lunes, 10 de febrero de 2020

COMIDAS CON RECUERDO VIII

LA COCA-COLA

Un lujo, eso es lo primero que me viene a la cabeza recordando algunos cumpleaños de amigos infantiles. Eran escasos, claro. Antes no cumplíamos años con tanta frecuencia como ahora, mejor dicho, no se celebraban anualmente. Mucho ánimo económico era necesario por parte de los padres, tanto de los celebrantes como de los invitados, aunque el regalo era algo del todo prescindible. Hasta con cinco grapadoras menudas me junté una vez que mis padres se decidieron a celebrar mi cumpleaños y el de mi hermano a la vez. Ellos tenían suerte pues apenas un año y cinco días nos separaba el tiempo.

Los refrescos eran el plato fuerte. Aquellos gases burbujeantes rozaban nuestros gaznates algún domingo con una Fanta para dos o el día de un cumpleaños. Recuerdo los vasos de plástico de los cumpleaños de mis primos. Tenían, también de plástico y formando parte de la estructura vasal, una pajita mordida por el paso de los niños que conduraba el líquido azucarado de la Coca-Cola. Lo mejor llegaba después, cuando el primero de los expertos en celebraciones iniciaba el rito inexcusable de untar las patatas fritas en el vaso. Las burbujas quedaban adheridas para nuestra mejor observación. Tras el ritual comenzábamos a tirarnos todo aquello que éramos incapaces ya de digerir. Era el anuncio del final de ese cumpleaños y el de los próximos cuatro del pobre celebrante.

lunes, 3 de febrero de 2020

COMIDAS CON RECUERDO VII

LA TORTILLA DE PATATAS



Pocas veces puedo hacer una tortilla de patatas...y me salen bastante bien. El tiempo avanza más deprisa ahora y este nos falta para las dos cosas más esenciales, picar muy pequeñitas las patatas y batir los huevos hasta la extenuación. Mi primera tortilla fue por obligación.

Los antecedentes son muy sencillos, allí estaba yo pasando una época donde el reloj iba despacio, muy despacio, en una ciudad de África montaba goniómetros, cañones, hacía instrucción por la noche...Gracias a una de mis salidas nocturnas oí una de las frases más célebres de la humanidad. “Por la noche se ve menos que por el día”. Creo que nadie escuchaba pues aquel señor pudo seguir hablando sin ningún problema sobre las luces de los coches y cómo había que mirar hacia otro lado para no vislumbrarse. Detrás de una pared de entrenamiento para lanzar granadas fumaba yo un cigarro sin ser visto, por la noche se ve menos que por el día. En fin, comencé a coleccionar maniobras una tras otra e ir de turismo de vez en cuando a Almería. Allí me encontraba cuando pedí permiso para dormir bajo un coche mientras los legionarios daban patadas en la oscuridad. Aquello no sentó bien y al día siguiente me encontraba yo solo tomando una colina cuesta arriba cuesta abajo con al cartuchera, normalmente vacía, llena de piedras. Subía y lanzaba una piedra-granada. Sólo me salvó de aquel momento glorioso y similar a las películas de acción bélica la tortilla de patatas. Sí, yo sabía hacer una tortilla de patatas, al menos se las había visto hacer a mi madre. Bajé la colina, creo que había conseguido tomarla y acabar con el enemigo yo solo, y pedí los elementos indispensables. Alguien me sugirió que hacía falta la sal y abogué por una vida sana para deshacer mi terrible omisión. Tres ayudantes me fueron asignados, una tienda de campaña amplia con cocina de gas, una sartén, aceite, patatas, huevos y....sal, por lo visto a pesar de sus abultados abdómenes todos tenían la tensión en su sitio. Esperaron a la puerta de la tienda sentados y jugando a las cartas, recordando las mejores tortillas de patata que habían comido en su larga vida. ¿Pues qué hacemos tú? Sonaba una y otra vez en mi cabeza mientras intentaba visualizar a mi madre, que estaba a no sé cuantos kilómetros de allí, en la cocina de mi casa pelando patatas en primer lugar. Seguro que luego se deshacían, no importaba cómo las cortaran a continuación. Yo echaba aceite a discreción en la sartén, sólo había dos formas de hacer las cosas en la mili, así, a discreción, o en formación. Personalmente prefería al primera por ser más fácil. Les mandé batir los huevos antes de que me preguntaran aunque no sabía qué era eso. El mandado sí lo sabía, menos mal. Movía la mano a una velocidad increíble, tenía mucho nervio el de Écija. Aquello iba tomando cuerpo cuando alguien pensó que no era necesario freír las patatas pues si no estaría muy duro el resultado final. Que no las muevas, sí a buenas horas. Los picos de las patatas estaban casi quemados, quizá no fue buena idea hacerlas alargadas. Quitamos el aceite, vimos que sobraba al echar algo del huevo batido que se hizo tortilla francesa flotando entre las patatas. Que cuánto queda, el vino los iba alegrando y necesitaban alternarlo con comida. Aplastábamos aquello con ánimo de que fuera un poco más comestible y laxo, al menos blando que no doliera al tragarlo. La presentamos con un trapo en el brazo, allí mandé a otro, que yo no me atrevía. Risas y apuestas a ver quién era capaz de probar el manjar. El hambre hacía milagros, no pasó nada y quizá los divertimos un rato. Podían asegurar que aquella fue la peor tortilla que probaron en su vida, por eso todos cogieron un trozo.

lunes, 27 de enero de 2020

COMIDAS CON RECUERDO VI

PITAS PARA DESAYUNAR



Aquellas estancias en Israel, cerca de Haifa nos llevaban el fin de semana a Jerusalén. Rápidamente abandonábamos la excavación, los cafés turcos llenos de posos de las cinco de la mañana para correr hacia el último autobús del viernes, justo antes de que las tres primeras estrellas del firmamento asomaran para anunciar el Sabat y el descanso obligado. Serían las cinco de la tarde cuando esto sucedía. Dejábamos también el “whasering pottery” para el lunes. Aquella tarea de lavar los trozos diminutos de cerámica nos mantenía despiertos en las cortas tardes del verano israelí.



Cuando llegábamos a Jerusalén dos opciones de alojamiento nos venían a la mente, el hotel Protestante con su estricto horario de entrada nocturna prematura o el hotel Jordano y sus retóricas y absurdas discusiones con el propietario. Realmente era de Jordania y parecías abandonar por un largo rato las comodidades casi occidentales por el Oriente Medio en su más genuina representación. Era un lugar sucio, andrajoso. Se negociaba y renegociaba continuamente con el jordano hasta conseguir habitaciones donde alojarnos sin compartir con algún desconocido. Entrábamos por fin en nuestro antro habitacional y descubríamos que faltaba algún almohadón. Sin duda era una maniobra de nuestro anfitrión para volver a nuestras demostraciones sobre la conveniencia de tener un almohadón ya que era lo lógico. Por fin nos prestaba el suyo a regañadientes. Un día conseguimos incluso dormir en su habitación dejándole a él la parte posterior al mostrador. Tuvimos que contratar el servicio completo, con desayuno, para acceder al peor sitio del hotel, algo parecido a un hueco bajo unas escaleras cuyo techo descendía poco a poco hasta unirse al suelo. Era el mejor lugar de la casa para guardar los cepillos, las fregonas y demás herramientas que seguramente había ya vendido el dueño. La noche fue larga.



Aquella mañana nos levantamos con más hambre de lo normal, quizá por el desvelo nocturno. Allí nos asomamos por encima del mostrador para despertar a nuestro querido amigo. Seguro que dormía mejor que en su habitación, al menos había más aire que llevarse a los pulmones. En fin, allí estábamos de nuevo discutiendo y reclamando el desayuno que habíamos pagado. No daba nada sin poner a prueba previamente nuestra paciencia. Sacó unas pitas de una bolsa ya abierta. Las abrió con sus dedos y comenzó a rellenarlas de ensalada que sacaba de debajo del mostrador. Cada vez que veía sus movimientos lentos mi aguante psíquico disminuía a raudales. Nunca me comería esa pita, yo lo sabía, quizá él también. Sacó un sobre amarillo y metió dentro de él la pita rellena de verdura, sin carne. Me la ofreció con desgana y como tanteando el precio de ese desayuno. llegó la hora de mi venganza.



-          Quiero huevo cocido en mi pita.

-          No.



De nuevo comenzaba un tira y afloja que nadie podía entender. Aquello era entre él y yo. Decididamente no le pagaría aquella maravillosa estancia sin mi huevo cocido. Voceaba mientras yo negaba una y otra vez con mi cabeza. Todos estaban contra mí. Tenían unas ganas terribles de coger su pita y tirarla en el primer cubo de basura que vieran. Yo haría lo mismo, pero la mía iría con huevo cocido incluido. Estaba decidido. El jordano seguía gritando mientras sacaba una especie de camping gas de debajo del mostrador. Lo encendió y colocó en él un pequeño recipiente con agua y un huevo. Lo tenía todo preparado, sólo necesitaba discutir un poco para sentirse bien. Todos mirábamos el huevo mientras se preparaba.



-          No me lo peles, ya lo haré yo.



Aquel día, el único que desayunó un maravilloso huevo cocido fui yo. Además, para mí solo, nadie me pidió. Sólo por la tarde, después de comer una pita en el mercado, me hablaron de nuevo.


martes, 21 de enero de 2020

COMIDAS CON RECUERDO V

LA PALMERA DE CHOCOLATE CON ANESTESIA



Entre una hora de estudio y otra acudíamos diariamente a una panadería, si teníamos dinero, lo cual lo situaba casi semanalmente, a comprar algún tipo de bollería, a veces la cosa era para tres, otra teníamos una para cada uno. Disfrutábamos de la merienda despacio, paseando cual jubilados por un parque en el que nuestra edad solo era vislumbrada por los demás transeúntes cuando se trataba de jóvenes con litrona en un banco. Así hablábamos de profes, del cole, de ahí nos conocíamos y de demás tonterías que debían ocupar la mente de casi niños que aún no pensaban en niñas. Íbamos quizá un poco retrasados en cuanto a estos temas. Nuestra única angustia existencial era algún examen o el recuento monetario comunitario para estas meriendas.



Un día de aquellos, corría yo apresurado por las calles, venía de abrir la boca en el dentista y con una de mis partes faciales entumecida y dormida por la anestesia local. Superaba mi paciencia y me agobiaba pensando en la posibilidad de comer o no una palmera de chocolate. Teóricamente debía esperar unas dos horas antes de cenar, pero bien me cuidaría yo de no morderme el lateral de la boca. Tenía un hambre mayor que el de otros días. Me tapé la boca con la bufanda para ver si la anestesia desaparecía antes. Allí iban mis compañeros de merienda, por la cuesta del parque. Tenían ambos su bollo de chocolate y yo pronto disfrutaría de esas láminas esponjosas que formaban la palmera. Les hice una seña cuando me vieron y me dirigí a la panadería. Pararon para esperarme. Pronto me uní a ellos para contarles lo cerdos que eran los dentistas y la plasta de anestesia. Tan ocupados estábamos hablando de muelas que unos expertos como nosotros en atracos callejeros, nuestro cole estaba en el corazón del Vallecas antiguo, no vimos a los perfectos asaltantes que se dirigían a nuestro encuentro. Allí venía el típico enano jefe de la pandilla gracias a la altura de su mala uva. Nos pararon y ya la fuga era imposible. Comienzan las humillaciones y vejaciones de siempre hasta comerse nuestras meriendas. Nos piden dinero y apenas juntamos entre los tres cinco duros. Tienen que arrebatarnos algo más, si no su orgullo se vería mermado. Un atraco de cinco duros no era para echar cohetes. El enano miró mi bufanda y la deseó. Comenzó a tirar de ella para deshacer el nudo. No podía, y quizá se sintió tan infeliz por desear una bufanda marrón clarita tan normalita, que según me abalanzaba hacia él una y otra vez ante sus tirones, me dio un puñetazo en la cara. Me quedé impasible. Todos me miraban pensando en el dolor que debía tener. Se dieron cuenta de que yo era más duro de lo que parecía. Ni una sola queja o grito salió de mi boca. Así, abandonaron su empresa.



-          ¿No te duele, tío?

-          Qué va, si tengo anestesia.



En mi casa, el dolor de la cara mas el dolor porque me había mordido por dentro por culpa de la anestesia, me llevó a la cama antes que otros días, una aspirina y un vaso de leche.

martes, 14 de enero de 2020

COMIDAS CON RECUERDO IV


LA LATA DE BERBERECHOS


            Siempre que abro una lata de berberechos recuerdo lo mismo. No puedo impedirlo y tampoco es que lo desee pues son buenos momentos. Aquellos en que aún no se ha aprendido a sufrir y los máximos desvaríos llegan ante nuestros primeros amores platónicos e imposibles. Así la familia Caragafas viene al completo a mi memoria. En su casa siempre había una lata de berberechos y una cerveza para el visitante, más si conseguíamos a alguien nuevo en nuestra expedición. La lata era derramada en un plato semihondo donde el caldo fluía libre y a punto de desbordarse. Unos palillos lo acompañaban. Yo sólo conseguía pescar uno tras varios intentos y nunca parecía que fueran a acabar. Se convertía así en la tapa sempieterna que remataba el padre cuando llegaba la hora de marcharnos. Era el privilegio de padre. Insertaba uno tras otro en el palillo hasta el borde de su dedo ante mi mirada atenta. No sobraba ni uno y su dedo nunca se manchaba. Todo estaba computado pues la familia en pleno era reconocida por su fervor matemático y calculador.

Aquellos berberechos nos absorbían, nos atraían hasta el punto de invitar a cualquiera que provocara la aparición de la preciada lata. Montamos incluso una sesión de sofronización o hipnotización, como según nuestro invitado se llamaba vulgarmente. Allí estábamos intentando dejarnos llevar por el arrullo del sueño provocado y la obnubilación de nuestra voluntad sin que los berberechos abandonaran nuestra mente. No podíamos concentrarnos al oír bajo un silencio absoluto el chirrido del palillo que resbalaba por el plato tras atravesar uno de aquellos manjares arenosos. Se están acabando, se están acabando, sólo quedan los del padre. Mientras, me hacían fingir que comía aceitunas de aire y tiraba los huesos a otro hipnotizado que hacía de elefante. Golpeé la lámpara y aproveché para, ya despierto, lanzarme a por un palillo e insertarlo desde mi posición elevada en el plato casi vacío. Ni siquiera de pie conseguí más de una pieza. El padre finalizó el ritual berberechil mientras negaba la existencia de cualquier posibilidad matemática a esa pseudociencia hipnotizadora.

La siguiente visita con lata de berberechos me la gané a pulso y a costa de mi dolor. De un puñetazo me habían provocado una pequeña fisura en el radio. El gran lógico-matemático no daba crédito al accidente y fuimos más lejos consiguiendo a un profesor que fuera a dar fe. Allí estábamos de nuevo comiendo berberechos mientras mi compañero de clase fracturador se sometía a una intensa sesión de pulsos con el padre Caragafas. Sólo paró para finiquitar los mismos siete berberechos que el día hipnótico. Mi teoría comenzaba a ser cierta, en aquella casa todo estaba contado. Cabían exactamente siete en un palillo sin mancharse el dedo gordo y el índice que sujetaban apenas la punta del instrumento saetador. Aún, y para despertarme de mi sueño septimal, tuvimos que asistir a una demostración matemática de consistencia. Se trataba de comparar la dureza de mi hueso con la de una pobre jamba que adornaba uno de los laterales de la puerta de la cocina. La madera, obviamente, era menos resistente que mi radio y por lo tanto soportaría un puñetazo del gigantesco padre, pesaba más de cien quilos, sin romperse. Sería la demostración definitiva de que habíamos ido a comer berberechos amparados en una gran mentira. La tabla crujió reventada, aplastada a lo largo y ancho. Me despedí antes de que mi otro radio, aún en perfecto estado, sufriera la segunda parte de la prueba. Mientras cogía el ascensor aún porfiaba diciendo que aunque me diera un puñetazo con todas sus fuerzas mi brazo izquierdo aún sano no se rompería.

Nunca me han gustado los berberechos, sobre todo cuando su arena cruje entre mis dientes dándome dentera, sin embargo todavía tengo que abrir una lata e intentar coger siete con un palillo sin pan que los empuje y con la mano en la espalda. Quizá nunca lo consiga por culpa de la fisura en el radio que tuvo hace ya bastantes años. Mi muñeca no volvió a ser la de antes del puñetazo.

miércoles, 8 de enero de 2020

Comidas con recuerdo III






El COCIDO CON HIERBABUENA

            Aquellas temporadas con mis abuelos, veranos largos como ya no hubo, el olor de la hierbabuena los acompañaba. Cocido dos o tres veces por semana, con aquel menú sin perjuicios culinarios donde aún se consumían estivalmente los últimos retazos de la matanza. Toda la mañana al fuego lento de la cocina de gas, aquellos garbanzos recogidos, trillados y limpiados, menudos y sabrosos. La hierbabuena flotaba sobre el caldo burbujeante. Se recogía del Huertecillo, temprano. Cuando aún algunas mínimas gotas de agua del riego vespertino del día anterior mantenían su frescura.
Comenzaba con el rin-ran de tomate natural, cortado en trozos minúsculos con aceite y vinagre, una salsa para untar el pan. Después los garbanzos, directamente, sin perder el tiempo en sopas calientes con un sol certero entrando por la ventana. Conectábamos un ventilador ruidoso que estaba al fondo de la cocina, sobre el viejo trinchero. Tras el plato fuerte, el bocadillo de morcilla, luego pan con chorizo y para acabar el tocino. Una mandarina por fin. Lo peor, al final. Mañana no podríamos comer cocido de nuevo. Al menos habría que esperar otro día. Ese día solíamos dormir siesta, sin forzarnos. El abuelo colocaba en mitad del patio una silla pequeña de nea, bocabajo, sirviendo el respaldo de duro almohadón. Con las piernas cruzadas, como casi siempre, dormía en el suelo mientras las moscas picaban sus duras manos. La gorra tapaba la cara de estos furiosos ataques. Roncaba mientras yo me iba en busca de un butacón para hacer el mismo trabajo, sin prisas, pero con el espesor mental de una dura digestión.

Después iría a la piscina tras las dos horas reglamentarias para poderme bañar y con mi bocadillo de salchichas en la barra de Viena. Aún recuerdo los ataques de las hormigas que arrasaron con algo del relleno en perfecta procesión y teniendo como punto de partida nuestro lugar preferido para la merienda, la sombra del sauce llorón. Nuca se nos ocurrió liberarnos de la plaga colgando los bocadillos, quizá pensábamos que estábamos por encima de esos animales en la escala de la evolución. No podíamos rendirnos utilizando sin más nuestra inteligencia superior.

jueves, 19 de diciembre de 2019

COMIDAS CON RECUERDO II


ACEITE, VINAGRE Y SAL EN EL TARRO


           


Quizá las mejores evocaciones sean aquellas que nada significan o cuentan, hechos intrascendentes que no tienen valor si no es para los protagonistas y en distinta medida. Aquellos viajes en carro de madera trotón y a veces doloroso tirado por dos mulas. A la vuelta, las calabazas también votando como nosotros sobre ellas y aquella rana que escondimos al final del verano, única superviviente de un charco agotado, en el fondo del carro. No pasó la prueba de sobrevivir bajo el peso de la carga.
          Esos viajes eran a la Argamasa, tierra de mi abuelo con arroyo, llano y mínimos cerros de encinas. Del arroyo sólo recuerdo las piedras y los charcos que desecábamos para conseguir un cubo de ranas. Del llano, las calabazas grandes, redondas y blancas; las sandías que sonaban ya maduras como los golpes en la garganta; los melones de esos amarillos olorosos y los cardos borriqueros con flores purpúreas en cabezuelas terminales. También había un pozo rodeado de juncos como único oasis verde del amarillo agosto.
            Mi hermano y yo jugábamos, corríamos detrás de las perdices, cargábamos alguna calabaza de menor peso, o melón o sandía. Seguíamos a las ranas y a algún pobre pato salvaje medio extinto. Comíamos alguna zarzamora. Metíamos palos en las conejeras y esperábamos sin prisas la hora de comer bajo una de las encinas del llano. Sus ramas eran tupidas y salvaban de las peores horas del día cuando el sol reclamaba como nunca su poder perdido en los días de invierno. Hacíamos recuento de bichos conseguidos y observábamos el tarro misterioso que sobresalía siempre del mochilón de campo donde se amontonaba la comida. Aquel recipiente mágico con dos líquidos de distintos colores separados por sí mismos, uno flotaba sobre el otro. Lo agitábamos y volvía a su posición cada una de las gotas revueltas por nuestro movimiento. El proceso no tardaba en volver las cosas a su sitio. Además podíamos hacerlo una y otra vez sin que ninguna de las gotas se cansase de subir o bajar. Sabían perfectamente cuál era su lugar. Sólo la magia desaparecía cuando el abuelo, una vez cortados los pepinos, tomates y lechuga, derramaba el caldo sobre la sopera. Quedaba algún reducto aislado, flotando separadamente. El aceite y el vinagre se hermanaban a duras penas. Añadíamos después las patatas fritas, uno de los condimentos propios y raros del gazpacho de aquella zona. Esperábamos el nuevo viaje para ver otra vez el tarro mágico. Mientras, hacíamos tiempo persiguiendo a las hormigas grandes, casi gigantes y de color rojo que escalaban por la encina o descendían. No eran negras y de líneas suaves como las de la era.