaban casi más que el olor que emanaban. Mi compañero de fatigas comenzó a ponerse de un color blanco aguado, en contraste con el negro del cubo. Comenzó al instante a desaguar más bacalao, esta vez por la boca. Yo aguanté algún atisbo de seguir los pasos de mi acompañante. Tuve suerte, sin pareja dejé de cargar, incluso conseguí, casi sin ser visto, alejarme lo suficiente de la escena para no seguir exhalando aquellos vapores mortales.

Aquello acabó cerca de las 12 de la noche, un brigada tuvo compasión de nosotros y nos mandó a dormir, creo que no me quité ni las zapatillas de doble color para meterme en la cama.

martes, 10 de marzo de 2020

Comidas con recuerdo XI


PLATO COMBINADO NÚMERO 7


Durante la mili en Melilla, olvidarse de las comidas caseras de las que disfrutábamos nos llevaba a cenar casi todos los días un bocadillo de la cantina o de las calles de la ciudad. Paseábamos los fines de semana todo el día fuera de nuestro lugar habitual. Buscábamos pequeños paraísos distintos, como si nos dedicáramos al turismo. Allí tomábamos una cerveza en el bar del puerto, en una terraza bajo un sol impreciso en aquella época del año. Visitábamos las viejas murallas y veíamos los viejos cañones que manipularan otras personas hacía ya bastante tiempo. Acudíamos al Parador Nacional a por un café y un servicio limpio con todas las comodidades y accesorios que usábamos de uno en uno. El helado en el pequeño parque de palmeras donde se celebraban las fiestas de Septiembre con sus vinos dulces amontillados.



Nada sin embargo como el plato combinado número 7. siempre el mismo los sábados al mediodía tras el zafarrancho de limpieza de veinte minutos limpiando y dos horas disimulando que se hacía lo ya acabado. El plato consistía en dos huevos fritos con su yema amarilla sin clarear, patatas fritas y salchichas, todo con tomate frito sin limitaciones. Primero los huevos que reventaban alegremente ante el pan que los presionaba, después las salchichas, para acabar con el hambre y por último las patatas alargadas. Todos seguíamos el mismo ritual, como acostumbrados a imitarnos. Charlábamos y desde la parte alta del bar en al que estábamos veíamos a los demás devoradores de platos combinados que intentaban olvidar. Nunca más los volví a probar.

martes, 3 de marzo de 2020

Comidas con recuerdo X

POLLO A LA MORUNA

Las medicinas del ejército lo curan todo, además, en décimas de segundo.

Llevábamos allí, fuera de casa, poco tiempo. Apenas un par de meses. Todavía algunos esperaban contra toda esperanza que sus alegaciones de retorno fueran escuchadas. Las más comunes eran por exceso de peso o por falta de altura. Aquellos vivían sus días paseando por las mañanas hacia el dispensario, donde eran pesados y medidos, y las tardes intentando engordar o recogerse los bajos de los pantalones gigantes de la manera más digna posible. Hasta siete vueltas conseguía uno hacia arriba para rematar el apaño con un imperdible en cada pata. Pretendía no pisar sus propios pantalones al andar. He de reconocer que todos teníamos envidia de ellos, no trabajaban en el cuartel y aún conservaban cierta ilusión por acabar su mili antes de tiempo.

Uno de aquellos con exceso de peso resultaba de trato simpático, rubio y con la cabeza achatada, poco proporcionada con el resto del cuerpo, llegaba al límite de lo permitido, solía sentarse en el comedor y devorar todo lo que pillaba. Yo, lleno de misericordia, le pasaba mis salsas para que terminara con ellas untando todo el pan posible. Antes de terminar de limpiar todos nuestros platos añadía su ya célebre frase. “No sé, pero no lo consigo”.

Una noche, como tantas otras, después de cenar, allí estábamos frente a la batería, en formación, esperando ser contados y repasados por el cabo cuartel. Después nos leía la minuta y los servicios. Allí apareció por primera vez y sin que ninguno de nosotros se percatara el plato que nunca olvidaré: pollo a la moruna, muy típico para recordarnos el lugar donde nos hallábamos.

            Nunca lo había probado y sólo lo volví a hacer en otra ocasión, pasados los años, y por hacer gusto a un gran amigo amante de las lenguas árabes. No estaba malo, la grasa rebosaba por aquellos muslos y caía en grandes gotas sobre el plato, hasta salpicaba el traje militar que absorbía toda la suciedad en cuestión de segundos. Mi amigo el rubio se bebía uno y otro recipiente culinario sin prisas. Pensábamos que de esta no pasaba, sobrepasaría el peso fijado y sería el día siguiente cuando le dijéramos adiós para siempre. La tarde terminó pasando con la instrucción en los cañones, uno de los peores momentos dado el peso de estos y la necesidad de sujetar sus barras enormes antes de que te cayeran en la cabeza en su despliegue, lanzadas por uno de los viejos del de lugar.

Sólo a la mañana siguiente el pollo comenzó a surtir efecto, el estómago no podía más, la formación se fue deshaciendo buscando el baño del fondo de la batería. Corríamos de forma atropellada y por unos momentos no se respetaban ni las más estrictas normas acerca del uso preeminente por parte de los “abuelos”, es decir por los que llevaban más tiempo en el ejército. El sargento intentó poner orden aunque pronto se vio desbordado por los hechos, bastantes nos encontrábamos intoxicados sin remedio. La enfermería se llenó, allí encontré, tumbado en una camilla a mi amigo el rubio, su cara lo decía todo, “maldito pollo a la moruna”. Pronto una ambulancia se lo llevó al hospital. Los demás nos conformamos con unas pastillas que debíamos tomar cada seis horas. La primera la tomé en la litera. Antes sin embargo, de que hiciera efecto, tuve que ir a evacuar lo que ya no quedaba. Ni las circunstancias más adversas cambian las reglas. El cuarto de baño de la batería estaba cerrado, tal era la norma, mientras la instrucción matinal. Tuve que salir a pesar de los consejos de los demás convalecientes. Nadie podía andar por el cuartel a su aire. Conseguí llegar escondido hasta la parte alta de los barracones. Me agaché de dolor y por la necesidad de no ser descubierto más de una vez. Corrí ya sin esperanza de acabar limpiamente mi excursión a través de los antiguos cañones ya inutilizados, el mejor chatarrero hubiera deseado estar allí. Me agaché por última vez y sentí un alivio que bien hubiera valido cualquier arresto. Abandoné el lugar del crimen con más miedo, una vez remediado mi problema. Poco tardé sin embargo en llegar a mi litera y abandonarme en un sueño reparador. A las seis horas, como un reloj, desperté para tomar la segunda pastilla. Así sucesivamente hasta que llegué a la cuarta y decidí leer la composición de aquel elemento soporífero antes de perder la conciencia de nuevo. Sí, aquello consistía en varios elementos que provocaban un sueño ineludible, qué mejor forma para evitar ir al servicio que la falta de entendimiento.

Pasados unos días los convalecientes, reintegrados de nuevo a la vida militar, esperábamos con ansiedad alguna noticia de nuestro amigo el rubio. Estaba con suero en el hospital y tuvo que pasar casi un mes hasta que le vimos el pelo. Allí bajó de la ambulancia un nuevo personaje, estilizado, tan alto como antes. Su peso había bajado increíblemente. Así, no sólo tuvo que terminar el servicio militar completo, sino que además acabó en el cuerpo de zapadores, aquellos que desfilaban elegantemente por delante del resto, moviendo su cetme, haciéndolo bailar sobre sus cabezas. Eran los elegidos por su altura y elegancia. Seguro que su madre estaba muy orgulloso de él. No hay nada como el pollo a la moruna para recuperar la figura.

martes, 18 de febrero de 2020

Comidas con recuerdo IX

LATA DE CALLOS VERSUS LATA DE MELOCOTÓN EN ALMÍBAR



Aquellos días lejos de casa la comida se hacía dura, de otro tipo. Así había nuevas experiencias gustativas de las que ya hablaré o alimentos típicos, sólo cuando tocaba lata o plato combinado número siete los sábados durante el paseo por las calles de Melilla. Las latas eran de gran calidad, verdes por fuera, como casi todo lo que tocábamos y con letras negras casi inapreciables que señalaban la futura degustación. Estos manjares se reservaban para las maniobras y sin duda era el segundo mejor momento del día. El primero sin duda sucedía cuando entrábamos en el saco de la tienda de campaña.



Aquel día de noche cerrada las luces lejanas de los carros no alumbraban ni su propio camino. Nos alejamos a pocos metros para cenar nuestras latas, dos teníamos. El infiernillo para calentar la comida era ciertamente original. Una placa pequeña con cuatro cortes por los que se doblaba. Quedaba así una especie de mínima mesa donde apenas cabía la parte baja de la lata. Debajo del aparato se introducía una pastilla blanca que ardía sin consumirse para calentar la comida. Era fundamental abrir la lata un poco para que no estallara. Si difícil es explicar el proceso, más difícil es llevarlo a cabo a oscuras. Navaja multiusos verde, lata verde con dos pequeñas aberturas laterales, encendido de la pastilla, creo que no las consiguieron verdes a juego con todo, infiernillo montado y a esperar. Todo aderezado con el tiempo escaso, sólo quince minutos para comer. Bien, la lata de callos estaba calentada. Aún me quedaban diez minutos. Acabé de abrir la lata con el maravilloso abrelatas. Metí el tenedor a oscuras y me relamí antes de introducir la preciada carne en mi boca. Un gran trozo de melocotón en almíbar caliente, casi ardiendo reventó en mi boca. Descubrí que me quedaban dos opciones, o comerme el melocotón en almíbar caliente o los callos congelados. Opté por lo primero. Los callos ya me los comería y así los guardé para disfrutarlos en mi casa. Aún hoy me pregunto por qué las latas de melocotón en almíbar verdes son más pequeñas que las latas de callos verdes tan acostumbrados como estamos a que las primeras suelen ser gigantes.

lunes, 3 de febrero de 2020

COMIDAS CON RECUERDO VII

LA TORTILLA DE PATATAS



Pocas veces puedo hacer una tortilla de patatas...y me salen bastante bien. El tiempo avanza más deprisa ahora y este nos falta para las dos cosas más esenciales, picar muy pequeñitas las patatas y batir los huevos hasta la extenuación. Mi primera tortilla fue por obligación.

Los antecedentes son muy sencillos, allí estaba yo pasando una época donde el reloj iba despacio, muy despacio, en una ciudad de África montaba goniómetros, cañones, hacía instrucción por la noche...Gracias a una de mis salidas nocturnas oí una de las frases más célebres de la humanidad. “Por la noche se ve menos que por el día”. Creo que nadie escuchaba pues aquel señor pudo seguir hablando sin ningún problema sobre las luces de los coches y cómo había que mirar hacia otro lado para no vislumbrarse. Detrás de una pared de entrenamiento para lanzar granadas fumaba yo un cigarro sin ser visto, por la noche se ve menos que por el día. En fin, comencé a coleccionar maniobras una tras otra e ir de turismo de vez en cuando a Almería. Allí me encontraba cuando pedí permiso para dormir bajo un coche mientras los legionarios daban patadas en la oscuridad. Aquello no sentó bien y al día siguiente me encontraba yo solo tomando una colina cuesta arriba cuesta abajo con al cartuchera, normalmente vacía, llena de piedras. Subía y lanzaba una piedra-granada. Sólo me salvó de aquel momento glorioso y similar a las películas de acción bélica la tortilla de patatas. Sí, yo sabía hacer una tortilla de patatas, al menos se las había visto hacer a mi madre. Bajé la colina, creo que había conseguido tomarla y acabar con el enemigo yo solo, y pedí los elementos indispensables. Alguien me sugirió que hacía falta la sal y abogué por una vida sana para deshacer mi terrible omisión. Tres ayudantes me fueron asignados, una tienda de campaña amplia con cocina de gas, una sartén, aceite, patatas, huevos y....sal, por lo visto a pesar de sus abultados abdómenes todos tenían la tensión en su sitio. Esperaron a la puerta de la tienda sentados y jugando a las cartas, recordando las mejores tortillas de patata que habían comido en su larga vida. ¿Pues qué hacemos tú? Sonaba una y otra vez en mi cabeza mientras intentaba visualizar a mi madre, que estaba a no sé cuantos kilómetros de allí, en la cocina de mi casa pelando patatas en primer lugar. Seguro que luego se deshacían, no importaba cómo las cortaran a continuación. Yo echaba aceite a discreción en la sartén, sólo había dos formas de hacer las cosas en la mili, así, a discreción, o en formación. Personalmente prefería al primera por ser más fácil. Les mandé batir los huevos antes de que me preguntaran aunque no sabía qué era eso. El mandado sí lo sabía, menos mal. Movía la mano a una velocidad increíble, tenía mucho nervio el de Écija. Aquello iba tomando cuerpo cuando alguien pensó que no era necesario freír las patatas pues si no estaría muy duro el resultado final. Que no las muevas, sí a buenas horas. Los picos de las patatas estaban casi quemados, quizá no fue buena idea hacerlas alargadas. Quitamos el aceite, vimos que sobraba al echar algo del huevo batido que se hizo tortilla francesa flotando entre las patatas. Que cuánto queda, el vino los iba alegrando y necesitaban alternarlo con comida. Aplastábamos aquello con ánimo de que fuera un poco más comestible y laxo, al menos blando que no doliera al tragarlo. La presentamos con un trapo en el brazo, allí mandé a otro, que yo no me atrevía. Risas y apuestas a ver quién era capaz de probar el manjar. El hambre hacía milagros, no pasó nada y quizá los divertimos un rato. Podían asegurar que aquella fue la peor tortilla que probaron en su vida, por eso todos cogieron un trozo.

lunes, 27 de enero de 2020

COMIDAS CON RECUERDO VI

PITAS PARA DESAYUNAR



Aquellas estancias en Israel, cerca de Haifa nos llevaban el fin de semana a Jerusalén. Rápidamente abandonábamos la excavación, los cafés turcos llenos de posos de las cinco de la mañana para correr hacia el último autobús del viernes, justo antes de que las tres primeras estrellas del firmamento asomaran para anunciar el Sabat y el descanso obligado. Serían las cinco de la tarde cuando esto sucedía. Dejábamos también el “whasering pottery” para el lunes. Aquella tarea de lavar los trozos diminutos de cerámica nos mantenía despiertos en las cortas tardes del verano israelí.



Cuando llegábamos a Jerusalén dos opciones de alojamiento nos venían a la mente, el hotel Protestante con su estricto horario de entrada nocturna prematura o el hotel Jordano y sus retóricas y absurdas discusiones con el propietario. Realmente era de Jordania y parecías abandonar por un largo rato las comodidades casi occidentales por el Oriente Medio en su más genuina representación. Era un lugar sucio, andrajoso. Se negociaba y renegociaba continuamente con el jordano hasta conseguir habitaciones donde alojarnos sin compartir con algún desconocido. Entrábamos por fin en nuestro antro habitacional y descubríamos que faltaba algún almohadón. Sin duda era una maniobra de nuestro anfitrión para volver a nuestras demostraciones sobre la conveniencia de tener un almohadón ya que era lo lógico. Por fin nos prestaba el suyo a regañadientes. Un día conseguimos incluso dormir en su habitación dejándole a él la parte posterior al mostrador. Tuvimos que contratar el servicio completo, con desayuno, para acceder al peor sitio del hotel, algo parecido a un hueco bajo unas escaleras cuyo techo descendía poco a poco hasta unirse al suelo. Era el mejor lugar de la casa para guardar los cepillos, las fregonas y demás herramientas que seguramente había ya vendido el dueño. La noche fue larga.



Aquella mañana nos levantamos con más hambre de lo normal, quizá por el desvelo nocturno. Allí nos asomamos por encima del mostrador para despertar a nuestro querido amigo. Seguro que dormía mejor que en su habitación, al menos había más aire que llevarse a los pulmones. En fin, allí estábamos de nuevo discutiendo y reclamando el desayuno que habíamos pagado. No daba nada sin poner a prueba previamente nuestra paciencia. Sacó unas pitas de una bolsa ya abierta. Las abrió con sus dedos y comenzó a rellenarlas de ensalada que sacaba de debajo del mostrador. Cada vez que veía sus movimientos lentos mi aguante psíquico disminuía a raudales. Nunca me comería esa pita, yo lo sabía, quizá él también. Sacó un sobre amarillo y metió dentro de él la pita rellena de verdura, sin carne. Me la ofreció con desgana y como tanteando el precio de ese desayuno. llegó la hora de mi venganza.



-          Quiero huevo cocido en mi pita.

-          No.



De nuevo comenzaba un tira y afloja que nadie podía entender. Aquello era entre él y yo. Decididamente no le pagaría aquella maravillosa estancia sin mi huevo cocido. Voceaba mientras yo negaba una y otra vez con mi cabeza. Todos estaban contra mí. Tenían unas ganas terribles de coger su pita y tirarla en el primer cubo de basura que vieran. Yo haría lo mismo, pero la mía iría con huevo cocido incluido. Estaba decidido. El jordano seguía gritando mientras sacaba una especie de camping gas de debajo del mostrador. Lo encendió y colocó en él un pequeño recipiente con agua y un huevo. Lo tenía todo preparado, sólo necesitaba discutir un poco para sentirse bien. Todos mirábamos el huevo mientras se preparaba.



-          No me lo peles, ya lo haré yo.



Aquel día, el único que desayunó un maravilloso huevo cocido fui yo. Además, para mí solo, nadie me pidió. Sólo por la tarde, después de comer una pita en el mercado, me hablaron de nuevo.


martes, 21 de enero de 2020

COMIDAS CON RECUERDO V

LA PALMERA DE CHOCOLATE CON ANESTESIA



Entre una hora de estudio y otra acudíamos diariamente a una panadería, si teníamos dinero, lo cual lo situaba casi semanalmente, a comprar algún tipo de bollería, a veces la cosa era para tres, otra teníamos una para cada uno. Disfrutábamos de la merienda despacio, paseando cual jubilados por un parque en el que nuestra edad solo era vislumbrada por los demás transeúntes cuando se trataba de jóvenes con litrona en un banco. Así hablábamos de profes, del cole, de ahí nos conocíamos y de demás tonterías que debían ocupar la mente de casi niños que aún no pensaban en niñas. Íbamos quizá un poco retrasados en cuanto a estos temas. Nuestra única angustia existencial era algún examen o el recuento monetario comunitario para estas meriendas.



Un día de aquellos, corría yo apresurado por las calles, venía de abrir la boca en el dentista y con una de mis partes faciales entumecida y dormida por la anestesia local. Superaba mi paciencia y me agobiaba pensando en la posibilidad de comer o no una palmera de chocolate. Teóricamente debía esperar unas dos horas antes de cenar, pero bien me cuidaría yo de no morderme el lateral de la boca. Tenía un hambre mayor que el de otros días. Me tapé la boca con la bufanda para ver si la anestesia desaparecía antes. Allí iban mis compañeros de merienda, por la cuesta del parque. Tenían ambos su bollo de chocolate y yo pronto disfrutaría de esas láminas esponjosas que formaban la palmera. Les hice una seña cuando me vieron y me dirigí a la panadería. Pararon para esperarme. Pronto me uní a ellos para contarles lo cerdos que eran los dentistas y la plasta de anestesia. Tan ocupados estábamos hablando de muelas que unos expertos como nosotros en atracos callejeros, nuestro cole estaba en el corazón del Vallecas antiguo, no vimos a los perfectos asaltantes que se dirigían a nuestro encuentro. Allí venía el típico enano jefe de la pandilla gracias a la altura de su mala uva. Nos pararon y ya la fuga era imposible. Comienzan las humillaciones y vejaciones de siempre hasta comerse nuestras meriendas. Nos piden dinero y apenas juntamos entre los tres cinco duros. Tienen que arrebatarnos algo más, si no su orgullo se vería mermado. Un atraco de cinco duros no era para echar cohetes. El enano miró mi bufanda y la deseó. Comenzó a tirar de ella para deshacer el nudo. No podía, y quizá se sintió tan infeliz por desear una bufanda marrón clarita tan normalita, que según me abalanzaba hacia él una y otra vez ante sus tirones, me dio un puñetazo en la cara. Me quedé impasible. Todos me miraban pensando en el dolor que debía tener. Se dieron cuenta de que yo era más duro de lo que parecía. Ni una sola queja o grito salió de mi boca. Así, abandonaron su empresa.



-          ¿No te duele, tío?

-          Qué va, si tengo anestesia.



En mi casa, el dolor de la cara mas el dolor porque me había mordido por dentro por culpa de la anestesia, me llevó a la cama antes que otros días, una aspirina y un vaso de leche.

martes, 14 de enero de 2020

COMIDAS CON RECUERDO IV


LA LATA DE BERBERECHOS


            Siempre que abro una lata de berberechos recuerdo lo mismo. No puedo impedirlo y tampoco es que lo desee pues son buenos momentos. Aquellos en que aún no se ha aprendido a sufrir y los máximos desvaríos llegan ante nuestros primeros amores platónicos e imposibles. Así la familia Caragafas viene al completo a mi memoria. En su casa siempre había una lata de berberechos y una cerveza para el visitante, más si conseguíamos a alguien nuevo en nuestra expedición. La lata era derramada en un plato semihondo donde el caldo fluía libre y a punto de desbordarse. Unos palillos lo acompañaban. Yo sólo conseguía pescar uno tras varios intentos y nunca parecía que fueran a acabar. Se convertía así en la tapa sempieterna que remataba el padre cuando llegaba la hora de marcharnos. Era el privilegio de padre. Insertaba uno tras otro en el palillo hasta el borde de su dedo ante mi mirada atenta. No sobraba ni uno y su dedo nunca se manchaba. Todo estaba computado pues la familia en pleno era reconocida por su fervor matemático y calculador.

Aquellos berberechos nos absorbían, nos atraían hasta el punto de invitar a cualquiera que provocara la aparición de la preciada lata. Montamos incluso una sesión de sofronización o hipnotización, como según nuestro invitado se llamaba vulgarmente. Allí estábamos intentando dejarnos llevar por el arrullo del sueño provocado y la obnubilación de nuestra voluntad sin que los berberechos abandonaran nuestra mente. No podíamos concentrarnos al oír bajo un silencio absoluto el chirrido del palillo que resbalaba por el plato tras atravesar uno de aquellos manjares arenosos. Se están acabando, se están acabando, sólo quedan los del padre. Mientras, me hacían fingir que comía aceitunas de aire y tiraba los huesos a otro hipnotizado que hacía de elefante. Golpeé la lámpara y aproveché para, ya despierto, lanzarme a por un palillo e insertarlo desde mi posición elevada en el plato casi vacío. Ni siquiera de pie conseguí más de una pieza. El padre finalizó el ritual berberechil mientras negaba la existencia de cualquier posibilidad matemática a esa pseudociencia hipnotizadora.

La siguiente visita con lata de berberechos me la gané a pulso y a costa de mi dolor. De un puñetazo me habían provocado una pequeña fisura en el radio. El gran lógico-matemático no daba crédito al accidente y fuimos más lejos consiguiendo a un profesor que fuera a dar fe. Allí estábamos de nuevo comiendo berberechos mientras mi compañero de clase fracturador se sometía a una intensa sesión de pulsos con el padre Caragafas. Sólo paró para finiquitar los mismos siete berberechos que el día hipnótico. Mi teoría comenzaba a ser cierta, en aquella casa todo estaba contado. Cabían exactamente siete en un palillo sin mancharse el dedo gordo y el índice que sujetaban apenas la punta del instrumento saetador. Aún, y para despertarme de mi sueño septimal, tuvimos que asistir a una demostración matemática de consistencia. Se trataba de comparar la dureza de mi hueso con la de una pobre jamba que adornaba uno de los laterales de la puerta de la cocina. La madera, obviamente, era menos resistente que mi radio y por lo tanto soportaría un puñetazo del gigantesco padre, pesaba más de cien quilos, sin romperse. Sería la demostración definitiva de que habíamos ido a comer berberechos amparados en una gran mentira. La tabla crujió reventada, aplastada a lo largo y ancho. Me despedí antes de que mi otro radio, aún en perfecto estado, sufriera la segunda parte de la prueba. Mientras cogía el ascensor aún porfiaba diciendo que aunque me diera un puñetazo con todas sus fuerzas mi brazo izquierdo aún sano no se rompería.

Nunca me han gustado los berberechos, sobre todo cuando su arena cruje entre mis dientes dándome dentera, sin embargo todavía tengo que abrir una lata e intentar coger siete con un palillo sin pan que los empuje y con la mano en la espalda. Quizá nunca lo consiga por culpa de la fisura en el radio que tuvo hace ya bastantes años. Mi muñeca no volvió a ser la de antes del puñetazo.

miércoles, 8 de enero de 2020

Comidas con recuerdo III






El COCIDO CON HIERBABUENA

            Aquellas temporadas con mis abuelos, veranos largos como ya no hubo, el olor de la hierbabuena los acompañaba. Cocido dos o tres veces por semana, con aquel menú sin perjuicios culinarios donde aún se consumían estivalmente los últimos retazos de la matanza. Toda la mañana al fuego lento de la cocina de gas, aquellos garbanzos recogidos, trillados y limpiados, menudos y sabrosos. La hierbabuena flotaba sobre el caldo burbujeante. Se recogía del Huertecillo, temprano. Cuando aún algunas mínimas gotas de agua del riego vespertino del día anterior mantenían su frescura.
Comenzaba con el rin-ran de tomate natural, cortado en trozos minúsculos con aceite y vinagre, una salsa para untar el pan. Después los garbanzos, directamente, sin perder el tiempo en sopas calientes con un sol certero entrando por la ventana. Conectábamos un ventilador ruidoso que estaba al fondo de la cocina, sobre el viejo trinchero. Tras el plato fuerte, el bocadillo de morcilla, luego pan con chorizo y para acabar el tocino. Una mandarina por fin. Lo peor, al final. Mañana no podríamos comer cocido de nuevo. Al menos habría que esperar otro día. Ese día solíamos dormir siesta, sin forzarnos. El abuelo colocaba en mitad del patio una silla pequeña de nea, bocabajo, sirviendo el respaldo de duro almohadón. Con las piernas cruzadas, como casi siempre, dormía en el suelo mientras las moscas picaban sus duras manos. La gorra tapaba la cara de estos furiosos ataques. Roncaba mientras yo me iba en busca de un butacón para hacer el mismo trabajo, sin prisas, pero con el espesor mental de una dura digestión.

Después iría a la piscina tras las dos horas reglamentarias para poderme bañar y con mi bocadillo de salchichas en la barra de Viena. Aún recuerdo los ataques de las hormigas que arrasaron con algo del relleno en perfecta procesión y teniendo como punto de partida nuestro lugar preferido para la merienda, la sombra del sauce llorón. Nuca se nos ocurrió liberarnos de la plaga colgando los bocadillos, quizá pensábamos que estábamos por encima de esos animales en la escala de la evolución. No podíamos rendirnos utilizando sin más nuestra inteligencia superior.

jueves, 19 de diciembre de 2019

COMIDAS CON RECUERDO II


ACEITE, VINAGRE Y SAL EN EL TARRO


           


Quizá las mejores evocaciones sean aquellas que nada significan o cuentan, hechos intrascendentes que no tienen valor si no es para los protagonistas y en distinta medida. Aquellos viajes en carro de madera trotón y a veces doloroso tirado por dos mulas. A la vuelta, las calabazas también votando como nosotros sobre ellas y aquella rana que escondimos al final del verano, única superviviente de un charco agotado, en el fondo del carro. No pasó la prueba de sobrevivir bajo el peso de la carga.
          Esos viajes eran a la Argamasa, tierra de mi abuelo con arroyo, llano y mínimos cerros de encinas. Del arroyo sólo recuerdo las piedras y los charcos que desecábamos para conseguir un cubo de ranas. Del llano, las calabazas grandes, redondas y blancas; las sandías que sonaban ya maduras como los golpes en la garganta; los melones de esos amarillos olorosos y los cardos borriqueros con flores purpúreas en cabezuelas terminales. También había un pozo rodeado de juncos como único oasis verde del amarillo agosto.
            Mi hermano y yo jugábamos, corríamos detrás de las perdices, cargábamos alguna calabaza de menor peso, o melón o sandía. Seguíamos a las ranas y a algún pobre pato salvaje medio extinto. Comíamos alguna zarzamora. Metíamos palos en las conejeras y esperábamos sin prisas la hora de comer bajo una de las encinas del llano. Sus ramas eran tupidas y salvaban de las peores horas del día cuando el sol reclamaba como nunca su poder perdido en los días de invierno. Hacíamos recuento de bichos conseguidos y observábamos el tarro misterioso que sobresalía siempre del mochilón de campo donde se amontonaba la comida. Aquel recipiente mágico con dos líquidos de distintos colores separados por sí mismos, uno flotaba sobre el otro. Lo agitábamos y volvía a su posición cada una de las gotas revueltas por nuestro movimiento. El proceso no tardaba en volver las cosas a su sitio. Además podíamos hacerlo una y otra vez sin que ninguna de las gotas se cansase de subir o bajar. Sabían perfectamente cuál era su lugar. Sólo la magia desaparecía cuando el abuelo, una vez cortados los pepinos, tomates y lechuga, derramaba el caldo sobre la sopera. Quedaba algún reducto aislado, flotando separadamente. El aceite y el vinagre se hermanaban a duras penas. Añadíamos después las patatas fritas, uno de los condimentos propios y raros del gazpacho de aquella zona. Esperábamos el nuevo viaje para ver otra vez el tarro mágico. Mientras, hacíamos tiempo persiguiendo a las hormigas grandes, casi gigantes y de color rojo que escalaban por la encina o descendían. No eran negras y de líneas suaves como las de la era.

viernes, 13 de diciembre de 2019

Comidas con recuerdo I

Voy a poner una selección de algunos relatos que escribí hace un tiempo. al hilo de una comida aparece un recuerdo personal, a veces con tinte divertido, otras nostálgico. Os dejo el primero.


LAS CIRUELAS VERDES


El día de todos los Santos salíamos de Calbote, quizá fuera una costumbre ancestral o de pocos años ha, sin embargo, se olvidaba su origen en nuestro escaso tiempo de edad y muy seguramente se trataba de una práctica anterior a nuestro nacimiento. Todos los años queríamos y teníamos como objetivo alcanzar los Riscos Altos, sierra de Altamira para los mapas. Llevaba al menos una jornada subir y bajar, eso sí, si no olvidábamos nuestra meta por el camino y comenzábamos a jugar de forma irregular al principio y constante y en un lugar fijo al final. Algunas veces no pasábamos del depósito de agua donde aún flotaban las olivas y no se atisbaba ni media cuesta o algún castaño o nogal que justificase la subida a la sierra. Era la otra finalidad de la excursión, coger frutos secos.

Un año, todos estábamos seguros de que ya éramos lo suficientemente mayores y maduros para no sucumbir en el camino ante los encantos de cualquier entretenimiento. No era el día de los Santos, sino verano, principio o final, no recuerdo, sólo sé que las ciruelas aún estaban verdes. Superamos el depósito de agua, blanco calafeteado, a unos quinientos metros del pueblo, los olivares, llegamos a los primeros pinos, la primera huerta. Alguien dijo que merecíamos un descanso y tuvimos que votar. Algunos dudaban de que aquella parada fuera momentánea. Nos convenció un ciruelo. Sus frutos aún verdes parecían irresistibles ante el paso apresurado de la media mañana. Algunos trepamos y recogimos lo que nunca pensábamos que fuera de otra persona sino de aquella que lo recolectara, es decir, nosotros. Comimos y comimos, diez, algunos doce o trece. Era la hora de partir y así lo hicimos. Poco tiempo pasó y la sed nos devoraba. Sólo uno de nosotros, siempre el mismo, el más precavido llevaba su cantimplora de hojalata repleta de agua. Hubo algunos intentos de que la compartiera, pero era realmente precavido y no sería suficiente para nosotros y él. Siempre acabábamos resolviendo la situación con maniobras de entretenimiento y acción por detrás. La cantimplora no duró ni para los que se dedicaron a entretenerlo. Allí nos la bebimos los que actuamos. Si hubiera compartido a lo mejor hubiera podido beber un trago. Fue el primero en abandonar la misión de escalada a los Riscos altos. Sin agua él no seguía, además, estaba ligeramente mosqueado. Le vimos desaparecer cuesta abajo en la primera curva del camino.

Ahora ya lo sabemos, pero en aquella época no. Sin duda, gracias a la experiencia, no se nos olvidará. No es conveniente beber agua tras una gran ingesta de ciruelas verdes. Todo se licua en el estómago y las paradas se hacen cada dos o tres minutos para desaguar. Nuestro destino, una vez más, era inalcanzable. Sólo los que no bebieron agua se encontraban mejor, algo mejor solamente, pues tenían bastante sed. Parecía que no podía suceder nada más pero no era cierto. Apareció un señor que no estaba muy conforme con que uno de nosotros desaguara cerca de él lo que había sido suyo y debía madurar aún en su huerta. Blandía la garrota y la hacía girar sobre su cabeza. Fue la segunda baja del día pues todos salimos corriendo como si necesitáramos descargar en lugar seguro, es decir, nuestra casa, lo que habíamos sustraído. Tardamos muy poco en llegar al pueblo, y eso que parecía que estábamos por fin muy cerca de nuestro destino final. Algún día lo conseguiremos.

lunes, 26 de septiembre de 2016

El misterio Velázquez. Eliacer Cansino.

 
Ed. Bruño. Año 1997. Resumen: He aquí las confesiones de Nicolás Pertusato, un muchacho al que el destino obligó a participar en unos sucesos extraordinarios y hasta hoy ignorados. Este joven que aparece retratado en Las Meninas evoca su vida, la lucha por mantener su dignidad a pesar de su particular condición física y, finalmente, su enigmática relación con el pintor Velázquez, que le llevará a acometer una difícil empresa.
El libro resulta interesante por su hálito de misterio desde el primer momento. Además, se ha elegido muy bien el personaje que narrará todos los sucesos. A partir de un hecho más o menso extraordinario, se monta una historia creíble, donde, al final, el punto de vista desde el que narra el autor interesa más que los sucesos.
Muy buena ambientación, extraordinaria, y unos personajes muy cercanos a pesar de su carácter histórico.
Recomendable de 12 a 15 años.

lunes, 4 de abril de 2016

Odisea. Homero. Charles Lamb

Editorial Gadir. Año 2015. Una edición muy cuidada, tapas duras, ilustraciones de Marta Ponce, de los libros que merece la pena tener. Resumen: La Odisea narra el regreso de Ulises a Ítaca tras haber luchado en la guerra de Troya. Ulises, un modelo del héroe, por su firmeza de espíritu, su inteligencia, su fuerza, su tenacidad y su determinación ante los desafíos, es además un ejemplo ético por completo válido en el siglo XXI, en su lucha contra la adversidad.
Se trata de la adaptación de Charles Lamb 1775-1834. El lenguaje sigue un poco el esquema de una buena traducción y el estilo de Homero, pero no entorpece el entendimiento de la acción para un lector medio. Sigue la historia y quizás lo que se echa en falta es la no coincidencia entre lso capítulos de Homero y los del adaptador.
Una vez leída la obra te podrás preguntar si serías capaz de renunciar a los placeres de Circe o incluso a la inmortalidad que le ofrece Calypso a cambio de volver a tu casa con tu mujer y tu hijo. El héroe busca finalmente su hogar por encima de todo. ¿Podrás desoír los cantos de sirena del mundo por una verdad?
Para pensar.

lunes, 28 de septiembre de 2015

Palabras en la arena. José Ramón Ayllón

Editorial Palabra. 5ª edición año 2014. Resumen: La novela nos cuenta el mes de junio de un muchacho en su instituto, entre libros, amigos y deportes. Y después su verano en la playa, siempre al borde del amor. Y en septiembre el comienzo de curso, con una inmensa novedad.
En la línea de "Vigo es Vivaldi", Palabras en la arena es también una radiografía de la familia y de la adolescencia, y una historia que toca el corazón, mientras nos hace sonreír y pensar.
Se trata de un libro muy característico de este autor. Aprovecha su don natural para meterse en la cabeza de un adolescente y ofrecernos su visión de la vida, aunque también hay mucho de trabajo y contacto con personas de esta edad. El fruto es una novela con aire, con espacio y de agradable lectura. No faltan los ligeros toques de elixir gallego.
El protagonista será aleccionado de forma indirecta, a través de unos libros que lee. Su madre le paga por preparar estos trabajos para ella. También el lector recibe estas dosis de cultura literaria y sapiencia vital que nos lleva a pensar que el buen ambiente familiar, sin apenas conflictos, está conseguido a través de un recorrido claro y con pocas normas. Los únicos conflictos se dan en la cabeza del protagonista y los torea con estilo.
En fin, un buen libro para adolescentes y sus padres.

viernes, 12 de junio de 2015

Libros infantiles y juveniles recomendados para el verano 2015. De 10 a 14 años.


Otra lista, esta vez para lectores que tengan entre 10 y 14 años. A leer...




Mandrágora. Laura Gallego. Ed. Pearson Alhambra. Primera edición 2003.
 


Cornelius, el sabio de la corte del rey Héctor, ha desaparecido en extrañas circunstancias. La reina Leonora busca urgentemente un sustituto. Llegan a la corte Zacarías, el nuevo sabio, y Miriam, su hija y aprendiz para investigar la desaparición de Zacarías. Comprueban  sus sospechas sobre el uso de la magia negra por parte de Cornelius.
Miriam está acostumbrada a estudiar, a la educación, a la ropa sencilla y a viajar, pero tendrá que adaptarse en la corte mientras dure su investigación sobre Cornelius.

 

Cuando la tinta es sangre. Julio César Romano. En Amazon, descarga para Kindle. 2,81 euros.

 

La crisis ha llegado a la casa de Pablo, un joven adolescente como los demás, con muy pocas preocupaciones. La solución de sus padres le dolerá a él y a toda la familia. Deben abandonar la ciudad, sus amigos, su ambiente, para regresar a su pueblo, un lugar minúsculo y perdido junto a los Montes de Toledo. Allí Pablo descubrirá el secreto que todos guardan y que le lleva a un amor imposible. Se trata de un asesinato que ocurrió mucho tiempo antes y que enfrenta a su familia con la mayoría de los habitantes del pueblo.

La acción es rápida, sin evitar las descripciones y la recreación de un ambiente que muchos conocen. Hay momentos de especial tensión, como la persecución de la jauría de perros.

 

El pueblo sombrío Lucía Baquedano Madrid: Edelvives, 2002; 119 pp.; col. Sueños de papel.




Isabel, una chica universitaria que vuelve a su pueblo navarro en verano, acaba descubriendo un zulo de ETA, cayendo en la cuenta del significado completo de sucesos olvidados de su infancia, y encontrando novio en un chico que se define a sí mismo como «convencional y aburrido». Novela centrada en los conflictos afectivos de la protagonista y narradora, y que deja en segundo plano los aspectos argumentales de «thriller». La historia se va tensando al compás de los vaivenes interiores que sufre Isabel, al principio los normales en cualquier persona joven, pero de profundidad y altura mucho mayores cuando entran en juego vidas humanas. Ejemplo de relato que cumple con honradez y categoría su función de puente hacia temas y obras literarias de gran calado, y que puede por eso ser calificado de buena literatura juvenil.



Bajo control. César Fernández García. Ed. Algar. 8,95 euros.

 

Convencidos de que es lo mejor para sus hijos, los padres de Pablo han decidido trasladarse a Natura Olimpia, una extraña comunidad protegida por una cúpula electromagnética donde la tecnología lo controla todo. En teoría, el objetivo es proporcionar un entorno seguro y a salvo de las desgracias del mundo exterior, pero Pablo está decidido a demostrar que no todo es tan perfecto como parece en este lugar....

 


No escribas sobre tu muerte  J. C. Romano. Palabra. Madrid (2011) 128 págs. 8,90 euros.

 

Una serie de asesinatos misteriosos tienen conmocionada a la ciudad de Londres. Un escritor de relatos de terror es el sospechoso principal, pues cómo si no podría haber descrito con tanta minuciosidad los crímenes en sus relatos sin haber sido su autor material. Sin embargo, un día decide llegar a la cumbre de lo horrendo, narrando su propia muerte. A la mañana siguiente, sus caseros le encuentran sin vida, con su pluma maldita aún entre las manos.

El caso no será resuelto hasta años después, cuando aparezca de nuevo la pluma con la que escribía el autor asesinado.

 

Kafka y la muñeca viajera. Jordi Sierra i Fabra. Ed. Siruela. 18ª edición año 2014.


Resumen: Un año antes de su muerte, Franz Kafka vivió una experiencia muy insólita. Paseando por el parque Steglitz, en Berlín, encontró a una niña llorando desconsolada: había perdido su muñeca. Para calmar a la pequeña, el autor de La metamorfosis se inventó una peculiar historia: la muñeca no se había perdido, se había ido de viaje, y él, convertido en cartero de muñecas, tenía una carta que le llevaría al día siguiente al parque. Aquella noche Franz escribió la primera de las muchas cartas que, durante tres semanas, entregó a la niña puntualmente, narrando las peripecias de la extraordinaria muñeca desde todos los rincones del mundo. Según cuenta Dora Dymant, su compañera en aquellos días, el estado febril con el que Kafka escribía esas cartas era comparable al de cualquiera de sus inmortales obras. Éste es el relato de aquella experiencia, en la que Franz Kafka fue un mago de la palabra para una niña desconocida de la que jamás volvió a saberse nada, como tampoco de aquellas cartas que constituyen uno de los misterios más hermosos de la narrativa del siglo XX.

 

Las Crónicas de Narnia. C.S. Lewis, Destino. Barcelona (2005). 11,95 € cada uno.




Hace más de cincuenta años C.S. Lewis creó el fantástico mundo de Narnia. Ediciones Destino reedita ahora esta obra mayor de la literatura infantil-juvenil. Son siete libros (por ahora se han publicado los cinco primeros), independientes pero relacionados, con ilustraciones de Pauline Baynes. El núcleo argumental es un intento de contar la Creación y la Redención con un formato inesperado. Junto al explícito deseo apologético, la serie tiene auténtico valor literario.




El asesinato del señor Luna. César Mallorquí. Ed. Edebé,

 

El señor Luna, un asesino a sueldo recibe un encargo de manos de un narcotraficante. Debe matar a una mujer que aparentemente no vale nada, pero le robó muchísimo dinero. Ese es el primer capítulo, que engancha, pues se desarrolla en medio de la selva. Después, la acción pasa a Madrid.

 

La lección de August. R. J. Palacio. Editorial Nube de tinta. Año 2012.

 

Su cara lo hace distinto y él solo quiere ser uno más. Camina siempre mirando al suelo, la cabeza gacha y el flequillo tratando en vano de esconder su rostro, pero, aun así, es objeto de miradas furtivas, susurros ahogados y codazos de asombro. August sale poco, su vida transcurre entre las acogedoras paredes de su casa, entre la compañía de su familia, su perra Daisy y las increíbles historias de La guerra de las Galaxias. Este año todo va a cambiar, porque este año va a ir, por primera vez, a la escuela. Allí aprenderá la lección más importante de su vida, la que no se enseña en las aulas ni en los libros de texto: crecer en la adversidad, aceptarse tal y como es, sonreír a los días grises y saber que, al final, siempre encontrará una mano amiga.

 

El señor de las aguas. Miguel Luis Sancho. Ed. Palabra. Año 2012. 9,90 euros.

 Una novela de intriga y de aventuras, ambientada en las míticas costas gallegas, donde la fantasía se mezcla con la denuncia contra la lacra del narcotráfico. Al pasear por la playa, Marco descubre unas extrañas luces en el mar mientras un barco de contrabandistas se detiene en medio de la bahía. Al día siguiente, conoce a Diana, una chica que acaba de llegar al pueblo. Las historias de ambos jóvenes, como si se trataran de dos ramas de hiedra, están condenadas a fundirse. La presencia de una banda de narcotraficantes y de un misterioso anciano hace que sus vidas corran serio peligro.

domingo, 6 de julio de 2014

Libros infantiles y juveniles recomendados para verano 2014 (II) de 12 a 14 años.

Mi hermano es un huracán. Kolet Janssen
Para 12 años. Ed. Edelvives. Año 2001. Resumen: Andreas tiene 12 años y es especial, es autista. Su hermana Hanna de 11 años lo sabe, aunque no se resigna a dejarle en su mundo interior. Menos aún cuando sus padres deciden mandarle a un lugar especial donde viva para siempre. Ya no tienen más paciencia, no pueden escuchar todo el tiempo la misma canción de verano, incluso en invierno y más aún que su vida esté siempre estructurada en torno a él. Hanna tomará medidas desesperadas para evitarlo.
El autor sabe mostrar tanto la vida interior de Andreas (es el mayor acierto) con una página dedicada a sus pensamientos al final de cada capítulo,como la actitud de todos los personajes. Ninguno es malo o bueno, sino que se hacen comprensibles a lo largo de la pequeña novela.
Andreas hablará en tercera persona de él mismo mostrando su desapego a todos y su mundo interior. Puede ser eso lo que más le duele a su madre, que no muestra cariño, aunque como dice Hannna, lo hará a su manera.
Un libro muy interesante para todos.
 
Cuando la tinta es sangre
Sigue en Amazon  mi libro Cuando la tinta es sangre. Os animo a descargarlo porque sé que os puede gustar. El resumen: La crisis ha llegado a la casa de Pablo, un joven adolescente como los demás, con muy pocas preocupaciones. La solución de sus padres le dolerá a él y a toda la familia. Deben abandonar la ciudad, sus amigos, su ambiente, para regresar a su pueblo, un lugar minúsculo y perdido junto a los Montes de Toledo. Allí Pablo descubrirá el secreto que todos guardan y que le lleva a un amor imposible.
Se trata de un asesinato que ocurrió mucho tiempo antes y que enfrenta a su familia con la mayoría de los habitantes del pueblo.
La acción es rápida, sin evitar las descripciones y la recreación de un ambiente que muchos conocen. hay momentos de especial tensión, como la persecución de la jauría de perros.
Si tenéis un e-book, a leer.
 
Bajo control. César Fernández García
Ed. Algar. Año 2014. A partir de 12 años.
Resumen: Convencidos de que es lo mejor para sus hijos, los padres de Pablo han decidido trasladarse a Natura Olimpia, una extraña comunidad protegida por una cúpula electromagnética donde la tecnología lo controla todo. En teoría, el objetivo es proporcionar un entorno seguro y a salvo de las desgracias del mundo exterior, pero Pablo está decidido a demostrar que no todo es tan perfecto como parece en este lugar...
Estamos de enhorabuena aquellos a los que nos gusta César Fernández García. Un nuevo libro ve la luz. Sabía que sería pronto, pero incluso me ha sorprendido. Me alegro por él y por nosotros. Tuve la suerte de leerlo antes y me pareció una buena historia, bien llevada, con intriga desviada, es decir, que acaba en otro sitio distinto al esperado. El autor nos conduce de la mano y de repente nos suelta en un giro que nos despierta a otra realidad. Bien, eso es lo que necesita una historia, alegría en el contar y sorpresa en el desenlace. Si te gusta el misterio, la intriga y la sorpresa, así como el estilo trabajado pero sencillo, esta es tu novela para el fin de semana, aunque la leerás en unas horas y del tirón. Engancha, te lo aseguro.
Para muestra, el comienzo:
Cuando Pablo volvió a mirar al columpio, su hermana pequeña había desaparecido.
El chico dirigió la vista por todo el parque, pero Vanesa no estaba. Ni en los toboganes, ni en los balancines, ni en los bancos… Tampoco detrás de ningún árbol, papelera o grupo de niños. A Pablo le temblaron las piernas. Sólo se había entretenido con el maldito juego del teléfono móvil durante un minuto. Dos como mucho.
– ¡Vanesaaaaaaa…! – gritó hasta dejarse la garganta.
Era la primera vez que le habían dejado al cargo de su hermana. Él mismo se había ofrecido a bajarla un rato al parque. Y no lo hizo porque le apeteciera perder parte de la tarde con la mocosa. Lo había hecho para demostrar a sus padres que ya no era un niño. Con casi doce años podía cuidar de su hermana… y, por lo tanto, también empezar a salir con sus amigos por la ciudad. Eso había pretendido demostrar.
Pero ahora…
 Un clásico. Escuela de Robinsones. Julio Verne.
Año 1882, novela por entregas. Resumen: todo comienza con al compra de una isla del Pacífico por parte de un hombre millonario. Su sobrino aparece en el siguiente capítulo deseoso de vivir aventuras antes de casarse. así se embarca en uno de los barcos de la compañía. este sufrirá un naufragio al que solo sobreviven él y su maestro de baile, que lo acompañaba en contra de su voluntad. se enfrentarán a los peligros que aparecen, muy similares a los que tuvo el Robinson Crusoe de Daniel Defoe. Todo esto tendrá un desenlace que algunos han ido intuyendo, pues el autor deja pistas.
De vez en cuando conviene releer un clásico y si es en una edición más o menos decente, mejor. Esas portadas de cartón y el papel oscurecido, rugoso y con olor a lo que es, lo engrandece. Casi siempre que buscas entrevistas de escritores actuales y se les pregunta por sus influencias, salen los autores de novelas de aventuras como Julio Verne, Emilio Salgari... Está claro el porqué. Si no lo sabes, compruébalo. El ritmo de la narración ya no es el mismo, lo cual dignifica. las frases son más elaboradas, fuera del estilo "y", "y", "y". ¿Se puede escribir así en esta época? Mis novelas pecan de veloces, lo sé y se alejan de las clásicas. ¿Podrá cambiarlo? No me importaría, pero quizás la publicación aún sería más difícil. Nos moveos en un cambio total. Que alguien compare el ritmo de Espartaco de Stanley Kubrick (1960) con Gladiator (2000).
 
La ruta de las estrellas. Ignacio Merino
A partir de 12 años, reza la carátula. Ed. Anaya. Colección Senderos de la Historia. Año 2002. Resumen: Los sueños de aventura y exploración del joven marino santoñés, Juan de la Cosa podrán llevarse a cabo cuando finalmente participa en la expedición colombina y en los sucesivos viajes a América. Su afán científico riguroso lo llevará a elaborar el primer plano detallado sobre América, su famoso Carta. La novela destaca la figura del cartógrafo y marinero Juan de la Cosa, antítesis de la imagen tópica del conquistador sediento de oro y riquezas y pone de relieve el interés del santoñés por la exploración, el conocimiento y el arte de navegar.
Me ha sorprendido el cambio del primer capítulo al resto. Comienza con una historia novelada. El joven Juan de la Cosa abandona su casa y se va al sur para aprender el oficio de navegante. Después, todo se convierte en historia narrada a excepción de algún diálogo inventado. El libro me ha gustado porque se aprende y se ve la visión que tenían de los hechos algunos contemporáneos de la época, sin embargo, puede que a los lectores más jóvenes no les agrade tanto.
Eso sí, es libro útil como complemento delas clases de historia.
 
 
 El último trabajo del señor Luna. César Mallorquí
Ed. Edebé, de hecho consiguió el premio de la editorial en 1996. 12 años. Resumen: el señor Luna, un asesino a sueldo recibe un encargo de manos de un narcotraficante. Debe matar a una mujer que aparentemente no vale nada, pero le robó muchísimo dinero. Ese es el primer capítulo, que engancha, pues se desarrolla en medio de la selva. Después, la acción pasa a Madrid. Allí, un joven superdotado con unos padres que apenas se preocupan de él, comienza a enamorarse de la chica más bonita del instituto. hay dos tramas que se unen al final, aunque esa unión no es la más importante del argumento, de hecho, se ve a distancia. Incluso el final e intuye tras la visita a un adivino. Lo que gusta es la historia, el hecho de que alguien insignificante acabe con una red de narcotraficantes solamente por hacer en un momento dado lo que debía. Quizás la protagonista está movida por la venganza, pero ene l fondo está su buen corazón que no la ciega en absoluto.
Los personajes están muy conseguidos y con tres o cuatro acciones se redondean. cada pequeña parcela del argumento se va cerrando de forma natural.
Al final, se da un pequeño semblante del futuro y parece muy realista, sin concesiones.
Muy recomendable, de un autor con muchas tablas.
 
Un bosque para ti solo.
Ya está en la página web de la editorial Palabra y lo podéis comprar. Un bosque para ti sola, un libro que os gustará. A partir de 14 años.
Se lo he dedicado a un antiguo alumno mío que se llama Juan y llegó al mundo para ocupar una silla de ruedas. Una vez dijo, no sé si lo recuerda, yo sí, que si volviera a nacer no cambiaría nada. Da para pensar. Le ha hecho mucha ilusión la dedicatoria. También va destinado para la gente que vive así. Esta semana me he encontrado con otras dos personas más o menos cercanas y que han perdido independencia.
Os dejo la contraportada.
  "Lo que no me gusta es que ahora lo veo todo desde abajo". Desde esta perspectiva que le impone su silla de ruedas, Alejandra se enfrenta a su juventud. Un accidente y el diagnóstico de una grave enfermedad han cambiado no solo su vida, sino también la de sus padres y su mejor amiga, Paula.
Cada uno a su manera, procuran hacer frente a la nueva situación y sacar lo mejor de ellos mismos aunque muchas veces les resulta imposible. El colegio, los amigos, salir... todo supone ahora una complicación añadida para ella y los que le rodean. Alejandra decide entonces escribir un blog donde volcar toda su vida. Poco a poco, y gracias al cariño de los que le rodean, descubrirá que se puede ser feliz en medio del sufrimiento y que la esperanza es lo último que se pierde.
Julio César Romano es licenciado en Filología Hispánica. En la actualidad, además de ser escritor se dedica a dar clases de Lengua, Literatura y Griego. Tiene 6 hijos y le encanta contarles las historias que crea. Ellos también le cuentan alguna. Ha publicado más de una docena de libros para un público infantil y juvenil, entre los que destacan El auténtico Grial, El libro de Sykem o No escribas sobre tu muerte, en esta misma editorial.